Las dos explosiones casi simultáneas tuvieron lugar poco antes de las 08:00 horas locales en el hotel Ritz Carlton, uno de los más lujosos de la capital, y en el Marriott, ambos situados en el barrio de negocios de Kuningan, en el centro de la capital, y frecuentados por extranjeros.
Poco antes de las 08:00 horas un hombre entró en un bar del Marriott haciéndose pasar por «invitado» y fue entonces cuando activó la bomba que llevaba consigo, matándose en el acto e igualmente a otras seis personas, entre éstas un empresario neozelandés que participaba en un seminario.
Minutos después, otro hombre, con un gorro en la cabeza y una valija de trabajo, actuó de la misma forma en la sala del restaurante del Ritz Carlton, donde los clientes estaban desayunando. El individuo murió y mató a otra persona.
Unas 40 personas resultaron gravemente heridas, entre éstas 14 extranjeros, según la Policía.
El ministerio de Relaciones Exteriores holandés confirmó que tres holandeses resultaron heridos, dos de ellos de gravedad.
«De repente el techo se cayó y escuchamos un ruido enorme», relató Cho In Sang, un surcoreano de 50 años, que se encontraba en el Ritz Carlton y fue llevado al hospital con heridas en los brazos y las piernas.
Las deflagraciones fueron provocadas por «bombas de fuerte potencia», anunció el ministro de Seguridad indonesio, Widodo Adi Sucipto.
El presidente indonesio, Susilo Bambang Yudhoyono, reelegido en los comicios del 8 de julio según resultados parciales y a quien se atribuía el regreso de la tranquilidad al país, condenó este «acto de terrorismo» y calificó los atentados de «crueles e inhumanos».
Yudhoyono, que cumplirá un nuevo mandato de cinco años, expresó su preocupación por las consecuencias «en la economía, el turismo y la imagen» de su país en el extranjero.
En una primera reacción, la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, condenó los «actos de violencia sin sentido» en Indonesia.
La Unión Europea (UE) condenó el doble atentado y expresó su «solidaridad» con el gobierno y el pueblo indonesios.
Indonesia había logrado en estos últimos años dejar de aparecer como un país de alto riesgo terrorista, tras asestar duros golpes a los movimientos islamistas clandestinos responsabilizados de los atentados de principios de la década.
El más mortífero de ellos mató a 202 personas, principalmente turistas, en la estación balnearia de Kuta, en Bali, el 12 de octubre de 2002.
Yakarta no había sufrido ataques desde el 9 de septiembre de 2004, cuando un atentado con coche bomba frente a la embajada australiana causó 10 muertos.
Esa serie de atentados había sido atribuida a la Yamaah Islamiyah (YI) («comunidad islámica), sospechosa de haber perpetrado el doble atentado del viernes en Yakarta. La Yamaah Islamiyah es una red clandestina regional fundada en 1993 que quiere imponer un Estado islámico en buena parte del sudeste asiático.
Cientos de activistas y simpatizantes fueron arrestados, pero algunos de sus líderes permanecen prófugos, como el malasio Noordin Mohammad Top, a quien se atribuyen los atentados del Marriott de Yakarta y del de Bali.
Para los expertos, Noordin es el sospechoso número uno.
Según Sidney Jones, especialista del islam radical en Yakarta, Noordin ha organizado su propia red «disidente» de la YI.
Indonesia es el mayor país musulmán del mundo con 235 millones de habitantes.
Estos atentados provocaron la anulación de la visita de los jugadores de fútbol del club inglés Manchester United, que iban a alojarse en el Ritz Carlton antes del encuentro previsto del sábado contra una selección de jugadores indonesios.
Putra Darmawan, una camarera del hotel Ritz Carlton de Yakarta, servía el desayuno hoy cuando la explosión de una bomba provocó el caos en el lujoso restaurante del establecimiento.
«No sé realmente qué sucedió, pero hubo una explosión y nos quedamos a oscuras», relata desde la cama de un hospital, conmocionada y con la cara vendada, la joven de 18 años.
Putra Darmawan forma parte de unas 40 personas que han resultado gravemente heridas por las dos bombas que este viernes devastaron el restaurante del Ritz Carlton y un café del vecino hotel Marriott, pocos minutos antes de las 08H00 locales (01H00 GMT).
Estos hoteles son normalmente un oasis de calma en medio de la agitación del barrio de negocios de la inmensa capital indonesia.
Pero en pocos minutos, los vidrios rotos, los muebles despedazados y los rastros de sangre rompieron la tranquilidad habitual.
La policía y los servicios de rescate, que llegaron con rapidez, se hicieron cargo de los heridos que salían cubiertos de sangre de los dos hoteles.
«Estaba caminando cuando vi tres heridos subir a una ambulancia», cuenta Syarif, un empleado de tienda de 32 años. «Eran todos extranjeros. Sus rostros y sus cuerpos estaban cubiertos de sangre».
Sukardi, un chofer de 53 años, dice que se asustó cuando vio una columna de humo elevarse del Marriott. «Mientras corríamos escuchamos una segunda explosión procedente del Ritz Carlton, y cayeron trozos de vidrio».
«Era como en una película (…). Todo el mundo estaba conmocionado. Me limité a pensar: «peligro, hay que huir». Me subí a la moto y me fui lo más rápido posible», explica Usman, que conduce una moto taxi.
Para algunas personas que acostumbran a frecuentar el barrio de Kuningan, uno de los más lujosos de la capital, estas escenas recordaban a la de 2003, cuando una bomba mató a 12 personas en el hotel Marriott en un atentado atribuido a la red clandestina radical Yamaah Islamiyah.
Un año más tarde explotaba un coche bomba frente a la embajada australiana, matando a diez personas.
Desde entonces, ningún atentado había enturbiado el desarrollo de la capital, que se moderniza a gran velocidad, con numerosos hoteles de lujo y rutilantes centros comerciales. Desde la mañana de este viernes, hay que someterse a controles reforzados para poder entrar.