Pensar el Centro, repensar la Ciudad.


No hay duda que la ciudad cambió en trece años, no es la misma desde aquel diciembre del 96 que marcó el fin de la guerra interna con la apoteósica multitud que llenó la plaza central para celebrar, o presenciar el fin oficial de una guerra que fue interna en el sentido de la geografí­a nacional, aunque muchos de los efectos lamentablemente se llevan aún de manera interna, como colectivo social y como personas en lo individual.

Julio Donis

Fue entonces cuando aparecieron lugares que hoy tienen ya acuño como Las Cien Puertas o La Bodeguita del Centro, que no termina de morir o de resurgir; y reaparecieron otros de añeja trayectoria como el querido Portalito o La Mezquita para el buen comer, incluidos algunos de sus parques y pasajes. Estos permanecí­an escondidos en la oscuridad del prejuicio generalizado por situarse en el centro de la ciudad. Más adelante, ya en este siglo empezaron a surgir cien y un lugares que van haciéndose queridos poco a poco; algunos como expresiones del proyecto urbaní­stico de la Municipalidad, que transformó viejos lugares como el pasaje Rubio o las instalaciones del antiguo edificio de correos, hoy sin duda una alternativa de arte accesible para muchos; y otros como propuestas alternativas y autogestivas que se encaminan a producir arte y cultura urbana como la Casa Cervantes o el festival Manifestarte, aun el bad attitude o la Rocalla. Y los más nuevos como el ex Céntrico, la Ví­a Verde y muchos más.

A ese lugar centenario que cada agosto celebra aniversario, se le tacha de sitio peligroso, de desmadre, de degradación moral y desenfreno, donde asaltan o donde matan, lugar de piraterí­a y sobre todo también de histórico; pero me parece que el verdadero sustrato de dichos prejuicios es el de clase, es atavismo del pensamiento conservador. Estoy convencido que algunos lugares en la zona diez con todo y su aura de modernidad urbana tienen un alto riesgo y peligrosidad que no la tiene la zona uno. Escuche en cierta ocasión con espanto pero a la vez sin sorpresa decir a una catedrática de una universidad privada, que muchos de sus alumnos no conocí­an El Congreso de la República y que jamás habí­an ido al centro de la ciudad.

El Centro encarna y acoge los espacios en los que tiene sentido una cultura urbana en tanto que sus calles y avenidas dibujan una ciudad como solí­a serlo, un área que permite exponer y socializar como en los parques, al mismo tiempo que permite dar resguardo o intimidad, ya sea para el amor o simplemente para diluirse entre los callejones o en los mercados. El centro representa el corazón y también simboliza el poder formal del Estado, es allí­ donde confluyeron cientos de marchas y manifestaciones, y creo que es el último sitio para expresar el rechazo, la crí­tica al sistema o la inconformidad con la oferta neoliberal cultural, y esto no es centralismo; un Estado que no ha tenido la capacidad de presencia nacional no puede aspirar a descentralizarse.

Dicha cultura urbana se hace imposible fuera de los lí­mites de la zona central, basta cruzar la zona cuatro y un poco más allá para adentrarse en el mundo deslumbrante de los centros comerciales, de los condominios uniformizantes, de las calzadas repletas de autos, de un mundo falso y vací­o que es menos mundano y menos humano, es donde todo movimiento queda registrado en cámaras que vigilan el «buen comportamiento».

¿Qué proyectos de cultura urbana se pueden identificar en las periferias de la ciudad, sino la oferta consumista? Es debido apropiarse de las calles, de los parques, de los callejones, de los portales, de los viejos lugares, aún de los viejos bares, galerí­as y pasajes, para garantizar la convivencia social, el sentido crí­tico y mantener viva la contradicción para no sucumbir a la institucionalización. Me parece que esto serí­a un acto de congruencia con el sentido histórico del Centro.