Su apego a la vida fue ejemplar; su fortaleza, impresionante


No me ha sido fácil encontrar el tí­tulo para esta columna. Quisiera resumir y expresar el profundo pesar e inmenso dolor que se apodera de uno cuando alguien a quien se quiere, admira y respeta, fallece, y, máxime, tratándose de un amigo entrañable, un compañero de ideales, un hermano de los que el corazón selecciona para que sea de esos amigos y compañeros de siempre.

Ricardo Rosales Román
rosalesroman.cgs@gmail.com

Las casas de los amigos y las de los compañeros tienen una especial calidez por quienes en ellas viven y por cómo reciben a los que les visitan. Cuando yo me siento bien en la casa de un amigo o en la de un compañero (que en muchos casos viene a ser lo mismo) y me ofrecen de comer o de beber suelo decir que lo que se come y lo que se bebe se siente más sabroso por quien lo ofrece y la compañí­a en que se está.

Pues de la misma manera, cuando en una de esas casas alguien fallece su vací­o se siente y aunque parezca una frase hecha, no está demás decir que su vací­o está allí­ y es imposible que pueda llenarse. Hay vací­os que estarán por siempre y para siempre, vací­os.

Hace ocho dí­as, en horas de la tarde, Ana Marí­a y yo fuimos a la casa de Chaly Morales y de su esposa, Thelmita. Chaly estaba muy enfermo. Su estado de salud se agravó en los últimos meses e hizo crisis en las semanas más recientes.

El miércoles que le visitamos (como lo hací­amos cada mes) estuvimos en su casa como media hora. Lo encontramos dormido; estaba tranquilo. A las siete y cuarto de la noche me llamó Carlos Guillermo por teléfono para decirme que Chaly habí­a fallecido a las cinco y cuarto de la tarde, treinta minutos después que, dormido y tranquilo como estaba, nos despedimos de él. No estoy todaví­a de ánimo para describir lo que sentí­ cuando recibí­ esa llamada y no creo que pueda hacerlo después. Tampoco sé cómo se lo pude decir a Ana Marí­a y cómo se lo dije.

La enfermedad de Chaly era irreversible. Lo sabí­a él, lo sabí­an sus médicos que lo atendieron con tanto cuidado y diligencia. Lo sabí­a Thelmita, su hija y su hijo, sus hermanas, su suegra, sus cuñados y cuñadas, sus sobrinas y sobrinos. Lo sabí­a Carlos Guillermo y Lilian, y lo sabí­amos Ana Marí­a y yo como sabí­amos también que en las condiciones tan adversas en que Chaly se encontraba se aferraba a la vida en forma impresionante y sabiendo que cada dí­a que amanecí­a y terminaba era para él una jornada más ganada a la lucha por vivir y continuar estando al lado de los suyos y sentir la compañí­a de quienes le seguiremos queriendo y teniéndolo siempre presente como dijo uno de sus sobrinos durante su sepelio.

De quien fallece se pueden decir muchas cosas, exaltar sus cualidades y méritos, pasar revista a lo que se hizo y a lo que se dejó de hacer. Cuando Chaly estaba entre nosotros le hablé de lo que él representaba para Ana Marí­a y para mí­. Lo escribí­ en esta columna más de una vez. Era lo menos que podí­a expresarle a quien desde que lo conocí­ (de eso hace ya más de 50 años) entendí­ lo que se es capaz de hacer en las buenas y en las malas, y la grandeza, significado y valor de la consecuencia y lealtad.

A ocho dí­as de su fallecimiento sólo alcanzo a expresar, con palabras de César Vallejo, que «Hay golpes en la vida, tan fuertes… / ?como si ante ellos, / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma. / Son pocos; pero son? Abren zanjas oscuras / en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. / Serán talvez los potros de bárbaros atilas; / o los heraldos negros que nos manda la Muerte. / Son las caí­das hondas de los Cristos del alma, / de alguna fe adorable que el Destino blasfema. / Esos golpes sangrientos son las crepitaciones / de algún pan que en la puerta del horno se nos quema / ?Yo no sé!».

Lo que es muy cierto y así­ lo valoro es que Chaly Morales no sólo fue capaz de mantener tanta fortaleza ante la adversidad sino, además, aferrarse a la vida con tenacidad. Así­ fue y seguirá siendo el amigo entrañable, el compañero de siempre, el hermano de toda la vida.

A Thelmita Ramos de Morales, su esposa; a Ana Karina, su hija; a Carlos Gilberto, su hijo, así­ como a su demás familia, Ana Marí­a y yo les pedimos que nos permitan compartir su duelo y pesar, y acepten nuestras fraternas y solidarias muestras de condolencia.

Descanse en paz Carlos Augusto Morales López, nuestro inolvidable y tan querido Chaly Morales.