Continuamos con el desarrollo vital y musical del inmenso compositor Félix Mendelssohn quien conoció desde muy joven al gran poeta W. Goethe y se instala en su casa en el año de 1818. Esta música de serenidad insospechada es fiel entorno de Casiopea, esposa dorada, quien es fuente de miel que surca mis manos que la anhelan esplendente.
Sucedió que Zelter había enviado una carta al famoso poeta Goethe en que hablaba de los progresos de Félix y lo presentaba como el músico con mayor futuro del momento. El encuentro tiene lugar en noviembre de aquel año y en su transcurso Goethe, de setenta y dos años, conversa con Mendelssohn, de doce, sobre teología, bellas artes y literatura, para terminar con las improvisaciones al piano del joven músico.
Goethe y Mendelssohn hablan también de Beethoven, con quien el escritor se haya enemistado, y Félix interpreta fragmentos de la obra del gran maestro de Bonn; Goethe admite, aunque a regañadientes, que la música le ha emocionado.
Por aquellos días Mendelssohn se entrega de una manera arrebatada a la composición de sus primeras obras. Realiza una gran cantidad de cantatas, conciertos, fugas, cuartetos… y hasta se atreve con alguna ópera. La espontaneidad y frescura de esas obras compensa posibles defectos de construcción debidos a la juventud del maestro.
Radicado de nuevo en Berlín, Félix reanuda sus contactos con la élite del mundo artístico, gracias a las famosas veladas ofrecidas en su casa paterna. Ingres, Liszt, Weber, todos se sienten atraídos por este prodigio de doce años que toca de memoria la pieza más compleja y compone con tanta maestría. Mendelssohn se convierte, entonces, en el centro de atención en aquellas veladas musicales de 1821.
Otra faceta de Mendelssohn es el arte pictórico donde logra éxito. A lo largo de su vida, el compositor mostrará ser un notable acuarelista, como nos indican los cuadros que todavía se conservan. Esta etapa de la vida de Félix tiene gran importancia en su formación artística y repercute en la creación de algunas de sus obras maestras.
En uno de sus viajes a París conoce a Cherubini, Meyerbeer y Rossini, y ofrece recitales de gran éxito.
Nuevos conciertos en Alemania y Suiza aumentan su fama y no hacen sino despertar mayor admiración en el público. A los quince años demuestra un ansia de saber sin límites; se extasía ante cada nuevo acontecimiento con la vida que le ofrece y ama la belleza.
En 1826 tiene ocasión de leer la obra de Shakespeare: El sueño de una noche de verano. Movido por su argumento e influido por las deliciosas jornadas vividas en su mansión de la calle de Leipzig compone la famosa obertura del mismo título a los 17 años. El estreno tiene lugar un año más tarde en Stettin, pequeña población polaca, y su éxito compensa moralmente a Mendelssohn del pequeño fracaso cosechado por Las bodas de Camacho, ópera presentada en Berlín meses antes.
Su padre, hombre de negocios ante todo, empieza a comprender que las inclinaciones musicales de Félix, son una buena inversión para el porvenir del joven, por lo que lo inscribe en la Universidad de Berlín. Entre otras asignaturas, Mendelssohn recibe clases de estética y humanismo. Es entonces cuando en el ánimo del joven empieza a tomar forma un gran proyecto.
Influido por Zelter, su maestro, Félix se propone restituir al mundo la imagen y categoría casi olvidadas de Juan Sebastián Bach. Y lo hace mediante la presentación en público de La Pasión, según San Mateo, obra que no se había interpretado en un auditorio desde la muerte del gran maestro, setenta y nueve años antes.
Superando dificultades y malos augurios y en una tarea que le lleva dos años, el 11 de marzo de 1829 se ofrece al público berlinés la colosal obra de Bach. Dirige el mismo Mendelssohn. El éxito es tan esplendoroso e inesperado que la audición se repite tres veces en los siguientes días.