En las semanas que siguieron al aciago y lluvioso mes de julio de 1773 los pregoneros leían a gritos en las esquinas el edicto de don Martín de Mayorga que disponía el traslado obligatorio de la ciudad. Entonces se formaron dos bandos opuestos: los traslacionistas y los terronistas.
Aterrados por los sismos y acaso muy afectados por la destrucción de sus propiedades y adicionalmente por otros intereses, el primer grupo estaba urgido por huir de la zona de los volcanes e instalarse en el cercano valle de La Ermita o de La Virgen (que se prefirió sobre el valle de Jalapa); corría el rumor, que muchos daban por cierto, que con los abundantes sismos y la exagerada lluvia todo el valle estaba condenado a convertir pronto en una laguna de fondo cuadriculado.
El otro grupo desafiando a la autoridad civil mantenía, con cierta zozobra, su disposición a quedarse en el mismo valle de Panchoy, prestos a reconstruir sus viviendas y resignados a resistir cualesquiera otras calamidades naturales que, como en el pasado, podría afectarles en el futuro, proclamando que «volcanes y temblores son plaza común en toda América» y que «igual se sacude el nuevo valle, sólo que por falta de edificios no se aprecia su furor». Tal fue la resistencia que el proceso de traslado tuvo muchas dificultades y vicisitudes.
Se prohibieron las reparaciones y nuevas edificaciones en Panchoy, y por el contrario se promovieron las construcciones en La Ermita; por lo mismo la mudanza se consolidó hasta diez años después bajo el gobierno de Matías de Gálvez (el que expulsó a los ingleses de Centroamérica menos de Belice) quien había girado estrictas instrucciones de derribar todos los edificios, iglesias, conventos, fuentes y cuanto había quedado en pie después del terremoto ¡afortunadamente no se cumplió esa orden! (Pero más que todo fue porque viajó don Matías a México donde habría de tomar posesión como Virrey).
Pero había un tercer grupo que la historia no registra. Los miembros de este tercer sector nunca se manifestaron en la Plaza de Armas, no dirigieron memoriales a Su Majestad, no temían la inseguridad de las casas dañadas y desafiaron abiertamente a la autoridad que no tenía jurisdicción alguna sobre ellos. Con el transcurrir de los años los traslacionistas y los terronistas se incorporaron todos al polvo que la historia acumula, pero los del tercer grupo siguen allí, inmutables al paso del tiempo y a cualquier orden de traslado; permanecen cobijados detrás de los gruesos muros donde respiran el moho de los siglos. Es que ¿Cómo iban a dejar esa ciudad que era la capital del reino de Guatemala que abarcaba Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Chiapas? ¿Cómo iban a abandonar esas construcciones que recordaban el esplendor de la Capitanía General del Reino de Guatemala y por más de un siglo se ubicó entre las 10 más grandes urbes del continente (más grande entonces que Nueva York)?
¿Eran acaso capaces de darle la espalda a la sombra del Obispo Marroquín que desde marzo de 1543 bendecía los trazos diseñados por el maestro ingeniero don Juan Bautista Antonelli? La Antigua es hoy un secreto tapizado por calles empedradas que lo han protegido de las seducciones del calendario. Al entrar en su mundo mágico destacan los balcones que encierran aún diálogos que quedaron suspendidos en el tiempo. Murmullos cómplices que aún resuenan en un castellano manchego y extremeño oxigenado por los aires de la mar océano y condimentados por el verde sabor de los volcanes. De noche transitan unos personajes vestidos con sayales de ningún color que sortean los charcos que reflejan la luna llena, y se escucha un negro silencio que sólo se interrumpe por la suave cadencia de la campanita del Hermano Pedro.
El caucho de las llantas lastima el lomo de sus piedras que aún añoran el paso gallardo de los briosos caballos y el lento rodaje de las ruedas de madera, y las aceras aún recuerdan los pies descalzos de sus antiguos habitantes. La vida moderna del siglo XXI transcurre vertiginosa, como los rápidos de un revoltoso río, pero La Antigua es como un recodo del río, un remanso de espejo de agua que se aparta de la corriente. Y allí están aquellos espíritus que decidieron quedarse en la ciudad y van a quedarse para siempre cobijados en la oscuridad de su sombra.