Id Kah no es un caso aislado, ni en Kashgar ni tampoco en Urumqi.
Y nadie sabe cuánto durará esta suspensión de facto de las actividades religiosas.
«No lo sabemos. No podemos hablar de eso», dice de manera lacónica un uigur al periodista extranjero que pregunta por la oración tradicional del viernes.
La gente sigue optando por la prudencia, luego de las violencias que ensangrentaron Urumqi el domingo, en las que se enfrentaron los uigures, musulmanes turcohablantes y principal minoría de la región, y los hanes, etnia mayoritaria en China.
Unas escenas de violencia fomentadas desde el extranjero por separatistas uigures en el exilio, asegura Pekín.
Por su lado, los uigures afirman que las cosas degeneraron luego de la represión brutal de una manifestación pacífica, un nuevo ejemplo, según ellos, de la represión general de la que son víctimas, en particular en el plano religioso, de parte de las autoridades comunistas y laicas chinas.
Los uigures señalan las dificultades que tienen para cumplir con los ritos musulmanes como el haj (peregrinación a La Meca, lugar santo del islam), para pronunciar sermones religiosos libres, o incluso para poseer un ejemplar del Corán.
«Nos oprimen porque saben precisamente que no pueden controlarnos a nosotros, los musulmanes», dice un empresario uigur de unos 30 años que vive en Urumqi, y que prefiere conservar el anonimato.
«Saben que no tenemos miedo a morir», añade.
El haj es una etapa obligatoria en la vida de un musulmán si tiene las posibilidades pecuniarias para hacerlo, sea cual sea su nacionalidad.
Pero China se niega regularmente a entregar pasaportes a los uigures, quizás, explica el empresario uigur, por miedo a que entren en contacto en el extranjero con grupos extremistas.
Según los testimonios de uigures, los que logran obtener su pasaporte deben dejar depósitos de 4.000 dólares a la policía, una suma inalcanzable en una región en que el salario anual medio de una persona que vive en la ciudad es de menos de 1.500 dólares, y de 470 dólares para las que viven en el campo.
Además, los musulmanes sólo pueden tener una edición del Corán que sea aprobada por las autoridades chinas, so pena de ser considerado un objeto de contrabando, explica el empresario.
Y los sermones, afirma, deben corresponder a lo pautado por las autoridades si el imán, encargado de presidir la oración, no quiere correr el riesgo de que le prohíban predicar.
Entonces «siempre se escuchan las mismas cosas durante los sermones», señala otro uigur. «Yo no le presto atención al sermón. Mi fe viene de aquí», dice, señalando su corazón.
Los uigures recalcan además que las mezquitas están prohibidas a los menores de 18 años y que a veces la policía hace controles para verificar que se aplique esa regla.
Las autoridades chinas aseguran que todos los ciudadanos del país gozan de la libertad de religión.
El martes, la Organización de la Conferencia Islámica (OCI) expresó su «profunda preocupación» ante los disturbios en Xinjiang, deploró «el uso disproporcionado de la fuerza» e instó a Pekín a llevar a cabo una investigación «honesta sobre los graves incidentes».
Miles de habitantes uigures y hanes intentaban huir de Urumqi hoy, temerosos de que se desaten nuevas violencias en la capital de Xinjiang, donde la mayoría de las mezquitas estaban cerradas a pesar de ser el día de la oración, constataron los corresponsales de la AFP.
La ciudad, cuyas actividades comerciales se reanudaron de a poco el jueves, permanecía bajo estrecha vigilancia de las fuerzas de seguridad, desplegadas para evitar que se repitan las brutalidades de los últimos días.
A las violencias, que dejaron al menos 156 muertos el domingo por la noche, según el Gobierno chino, siguieron tres días de disturbios interétnicos entre los uigures musulmanes y turcohablantes, principal minoría de la región, y los hanes, la etnia mayoritaria en China.
Aunque las autoridades anunciaron el miércoles por la noche que la situación estaba ahora «bajo control», miles de personas invadieron las principales estaciones de autobuses y trenes de Urumqi este viernes para abandonar la ciudad.
Las autoridades anunciaron la puesta en servicio de nuevos autobuses para afrontar la demanda, en esta ciudad de dos millones de habitantes.
Unas 10.000 personas abandonaron la ciudad cada día de la semana desde que estallaron las violencias el domingo, el doble del tráfico normal, dijo un empleado de la estación llamado Adili.
Adili dijo a la AFP que normalmente, numerosos estudiantes dejan en estas fechas la capital regional por las vacaciones de verano. Pero los testimonios de pasajeros recogidos por la AFP muestran que muchos abandonaban la ciudad debido a las violencias.
Qi Fenglong llegó de Kuitun, a 240 km de Urumqi, para buscar a su novia y ponerla a salvo. «Pensamos que era mejor que volviera a casa», dijo.
Los revendedores de pasajes en el mercado negro lo confirman: «Mucha gente se va porque tiene miedo. Es realmente muy difícil comprar pasajes», explica uno de ellos, que aprovechó la ocasión para multiplicar por cinco el precio de algunos pasajes.
Otra señal de que las cosas todavía no regresaron a su cauce normal fue que las mezquitas permanecieron cerradas este viernes, día de oración, tanto en Urumqi como en Kashgar, ciudad del extremo oeste de la provincia. Las mezquitas habían cerrado un día después de los disturbios.
«Regresen a sus domicilios para orar», intimaban carteles pegados en las puertas de cinco mezquitas visitadas por los corresponsales de la AFP.
«El Gobierno dijo que no habría plegarias», declaró un uigur, llamado Tursun, cuando se lo interrogó delante de la mezquita Hantagri, una de las más viejas de Urumqi en donde estaban apostados un centenar de policías armados con fusiles de asalto y porras.
«No podemos hacer nada (…) el Gobierno tiene miedo de que la población utilice la religión para apoyar a las tres fuerzas», dice en alusión al extremismo, el separatismo y el terrorismo que, según China, amenazan la unidad del país.
El Gobierno reiteró el jueves que estas «tres fuerzas» eran «una plaga para China y otros países de la región», y afirmó tener pruebas de que «los separatistas en China (…) fueron entrenados en el extranjero, incluso por Al Qaida, y que tienen contactos con las fuerzas terroristas en el extranjero».
Las autoridades acusaron al Congreso Mundial Uigur, dirigido por la disidente en el exilio Rebiya Kadeer, de haber fomentado las violencias del domingo. El Congreso Mundial calculó que ese día murieron entre 600 y 800 personas.
Los más altos dirigentes del Partido Comunista en el poder y del Estado reunidos el miércoles alrededor del presidente Hu Jintao anunciaron que los culpables de las violencias, las más graves en Xinjiang de los últimos decenios, recibirían «severos castigos».
Las autoridades detuvieron a 1.400 personas, mayoritariamente entre la comunidad uigur.