Guantánamo es una «infamia»


Guantánamo es para sus habitantes en primer lugar una ciudad y una provincia cubanas que inspiró una célebre canción antes de ser una base naval estadounidense que, dicen, pesa sobre ellos como una «infamia».


«Actualmente en el extranjero, cuando se piensa en Guantánamo, no se piensa en la canción («Guantanamera») sino en la prisión. Es una infamia que se asocia con Cuba aunque no tenemos nada que ver con ella», dice a la AFP Juana Vega en esa ciudad de 200.000 habitantes, situada a unos 20 km de la bahí­a y la base, y a 970 km de La Habana.

Esta jubilada de 68 años espera que el presidente Barack Obama «cumpla su promesa y cierre la prisión» en enero, siete años después de que fue abierta para recluir, fuera de todo proceso judicial, a «combatientes enemigos» islamistas.

Los estadounidenses tomaron posesión de la bahí­a de Guantánamo tras la guerra en la que derrotaron a las tropas españolas por el control de la isla, por medio de un tratado de 1903 que establece un arriendo sin vencimiento.

El gobierno de los hermanos Fidel y Raúl Castro considera ilegal el enclave de 117 km2 y desde el mismo inicio de la revolución de 1959 rechaza los 4.000 dólares que Estados Unidos debe pagar anualmente a Cuba por el alquiler.

«Nunca he visto la base y no la quiero ver. Sólo quiero que los americanos se vayan. Permanece como una amenaza potencial para nosotros aunque tengamos buenas relaciones con el pueblo estadounidense. Mi abuela, por ejemplo, vive en Estados Unidos», comenta Rubén Fernández, de 18 años, quien se prepara para su servicio militar.

Desde la «crisis de los balseros» en 1994, cuando fueron llevados a la base miles de emigrantes cubanos interceptados en el mar por los guardacostas norteamericanos, existen contactos militares y ejercicios conjuntos para casos de emergencia por sismo o tsunami en la región.

Aunque los cubanos podí­an en otra época observar las barracas militares de la base desde un mirador instalado a medio camino entre la ciudad y la base, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos y la apertura, poco después, de la prisión, se requiere autorización para acceder al lugar.

Según el historiador y diputado provincial José Sánchez Guerra, de 59 años, unos 12.000 cubanos trabajaban en la base antes de la revolución.

«La presencia de la base reportaba en ese entonces a Cuba unos 21 millones de dólares por año, al cambio de la época, lo que representarí­a una fortuna actualmente» asegura.

«Claro, la pérdida de esos ingresos después de la revolución ha sido un golpe fuerte, pero lo que nos afecta hoy es la presencia de la base, tanto desde el punto de vista económico como por nuestra imagen», afirma Sánchez Guerra.

Según él, la restitución de la bahí­a a Cuba permitirí­a a la provincia de Guantánamo, la más pobre y menos industrializada de la isla, desarrollarse con un puerto comercial.

Hoy, menos de diez cubanos -todos de más de 69 años- laboran en la base en trabajos menores, según un contrato establecido antes de la revolución, pues desde 1959 están prohibidas nuevas contrataciones.

Esos trabajadores, que no pueden hablar con la prensa sin autorización del Ministerio del Interior de Cuba, gozan de un salario muy superior al de sus compatriotas, suscitando cierta envidia en la ciudad.

«Sus casas son fáciles de reconocer. Son lindas y las mantienen bien. Ganan en un mes lo que un cubano no gana ni en un año», dice en su bicicleta Ebarglis Carnet, de 41 años, locutor de la radio local y quien trabaja de peluquero a domicilio para llegar a fin de mes.

«No los consideramos traidores, la base estadounidense es sólo su trabajo», agrega, algo celoso.