El jueves, miles de personas desafiaron en la capital una prohibición de manifestar para marcar el décimo aniversario de los motines estudiantiles de 1999, durante un mitin que rápidamente se transformó en una demostración de apoyo a uno de los candidatos derrotados el 12 de junio, Mir Hosein Musavi.
«Â¡Muerte al dictador!», gritaron los manifestantes, refiriéndose al presidente ultraconservador Ahmadinejad, según testigos.
«Â¡Liberen a los prisioneros políticos!», decían otros en una avenida cercana a la universidad.
Este mitin de opositores –el primero desde la confirmación el 29 de junio de la reelección de Ahmadinejad–, fue dispersado por la policía.
El anuncio de la abrumadora victoria del presidente saliente, el 13 de junio, desencadenó las mayores manifestaciones en la historia de la República Islámica, y los candidatos derrotados acusaron al poder de fraude.
Al menos 20 personas murieron, cientos fueron heridas y varios cientos más –miles, según algunas fuentes– fueron arrestadas. Numerosos detenidos fueron liberados más tarde, pero los dirigentes de la oposición –incluyendo a los candidatos Musavi y Mehdi Karubi, así como el ex presidente Mohamad Jatami– exigieron la liberación de cientos de personas que continuaban encarceladas.
Esta crisis sacudió las bases mismas del régimen. Algunos altos jerarcas religiosos se expresaron contra las condiciones de la reelección de Ahmadinejad –la segunda persona más importante de la República islámica después del Guía Supremo, el ayatolá Alí Jamenei–, que oficialmente obtuvo 63% de los votos en la primera vuelta.
El ayatolá Ali Jamenei apoyó enérgicamente al presidente y conminó a la oposición a poner fin a las manifestaciones en las calles, al tiempo que respaldaba las conclusiones del Consejo de Guardianes de la Constitución, encargado de examinar los presuntos fraudes.
La principal instancia electoral iraní consideró que las objeciones de los candidatos derrotados se referían únicamente a «irregularidades menores» y confirmó la reelección de Ahmadinejad.
Estas conclusiones fueron rechazadas por Musavi, quien afirmó que la mayoría de los iraníes no reconocería la «legitimidad política» del gobierno.
Por su parte, Ahmadinejad aseguró que esta elección había sido «la más hermosa y la más limpia» en 30 años de existencia de la República islámica.
Esta crisis también incrementó las tensiones entre Irán y los países occidentales, enfrentados en lo que respecta a la naturaleza de las actividades nucleares iraníes y las amenazas lanzadas contra Israel por Ahmadinejad, quien niega la realidad del Holocausto.
Las autoridades iraníes también acusaron a los países occidentales, comenzando por Gran Bretaña, de interferir en sus asuntos internos y de organizar las protestas. Nueve empleados locales de la embajada británica en Teherán, acusados de haber participado en las manifestaciones, fueron arrestados. Uno de ellos sigue detenido, acusado de atentar contra la seguridad nacional. Una profesora universitaria francesa también está encarcelada, acusada de espionaje.
Varios medios de comunicación extranjeros también fueron acusados de trabajar para sus respectivos países, y las autoridades iraníes obstaculizaron su cobertura de las manifestaciones. Algunos periodistas fueron arrestados y un corresponsal de la BBC fue expulsado.