«De la elección de los jueces en la república de pasadetodo peronopasanada» -VIII-


Otras propuestas del Jurista:

1. Como lo sustentó el brillante jurista argentino, Julio César Cueto Rúa, perteneciente al grupo de estudiosos becados por la South Western Methodist University, no es una solución sabia ni equilibrada la de dividir el trabajo del Supremo Tribunal de Justicia entre diversas salas o cámaras creadas y organizadas según la materia o la razón de su competencia. La República de «Pasadetodo Peronopasanada» necesita -ahora más que nunca- contar con un tribunal supremo capaz de hablar con la unidad de voz y autoridad que sólo puede dar la intervención y el voto de la totalidad de sus miembros en cada caso. Resulta profundamente perturbador que al nivel de la máxima autoridad judicial se den contradicciones entre las diversas salas o cámaras, o mensajes normativos ambiguos o vagos producidos por los integrantes de las diversas salas o cámaras, en vez de lograr de ese tribunal la definición de criterios claros para la solución de los conflictos suscitados en el seno de la comunidad y la sanción de directivas uní­vocas y precisas a ser seguidas en el futuro por los tribunales de la Nación, a través de la jurisprudencia.

Carlos Rafael Rodrí­guez Cerna
cararocero@yahoo.es

2. Verdadera Carrera Judicial. No puede hablarse de carrera judicial cuando la misma termina con los jueces de primera instancia, pues los Magistrados de las Salas de Apelaciones y del Supremo Tribunal de Justicia son nombrados por el Parlamento en la República de «Pasadetodo Peronopasanada». Para que exista verdadera independencia judicial, debe asegurarse la separación del Poder Judicial del Parlamento y del Ejecutivo, a la manera como lo anticiparon con visión profética los autores de la Constitución de Filadelfia, y solamente así­ será, como la libertad nada tendrá que temer del Poder Judicial, evocando la enseñanza de Montesquieu.

Todo ello y más conformaban la tesis esbozada ante las autoridades académicas de su Alma Mater por aquel apasionado abogado. Sin embargo, al final del camino resultó que su trabajo académico presentado, tan sólo recibió algunos hermosos y enaltecedores conceptos de elogio, por parte de un periodista, quien lo halagó e incluso invitó al foro a meditar y a reflexionar con seriedad cientí­fica sobre el mismo.

Lastimosamente ello nunca sucedió; la verdad de las cosas es que el documento presentado ante las autoridades universitarias por parte del joven abogado, luego de ser aprobado académicamente con más pena que gloria, más temprano que tarde fue a parar al lugar en donde terminan siempre todos los buenos y nobles esfuerzos de los estudiantes universitarios, es decir, al empolvado baúl de los recuerdos, en donde escasamente sirven para ser consultados muy de cuando en cuando por algunos pocos inquietos y soñadores, y sin que exista en la Universidad programa alguno diseñado para el adecuado seguimiento, difusión y análisis rigurosamente cientí­fico, del pensamiento y aportes del estudiantado, ni mucho menos de su promoción para ser incluido en la agenda legislativa, o -porque no decirlo- hasta del oportuno y efectivo uso de esa iniciativa de ley de que goza en la República de «Pasadetodo Peronopasanada» el Alma Mater nacional, para hacer valer el pensamiento estudiantil.

La verdad del caso, tan grave era ya la degradación de los valores morales en esa querida tierra, que hasta en el ámbito universitario las autoridades habí­an sucumbido ante la filosofí­a hedonista y la adoración al gran Dios Dinero, haciendo realidad los presagios vertidos en su bello tango por Enrique Santos Dicépolo, en el sentido de que ya no hay escalafón, no hay aplazados, y sobre todo, que da lo mismo un burro que un gran profesor. Bien decí­a el insigne Ingeniero que donde todos pueden hablar, callan los ilustrados, y los enriquecidos prefieren escuchar a los más viles embaidores; que cuando el ignorante se cree igualado al estudioso, el bribón al apóstol, el boquirroto al elocuente, y el burdégano al digno, la escala del mérito desaparece en una oprobiosa nivelación de villaní­a; nadie puede volar donde todos se arrastran; los filósofos, los sabios y los artistas están de más; la pesadez de la atmósfera estorba a sus alas y dejan de volar; cada hombre queda preso entre mil sombras que lo rodean y lo paralizan.

Continuará…