Manuela Celedón, una mexicana de 42 años que vive y trabaja desde hace 20 en Saint Denis, cerca de París, se siente «muy culpable». Perdió uno de sus tres empleos cuidando niños, que le permitían ganar un total de 1.000 euros por mes (1.430 dólares) y por eso tuvo que reducir de 250 a 200 euros las remesas que envía a su madre, su hermano y sus cuatro sobrinas.
«Estoy muy preocupada, porque los empleos son cada vez más escasos, uno de mis patrones acaba de despedirme y el otro me pidió que rebajase la cantidad que cobro por hora, que ya es muy baja», dijo.
Las últimas previsiones del Banco Mundial, publicadas a mediados de julio, pronostican una caída de por lo menos 7,3% de los envíos de fondos de unos 200 millones de inmigrantes en el mundo, que en 2008 alcanzaron un total de 328.000 millones de dólares.
El Banco Mundial subraya el peligro de pauperización de numerosos países en vías de desarrollo, para los cuales estos fondos, que a veces llegan a más del 20% del PIB, desempeñan un papel crucial en la lucha contra la pobreza y el apoyo al consumo de las familias y constituyen una de las palancas de las microfinanzas.
El Banco Mundial también señaló su preocupación por los efectos de un eventual endurecimiento de la legislación sobre la inmigración, con el aumento del desempleo en los países ricos.
«Como siempre, la crisis afecta a los más pobres, a los inmigrantes en Francia y los que ya están en la miseria en países como Haití», dijo indignada Augustine Saint-Jean, una haitiana de 32 años, peluquera a domicilio en Montreuil, un suburbio de París. «Yo gano cada vez menos, apenas 900 euros por mes desde mayo, ya que para mis clientes mi actividad es un lujo del cual pueden prescindir», protestó.
Actualmente sólo puede enviar 150 euros mensuales, en lugar de los 250 que se reparten siete de sus familiares. «Estoy muy angustiada por el futuro, el mío y el de los que dependen de mí», dijo.
En Western Union, uno de los especialistas mundiales de las transferencias de dinero en efectivo, no hacen comentarios oficiales. Sin embargo, un empleado de una agencia de París que solicitó el anonimato reconoció que el número y el monto de las transferencias «bajaron mucho» en los seis últimos meses.
Algunos inmigrantes tratan de disimular sus dificultades a sus familiares en su país de origen.
Amadu Kone, un malí de 54 años que vive en Mantes la Jolie, al oeste de París, desde hace 31 años, fue despedido de uno de sus dos empleos de limpieza en junio. Sin embargo, para él es una cuestión de honor continuar enviando 400 euros mensuales a las doce personas que dependen de él en la región de Kayes (oeste de Mali).
«Lo importante es salvar las apariencias, no les voy a hablar de mis problemas, gasto menos para mí y envío la misma suma», dijo.
Por su parte, Mohamed Jamal, un marroquí de 36 años que trabajaba como repartidor y se quedó sin empleo hace dos meses, afirma que «los que se quedaron en Marruecos no comprenden las explicaciones sobre la crisis en las naciones ricas».
Jamal, que vive en el suburbio parisiense de Bobigny, envía entre 200 y 300 euros mensuales a 12 familiares en Marruecos. «Es una ecuación imposible. (…) Para ellos, que ven la vida en Europa como un Eldorado, si tienes la suerte de vivir aquí y no ganas dinero, es simplemente porque no haces las cosas bien».