Los guatemaltecos sentimos permanente peligro sobre nuestras vidas por efecto de la violencia que resulta incontenible, pero un reporte de los Bomberos Voluntarios da cuenta de que por si eso no fuera suficiente, también tenemos que sentir miedo al aventurarnos por las calles y carreteras debido a la irresponsabilidad al conducir vehículos automotores. Más de tres mil personas pierden la vida anualmente como efecto de la inseguridad vial y, como ocurre con la violencia, las autoridades no son capaces más que de mostrar su indolencia e incapacidad.
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En materia vial existe absoluto caos y anarquía, reflejo de la situación general del país. Los semáforos y los altos son señales que parecen estar de adorno, no digamos las indicaciones sobre el sentido de las vías, puesto que cualquier hijo de vecino decide circular como le da la gana, pasarse los altos o semáforos o rebasar en curva aunque con ello ponga en peligro la vida de otras personas.
Y no se crea que es cuestión simplemente de falta de educación vial, sino que es el reflejo exacto de esa indiferencia absoluta frente a lo que son las normas de pacífica convivencia. Los motoristas de reparto son un constante peligro y una amenaza a la seguridad vial porque se les obliga a circular a toda velocidad y metiéndose entre los otros automóviles serpenteando para avanzar en medio del tráfico que se vuelve cada día más denso. Y hay que decir que sólo gracias a que se congestiona tanto no se producen más muertes y más accidentes viales, debido a que en la mayoría de arterias y casi en todas las horas el tráfico se vuelve lento, lo que nos exaspera a todos, pero sin duda contribuye a disminuir en parte los índices de muerte por accidentes viales.
Y uno se pregunta cómo hacer para que en el país los ciudadanos cambiemos la mentalidad para asumir actitudes más responsables frente a los demás. El elemental respeto a las normas de convivencia que hemos perdido en medio de ese mar de anarquía es absolutamente necesario para que el país salga adelante, pero cuesta encontrar por dónde debemos empezar, ya que hasta de las mismas autoridades uno recibe malos ejemplos que lejos de ayudar a la edificación de un auténtico civismo basado en la elemental urbanidad, parecieran indicarnos que la receta es hacerlo todo a trompicones, pasando sobre lo que haya que pasar o sobre quien haya que pasar, con tal de salir siempre en caballo blanco.
Hay en la zona 14 una calle que me toca transitar diariamente y en la que es raro el día que no me tope con algún automovilista o motorista que va contra la vía. Se trata de la 12 calle que tiene vía hacia el oriente, pero no es raro toparse con vecinos del sector que con tal de ahorrarse unos cuantos metros, se meten en sentido contrario con tal tranquilidad y desfachatez que enerva. Y lo mismo le pasa a uno cuando sale a alguna de las carreteras, puesto que raro será el que no se ha visto obligado a salirse de la cinta asfáltica porque algún camionero o camionetero va rebasando en curva.
Volver a señalar que la ausencia de autoridad demuestra el carácter fallido del Estado es ya una letanía, pero cuando vemos que esa indiferencia se traduce en muerte, urge que hagamos algo para modificar la actitud colectiva.