«Pilí­n» Beltranena


Con corbata de pajarito y porte de gran marqués, una elegancia natural brotaba de su presencia. Acaso porque nació en Parí­s de Francia -su padre trabajaba en la Embajada-; acaso por sus extensos estudios en Notre Dame y otras afamadas universidades; acaso por esa sencillez que adoptaba para admirar un atardecer en Atitlán o una fresca llovizna en las praderas de el Petén.  Esa gallardí­a la desplegó hasta en sus últimas actuaciones.

Luis Fernández Molina

Consciente de que viví­a sus últimos dí­as pidió en el hospital que lo llevaran a su casa, no pensaba morir en un cuarto de hospital, querí­a despedirse de la vida en su propia habitación recostando su cabeza en la almohada que por muchos años acomodó sus sueños.

Al nomás llegar a su casa dijo: «qué bueno que ya estoy aquí­, ya me puedo morir», y así­ a las pocas horas rindió su último suspiro. Se despedí­a así­ de una vida plena, una vida de bien en la que aportó su estilo único. Nadie sabe a ciencia cierta por qué le llamaban Pilí­n, en la casa dicen que fueron sus compañeros del colegio y sus compañeros dicen que traí­a el apodo de la casa. El origen no importa, lo que sí­ cuenta es que Pilí­n fue sinónimo de gentileza, clase, generosidad. En efecto, muchos de sus esfuerzos los dedicó a ayudar a otros en un campo muy sensible: la educación, especialmente la educación superior.

Contribuyó con su señor padre a la creación de la Universidad Landí­var y pocos años después fue de los principales fundadores de la Universidad Francisco Marroquí­n. Y fue precisamente allí­ donde tuve la fortuna de conocerlo. Catedrático magistral de Filosofí­a del Derecho, su clase era un repertorio de todas las corrientes jurí­dicas que desplegaba con un alarde de oratoria que continuaba sin cesar por varios minutos, casi sin respirar; como retando a quienes rebatí­an sus ideas filosóficas agitaba los brazos con una fogosidad que recordaba  a don Alonso Quijano combatiendo los molinos de viento, y en esa lucha de elevadas ideas sólo se daba tregua para acicalar sus bigotes. Apenas consultaba sus notas. De esa forma aportó su original estilo arquitectónico en la construcción del edificio jurí­dico guatemalteco. Muchas generaciones quedarán en deuda con lo que aprendimos del Dr. Beltranena. Pero más allá de las filosofí­as jurí­dicas aprendí­ de él que existe un derecho cotidiano que se mira horizontalmente y que se materializa en los litigios y se documenta en los protocolos notariales, pero también existe otro derecho más elevado que debe verse siempre para arriba que consiste en ese ideal del derecho que siempre debe mantenerse incólume a pesar de las imperfecciones humanas. Un derecho que consolida la ecuación

«libertad-responsabilidad» como fundamento de la convivencia humana. Aprendimos de Pilí­n a reconocer esa faceta sagrada del derecho y comprometernos con ese modelo. No me cabe duda que allá arriba habrá saludado a San Pedro con el mismo estilo respetuoso y refinado con que siempre saludaba.