Quizá porque somos del trópico. Quizá por razones genéticas. El punto es que la paciencia no es lo nuestro. Nos desesperamos y las horas nos parecen eternas. Planes de muy largo plazo son un hastío. No nacimos para eso de cultivar la tierra y esperar pacientemente a que dé sus frutos. Quisiéramos más bien invertir hoy y recibir buenos y magníficos réditos mañana.
Esto sucede en muchos campos de nuestra vida ordinaria. En el político sucede que, por ejemplo, Colom lleva año y medio en el poder y nos parece una eternidad. Estamos cansados de «los peludos», del Presidente del Congreso y todo lo que huela a «socialdemocracia». Rezamos para que el tiempo pase y aparezcan nuevas caras. Ya no soportamos más a los financistas, los «tiempos de solidaridad» y los discursos aburridos del gobernante. Sentimos a cada momento que algo debe cambiar.
No, no sabemos esperar. Casi nadie lo sabe hacer. También el Presidente rota cada que puede a su gente: hoy en un Ministro de Gobernación, mañana otro; ahora un Ministro de Comunicación, próximamente otro. Aquí lo urgente es mudar. Queremos resultados inmediatos, no queremos plazos. Hasta los dueños de las gasolineras se precipitan en subirle el precio a los combustibles. Sólo basta que se insinúen alzas y se precipitan a cambiar los números en las estaciones de servicio. Lo urgente es hacerse del dinero de muchos… pronto.
Quizá por eso el grupo Pro-Reforma quiere la gerontocracia. Ya se sabe, los viejos han aprendido a tener paciencia y saben esperar. Cazan echados, tranquilos, reposados y siempre esperando dar el zarpazo. Uno se imagina que si estos adultos mayores llegan al poder sucederá todo lo contrario de lo que vivimos hoy (el otro extremo): nunca más un solo cambio, la permanencia eterna y la inmovilidad constante. Ya tendremos senadores vitalicios y ricos mamando de la teta del Estado «per in sécula seculórum».
Dudo, sin embargo, que ese sueño se les haga realidad a los que dicen querer reformas. En Guatemala nos cansan las caras de siempre, los discursos, las consignas, las manifestaciones y hasta los problemas. Quizá sea ese el «quid» por el que nos oponemos a la violencia. Probablemente no sea tanto por la misma violencia, sino porque siempre es el mismo problema. Igual que el de la pobreza. Ya quisiéramos darle vuelta a la página y experimentar nuevos desafíos.  Pero eso de tener que leer que aparecen muertos todos los días es fastidioso. Es como escuchar la misma melodía las veinticuatro horas del día.
Esto lo saben bien los que hacen la propaganda de los partidos y por eso es que a menudo salen con eso de: «urge el cambio». Han aprendido perfectamente que nosotros somos desesperados y eso nos llena de ilusión. Lo advierten los dueños de los periódicos que cada cierto tiempo cambian sus formas de presentación. Lo saben los novios que varían de perfume y también los columnistas que se devanan los sesos por mostrarse novedosos.
Con todo, quizá sea el momento de reflexionar si tanta prisa vale la pena. ¿No será mejor empezar a tener un poco más de paciencia? ¿Eventualmente no será más virtuoso aprender eso de «la ley de la cosecha»? Hay que pensarla bien porque tanta  desesperación puede comprometer aspectos importantes de nuestra vida. La prisa no siempre es buena consejera.Â