Algunos años han pasado desde que el jurista del que les hablo presentó sus propuestas, y nuevamente ahora surge en el escenario político el tema, merced a la iniciativa de una aguerrida compatriota que ostenta un escaño en el Parlamento de la República de «Pasadetodo Peronopasanada». La valiente dama lucha con tesón por lograr su propósito, pero tiene que estar lista y consciente del statu quo con el que se debe enfrentar.
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Inmediatamente las fuerzas del mal se aglutinan, día a día en el Parlamento se tejen las más viles estrategias y se dicen las más imbéciles patrañas, que permitan empantanar tan patriótica propuesta.
Así, los magistrados del más desvergonzado y antipatriótico Supremo Tribunal de Justicia que haya jamás tenido la lacerada República de «Pasadetodo Peronopasanada», servilmente se prestan una vez más al asqueroso ardid tramado por las oscuras fuerzas del mal, y con desfachatez jamás imaginable -los mismos que antes propusieron que el retardo en la administración de justicia se presuma de buena fe salvo prueba en contrario- presentan de manera pública -con bombos y platillos- su propuesta de requisitos para la elección de magistrados y jueces, la que, por algunos días hace tambalear las esperanzas de los buenos habitantes de la República; y para colmo de males, la vil propuesta se presenta como iniciativa de ley para que de manera fulminante reciba aprobación en un Parlamento carcomido en sus entrañas por la podredumbre humana.
He aquí algunos de los atributos personales para ser magistrados y jueces que contenía la vil propuesta:
1. Carecer de ideales y esclavizarse a las contingencias de la vida práctica inmediata, renunciando a la posibilidad de la perfección moral;
2. Ausencia de características personales que permitan distinguir al individuo en su sociedad;
3. Estar dispuesto a reverenciar a su más cruel adversario si éste se encumbra y a desdeñar a su mejor amigo si nadie lo elogia;
4. Dentro de sus características debe resaltar una enorme capacidad para imitar a cuantos le rodean, es decir, pensar con cabeza ajena y ser incapaz de formarse ideales propios;
5. Carecer de ingenio, de virtudes y de dignidad;
6. Ser timorato e indeciso, al extremo que nada debe aguijonear su curiosidad; carecer de iniciativa y mirar siempre al pasado, como si tuviera los ojos en la nuca;
7. Estar dispuesto a trocar su honor por una prebenda y a echar llave a su dignidad para evitarse un peligro; estar dispuesto a renunciar a vivir antes que gritar la verdad ante el error de muchos;
8. Estar dispuesto a vivir de la mentira, a comer de ella, a sembrarla, regarla, podarla y cosecharla;
9. Ser complaciente y adulador, pusilánime, cobarde, vanidoso y servil;
10. Ser totalmente impotente para asimilar ideas nuevas y vivir constreñido a frecuentar las antiguas;
11. Ser prosaico, rutinario y de exigua cultura, para poder defender lo anacrónico y lo absurdo;
12. Poseer como norma de conducta el silencio y la inercia, para no pensar y así no equivocarse;
13. Estar dispuesto a nunca alzar la palabra, ni pretender ser original;
14. Tener capacidad para comprender que, aunque su deber sea hacer justicia, deberá estar dispuesto a someterse a la rutina y cumplir el triste oficio de no hacerla nunca y embrollarla con frecuencia;
15. Ser prudentemente cobarde, incapaz de comprometerse con sus sentencias y fallos; y apto para tartajear sentencias bilaterales y ambiguas, en las que diga que hay luz y sombra en todas las cosas;
16. No poder reconocer el fuego de los astros porque nunca han sentido una chispa.