En la historia de la humanidad siempre han existido grupos de poder, personas extremistas y en todo país, cúpulas económicas. Por esas razones es que la sociedad en cada nación se ha venido desarrollando, creando normas que permitan y que obliguen a los extremos o extremistas limitar su actuar. El conservadurismo, el nazismo, el comunismo son manifestaciones que pretenden colocarnos en esos extremos.
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El ideal democrático es que dentro de normas positivas, nadie pueda abusar o ignorar el derecho de todos y cada uno de los ciudadanos. Siguiendo la búsqueda del balance, del respeto individual, del respeto colectivo, de la suma de los ciudadanos, la democracia ha trascendido y se ha establecido el orden internacional.
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Las ligas de naciones fue un primer intento, las Naciones Unidas, la ODECA, la OEA, el Parlamento Centroamericano, el Parlamento Europeo, la Comunidad Europea, el Tratado de Río, la OTAN y muchas otras organizaciones o acuerdos son la prueba irrefutable que, independientemente de la voluntad de parte de un pueblo, debe existir el balance y el respeto interno hacia las minorías y como un concepto similar, el respeto al orden internacional, producto del acuerdo voluntario de las naciones civilmente organizadas.
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Pretender por una cúpula hacer y deshacer a su antojo, a su conveniencia, a su egoísmo, a la conservación o magnificación de sus privilegios, de sus intereses materiales, es no sólo repudiable sino un motivo que nazca y se produzca una antítesis. Tarde o temprano las mayorías ignoradas, olvidadas y abusadas de una nación producen una acción, una reacción que puede devastar inclusive los avances legítimos de la Democracia.
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En la hermana República de Honduras no se produjo una lucha como la que afectó durante años a Nicaragua, El Salvador y Guatemala, pero tampoco se produjo una sociedad balanceada como la que existe en Costa Rica. Históricamente, Honduras ha sido un país donde las empresas transnacionales, donde los grupos de migrantes se han colocado arriba de la mayoría de los hondureños y esto no puede continuar porque es como pretender tapar el Sol con un dedo.
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El presidente Manuel Zelaya ha encausado esa necesidad de evolucionar, sino se quiere revolucionar, la situación de la mayoría de los hondureños. La pobreza, la extrema pobreza, el hambre y la miseria son pésimos consejeros, enemigos jurados de la Democracia.
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Si deseamos todos que en Centroamérica se produzca un progreso parecido a Chile, tenemos que reconocer al ser humano como tal de lo contrario las elites se ponen a sí mismas en el peligro que un huracán, que un terremoto de voluntades humanas produzca un shock que transforme esa sociedad.
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No se puede vivir de espaldas al mundo, no se puede ser paria internacional; sólo mediante el diálogo y el acuerdo, cediendo mutuamente, se puede llegar a rescatar la estabilidad y la Democracia, aunque ésta sea de forma limitada.
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Manuel Zelaya es sólo el símbolo de una necesaria evolución, su hábil regreso a Tegucigalpa y el recibimiento que miles de hondureños le han expresado, ha colocado en ¡jaque! al Gobierno de facto y obliga a una solución pacífica y democrática, es la oportunidad para que las próximas elecciones se legitimen. Cegarse ante la conveniencia de restituir el Estado de Derecho es una acción de trogloditas.