Debo reconocer, con mezcla de orgullo y modestia, que mi cerebro ha tenido sus pretensiones intelectuales y de competencia en alguna que otra disciplina, y así es como durante mucho tiempo, a veces con tacto y en ocasiones de manera impulsiva, me confiaba o bien me amenazaba con fugarse, sabido como ha estado de la masiva fuga de cerebros que acontece a lo largo de América Latina, hacia Yanquilandia y Europa. Pero acostumbrado e incluso encariñado como estoy con mi cerebro -sin el cual no sé qué sería de mí- he tratado de hacerle ver los inconvenientes de tal determinación (su fuga); lo he mimado y hecho lo posible para que se sienta a gusto y satisfecho en el país de la eterna; lo he persuadido de lo injusto que sería dejarme sin él, casi en calidad de huérfano o de simple vegetal; en fin, sería largo enumerar aquí mis atendibles razones, con las que creo haber logrado convencer a mi querido cerebro de su irreflexiva y a veces impetuosa ambición, además de entretenerlo con todo tipo de lecturas, acertijos, ejercicios mnemotécnicos, juegos de salón, etcétera.
Pero por favor no se me malinterprete; no soy egoísta; yo quiero mucho a mi cerebro y deseo lo mejor para él, que se supere y conozca otros países y culturas, pero en diferentes circunstancias, sin evasión, huida o escape. Así hasta podría yo acompañarlo, quien quita. (La mayor parte del tiempo nos llevamos bien, salvo cuando duermo. Y le debo mucho más yo a él que mi cerebro a mí.)
A mi corazón, en cambio, estoy seguro que nunca se le ha ocurrido fugarse, tal vez porque sabe de su incurable capacidad de sentimiento, emotividad, afecto y cariño, cualidades éstas poco o nada competitivas y exitosas en un mercado de capitalismo salvaje en supuesta decadencia.
Los cerebros siempre estarán mejor cotizados respecto a los corazones. En el mercado laboral, incluso el dedo de una mano posee mayor demanda que el órgano de la sensibilidad y la benignidad. Lo cual no deja de tener su lógica dentro del campo industrial. Al contrario del cerebro, el corazón no tiene corazón para fugarse. Cuestión de alas o de raíces.
Sólo yo sé, porque me consta, los enormes sacrificios y esfuerzos que he debido hacer para evitar la fuga de mi cerebro, sobre todo en las décadas de los sesenta y setenta. ¿Qué garantías sensatas hubiera tenido yo de que mi cerebro, una vez instalado como catedrático o investigador residente en algún centro de altos estudios o institución de profundos ensayos, sea en Berlín, París o Atlanta, mandaría por mí? El corazón, en cambio…
Al cabo, lo mejor de esta atropellada historia personal es que en los actuales bordes de mi edad sospecho -y confío- que mi cerebro ya está lo bastante consumido y devaluado como para competir en el juego de la oferta y la demanda de tales órganos tercermundistas. Su fuga hoy en día no tendría justificación. Espero.
(Al parecer, no existe una fórmula infalible para disuadir a los cerebros con potenciales riesgos de fuga, aunque mucho depende de sus respectivos dueños, propietarios o poseedores. La mayor parte del tiempo, en estado de vigilia, los cerebros suelen ser racionales, objetivos, pragmáticos, fríos, calculadores… Pero el sueño es una forma natural de fuga con retorno, en la mayoría de los casos.)