Paulatinamente ha estado pasando la «guerra fría» entre la China comunista y la Chinita democrática.
Sin embargo, la Chinona mantiene un cerco que consideramos «lineal» o en la forma de su territorio que bordea frente al Estrecho que la divide con la República de China (Taiwán).
Lo que ocurre es producto del diálogo, propio del don de gentes; de esa guisa se viene eliminando el estado de amenaza belicista de la China que comunizó Mao Tse Tung cuando en 1949 se entronizó comandando poderosas fuerzas tierra adentro de aquellos extensos dominios.
Simbólicamente hablando, valga decir que la gran China está hoy, al menos por hoy -enfatizamos-, discutiendo con sonrisas de enamorados con la bella Chinita libre, soberana e independiente, la cuestión del Estrecho y del respeto a sus legítimos derechos en general. .
Taiwán es un país próspero en los aspectos industrial, comercial, relativamente también en lo agrícola, y cuenta con un Ejército bien disciplinado, modernamente equipado, dispuesto siempre a defender sus libertad, su soberanía y su total independencia en cualquier eventualidad indeseable, pero, sobre todo, tiene un gran concepto del patriotismo.
Además, muchos países del mundo, en primera fila los Estados Unidos de América, lo apoyan moral y/o materialmente. No podía ser de otra manera.
Es de esperar que las conversaciones entre las dos Chinas transcurran hasta culminar en el éxito como con un fraternal abrazo, pues se trata de dos países hermanos que han estado separados físicamente, no en lo que hace a pensamiento y sentimiento. Son de la misma sangre y los corazones de ambos palpitan al unísono.
Hace ya algún tiempo, que se está alejando hasta las postrimerías de la pasada centuria, tuvimos el privilegio de viajar a la República de China, de cuyo progreso integral estuvimos y estamos, mejor dicho, admirados. Reconocemos que sus avances están en todas las direcciones imaginables. Quedamos invitados a volver algún día, pero ese día a lo mejor ya no llegará.
Ya habíamos tenido la oportunidad de estar en la otra China (la continental), pero francamente no nos gustó por el asfixiante sistema liberticida. Y es que fuimos al influjo de la inquietud periodística, sin condiciones de especie alguna. Y que conste: somos hombres libres, entregados con vocación y devoción a tan apasionante profesión.
El presidente actual de Taiwán es un ciudadano joven que, intuimos tras leer toda una serie de periódicos, revistas, boletines, libros y opúsculos, ha cifrado sus esperanzas en lograr un feliz desenlace a la situación que, infortunadamente, ha prevalecido por actitudes atribuibles a la China comunista.
El mundo civilizado ha seguido con toda atención el curso de los acontecimientos que se suceden entre las dos naciones asiáticas: una poderosa y, la otra pues… asimismo de admirable poderío en el sentido lato de la palabra.
Un amigo compatricio nos decía recientemente, refiriéndose a Taiwán, que ese pequeño gigante es un hueso difícil de roer o triturar? ¡Y tiene razón, sobrada razón, el amigo y coterráneo, no sólo por estar blindado el gigantito, sino a la vez por tener de su lado la opinión del mundo civilizado que no está por que haya «chisporroteos» de graves consecuencias imaginables.
Tan pronto como entró de lleno a funcionar la Organización de las Naciones Unidas (ONU), al terminar la Segunda Guerra Mundial, todos los estados del planeta han confiado en que habrá paz, no amenazas de guerra o difidación de esos conflictos, explicables al reparar en que los hombres que han perdido la fuerza de la razón recurren a la coz de bestias, o sea a la fuerza bruta.
Es deseable que, en realidad, la China comunista y la República de China con asiento en Taiwán lleguen, mediante el diálogo franco, sincero, a un acuerdo de paz apuntando a la convivencia de los pueblos de dos países libres, hermanos, que respetan principios y valores de la humanidad y que, al parecer, han optado por sellar con un fuerte abrazo la candente problemática que tanto se ha tenido que lamentar.