Somos un conglomerado social fruto de violencia y precariedad. La sonrisa tímida característica del guatemalteco común está más cercana a la infelicidad que a la inocencia, pero él no lo sabe de manera conciente porque la autonegación, se ha acumulado de manera desbordante en su ensimismamiento. La noción de ciudadanía se diluye y prevalece más la de víctimas, que deambulan en las calles entre el miedo despojador y el riesgo de la incertidumbre.
Primero ocurrió la represión que fue política y sus efectos se extendieron como onda expansiva a lo largo de generaciones completas, castrando y enajenando a las personas y desnaturalizando al Estado. Luego vino la depresión como pandemia silenciosa que se esparció por el yo interno de muchos, degradando la estima y la autoestima; en el caso del Estado el mal fue la anomia y el sometimiento, por lo tanto todas estas consecuencias son interrelación social. Sobrevino después la autorrepresión que impuso las condiciones para sobrevivir al entorno, de manera que la víctima empezó a vivir de su condición y se sometió al victimario calladamente sin rebelarse. Otras formas autorrepresivas incluyen la perversidad de la victimización como forma corrupta de sacar partido para diversos intereses materiales, y que con seguridad ocultan la angustiosa necesidad de ser reconocido.
El oxígeno que da vida paradójicamente a la muerte como expresión del acto violento, así como a otras formas violentas, es la negación permanente, la carencia como forma asumida de la cotidianidad, la privación de derechos de manera sutil y abrupta, el desconocimiento constante de la identidad, la inexistencia de la condición de persona por la de condición consumista, el vacío que succiona toda motivación crítica para dejar solamente cáscaras insatisfechas que se relacionan en la mediocridad y en la aceptación autómata de «así son las cosas», en resumen, la lucha de imposiciones individuales carentes de sentido colectivo. Esa negación se garantiza a través del mecanismo de la autorrepresión que desmoviliza y hace de la víctima el interlocutor perfecto para el victimario. Ambos están condenados a una relación violenta en el que uno se somete y el otro impone.
La interrelación social entonces sucede entre el miedo de la amenaza latente, y el riesgo de asumir las consecuencias con todo el costo que eso signifique. El efecto social que producen sendas conspiraciones políticas como las del caso Rosenberg o la del caso Gerardi, que son expresiones de poder absoluto, es inamovilidad, parálisis, confusión, conformidad y al final obediencia. Es el mismo efecto que se produce en el radio de la subjetividad personal, que se rompe en un acto violento directo, como el del padre de dos niños que le oculta el reciente asesinato de la madre que trabajaba en un salón de belleza en medio de un asalto de esos que suceden todos los días. El padre no acepta el hecho y reprime su condición de víctima hasta límites insospechados. Los niños son víctimas aún sin saberlo. La misma consecuencia sufre la chica joven que es sometida, en medio de una relación afectiva de noviazgo, por la constante negación que les es inducida por el novio inseguro y egoísta que la violenta y la reduce a través de formas sutiles de burla y chantaje sentimental, hasta convertirla en su objeto del deseo, llegando incluso a violentarla para proteger su codependencia enfermiza.
Todos estos hechos tienen asegurados los efectos devastadores porque la impunidad mantiene sometidas las voluntades de víctimas, incapacitándolas a tomar el riesgo de rebelarse.