¿Gato o liebre? Tanto a mi amigo el gato como a mi amiga la liebre nunca les ha hecho mucha gracia el que se les relacione o asocie en determinadas circunstancias de las que dicen ser totalmente ajenos. Ni mi amigo el gato suele hacerse pasar por liebre, ni mi amiga la liebre aceptaría jamás que gato alguno usurparse su identidad y calidades naturales. Mientras uno es felino carnicero, la otra más bien resulta vegetariana roedora; o sea dos personalidades más bien dispares. No obstante, gato y liebre están con plena conciencia de que el innegable ingenio humano, hábil para el engaño, el timo, el fraude, la estafa, el ardid, etcétera, podría en ciertos casos ingeniárselas a fin de hacer pasar a uno por la otra siempre con propósitos inconfesables, y desde luego sin el consentimiento y la anuencia de ambos; o sea engañándolos incluso a ellos mismos, en un alarde de astucia sin límites, aunque siempre contra el orden natural, de las leyes divinas, la moral y la ética, por lo menos.
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Desconocidos. Usted no me conoce, me dijo, pero aquella no fue una pregunta – ¿acaso puse signos de interrogación?-; era más bien una aseveración cargada con una mezcla de satisfacción e inseguridad, que en ese momento no logré captar bien, sino mucho tiempo después, pero el tono contradictorio no dejó de causarme una sensación imprecisa aunque tampoco preocupante (no sé por qué, atravesó mi mente la aclaración reiterada de Enrique Juárez Toledo: a fulano no lo conozco; lo he tratado). Al contrario, me agradó y tranquilizó esa afirmación espontánea de que yo no lo conocía, pues si, por el contrario, me lo hubiese preguntado, yo no habría encontrado respuesta alguna; fue él quien lanzó al aserto, aunque con ese matiz contrapuesto que creí entrever, dándome así la oportunidad de optar por el silencio, que otorga en muchas ocasiones. Pero a todo esto, ¿qué necesidad tenía de decirme algo tan obvio para mí? Yo, al menos, no podría acercarme a alguien, al azar, y espetarle que no me conoce, lo cual ni esa persona ni yo necesitamos demostrar. ¿A quién?
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Mala hierba. La esperanza es el más vegetal de los sentimientos humanos. Una plantita que crece en cualquier parte, al lado de otras más fuertes y hermosas; escuálida y descolorida, con raíces antiguas aunque poco profundas -como las tumbas-. Le cae un poquito de agua y unos rayos de luz y reverdece. La esperanza, planta perenne, nunca muere pero tampoco florece ni da frutos. Es lo que queda, acaso, del jardín del Edén. ¿Una mala hierba, a final de cuentas? Al cabo que el humus humano da para bosques enteros, asegura la propia esperanza.
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«Jodido pero contento». El lema de los habitantes del país donde hay mucho circo y poco pan.
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Hilo de araña. ¿Qué similar trasfondo puede encontrarse entre el caso Rosenberg y el golpe de Estado a Mel?