Abrir la boca, para defender a alguien, en estos días, es delicado; sobre todo, porque el espectáculo político público que presenciamos está lleno de artilugios para desviar la atención y atraer la opinión para sí.
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Sólo en esta semana, por ejemplo, un supuesto allanamiento en la oficina de la diputada Roxana Baldetti, jefa de bancada y secretaria general del Partido Patriota, el cual fue denunciado casi en el acto, a través de radios de extensa cobertura, como en Emisoras Unidas, donde yo lo pude escuchar. Me dio la impresión de que la legisladora, al informar sobre esta situación, no había llegado siquiera a su oficina, y fue a través de empleados de su confianza que tuvo su primer acercamiento sobre esto.
Es decir, denunció a ciegas, y lo más preocupante es que se animó a culpar a gente del Gobierno sobre este presunto hecho. Posteriormente, se descubrió -gracias a las cámaras de seguridad- que fue un mismo empleado de la diputada Baldetti quien violentó su oficina.
En Guatemala, estamos tan acostumbrados a presenciar estos «shows» mediáticos, que poco o nada construyen al país. Y no construyen, en primer lugar, porque atentan a la institucionalidad; Baldetti debió denunciar, en primer lugar, ante el Ministerio Público (MP), ente encargado de las investigaciones. En segundo lugar, no debió utilizar su mediatización como figura pública importante y utilizar la plataforma de los medios de comunicación para denunciar a quien ella consideraba.
Y no es cuestión sólo de criticar a la diputada Baldetti, porque no se trata de un hecho que sólo ella hace, sino que es casi una norma para cualquier figura pública. Recordemos también el supuesto atentado contra la misma Baldetti y Otto Pérez Molina, el cual habría sido advertido por un presunto testigo protegido -por la Procuraduría de Derechos Humanos (PDH), pero no por el MP-, y que después se esfumó.
Y, hablando del titular de la PDH, Sergio Morales, también habrá que recordar el show mediático montado para denunciar el supuesto secuestro, violación y tortura de su cónyuge, Gladys Monterroso, y que hoy por hoy despierta más dudas que certezas.
De igual forma, se ha tratado de mediatizar -con información que parece más falsa que verdadera- algunos casos importantes, sobre todo los procesos que se llevan en la Torre de Tribunales, como los casos contra Alfonso Portillo, ílvaro Matus, Eduardo Arévalo Lacs, y un larguísimo etcétera; también recordar el intento -de no sé quién- de desviar la atención en el asesinato de Rodrigo Rosenberg y hacernos creer que todo fue por un crimen pasional, al igual que se intentó, en su momento, con el asesinato de monseñor Gerardi.
En fin, podríamos enumerar una larga serie de «espectáculos» políticos, que no nos han aportado nada para el debate. De hecho, si usted como lector se da cuenta, estos «shows» surgen, precisamente, cuando algún avance democrático está por darse, y de alguna manera ha servido como estrategia para retardarlos.
Yo creería que los guatemaltecos aún somos muy inocentes en estos juegos mediáticos de poder, y prácticamente nos chupamos cualquier cosa que parezca atol en un dedo. Como espectadores, debemos empezar a madurar nuestra opinión sobre la cosa pública y dudar como regla inicial, y después empezar a analizar, tal como sugería Descartes. (http://diarioparanoico.blogspot.com)