Los padres de familia sufrimos una condena que debemos soportar aunque nos moleste: estamos obligados a educar. No hay de otra, hay que ser fuertes y tomar conciencia del destino. Este saberse educadores es importante porque nos ayuda a ser cautelosos y prudentes en todas las acciones que son portadoras, aunque no lo deseemos, de un contenido educativo.
Educamos con las palabras y el silencio. Cuando hacemos o dejamos de hacer. Cuando gritamos o susurramos. Cuando somos humildes o arrogantes. Es irremediable, estamos en el ojo del huracán. Dada esta conciencia, mejor emprender acciones positivas, planificadas, que hagan mella en nuestros cachorritos para, como si se tratara de semillas, verlas florecer un día en ellos.
Hablemos de la educación para la vida crítica. Hay que inculcar en los jóvenes cierta actitud de escepticismo y suspicacia,  deseos de poner todo en blanco y negro a efecto que, desde el raciocinio y el buen juicio, no sean víctimas de los embusteros y sofistas abundantes en la sociedad de hoy. Hay que sembrar el hábito del cuestionamiento, la observación y la prudencia para examinar la vida desde más de un punto de vista.
Un muchacho así difícilmente creerá todo lo que oye y se mantendrá en estado de alerta frente a las ideas y juicios que pululan por el mundo. Debemos inculcar cierta inocencia y candidez, pero nunca en el área del saber. En este ámbito conviene el cuestionamiento y la duda, jamás ese prurito de decir a todos que sí. Pero esto no es fácil de conseguir y no bastan los sermones (aunque son también necesarios).
Para «avivar» a nuestros muchachos, desde lo intelectual, hay que cultivar en ellos la diversidad de lecturas. Un pichón que no lee está perdido y a merced de los tramposos de la plaza pública. Hay que leer, invertir en libros, llevarlos a cursos y, de vez en cuando, hacer reflexiones conjuntas. Explicarles nuestra comprensión del mundo que no es definitiva y que podrán cuestionar incluso desde ya.Â
Hay que enseñar a distinguir la paja del trigo. No es fácil y tal vez nosotros hasta no seamos los mejores maestros, pero hay que esforzarse. Casi que hay que invitarlos a la discusión de temas de manera sistemática y hacer de las objeciones un deporte. Es importante advertirles que en este mundo nadie ha dicho la última palabra y es conveniente que sea un campeón en la destrucción de ídolos. Casi que hay que llevarlos a la Iglesia para que empiecen con ánimo (son bromas)…
¿Nos puede salir el tiro por la culata sobre todo si tenemos hijos adolescentes? Es posible, pero ninguno necesita más esta virtud cartesiana que esos mozuelos imberbes. Hay que acostumbrarlos, luego de la iniciación de la crítica, a saber decir que no. La negación a las seducciones de un mundo engañoso lo llevará por buena senda. Menuda tarea, ¿no? Pero es lo que le digo, estamos condenados a educar.