Entre tantas cosas que suceden en nuestra pequeña Centroamérica hay algo de lo que los periodistas no podemos quejarnos: siempre hay motivos para comentar acontecimientos. Estos países es un volcán de sorpresas y raramente se pasa angustia en cuanto a contenidos periodísticos. Ahora nos toca referirnos a Honduras y, por lo que se ve en el horizonte, habrá tinta para rato.
Del golpe de Estado en Honduras, cada vez que lo pienso, se me ocurren una y mil cosas que quisiera compartir para ver si me gano entre los lectores a algún benévolo epígono o algún hepático bilioso. Sin más demora, comencemos.
De los políticos tengo sentimientos encontrados. Cuando veo el desempeño de funcionarios tipo Giorgio Napolitano en Italia o hago memoria de aquel famoso rey de Bélgica, Balduino, no puedo sino mostrarme admirado, rendir homenaje a la inteligencia política y hasta reprocharme subrepticiamente mi apatía, recelo y suspicacia por un espacio casi divino y digno de ser vivido. Pero, al mismo tiempo, cuando veo a nuestros nativos ejercitantes del arte de la política se refuerza en mí el asco, la repulsa y las ganas de pegar gritos al cielo.Â
Para muestra un botón. Los políticos que apoyan al Presidente espurio insisten en tomarnos el pelo al decir en que las acciones contra el famoso Mel no fueron golpe de Estado: No, golpe de Estado no, sino acto de sustitución, relevo, toma del poder vía la Constitución, respetando el estado de Derecho, el espíritu de la ley y un sin número de malabarismos, según ellos geniales, que, de plano, quizá y con suerte, sólo ellos se creen.Â
Los militares no se quedan atrás y en un acto de mímesis a su prójimo (el próximo de ellos para su infortunio planetario son los políticos) afirman, con un cinismo gorilescamente aprendido, que no tuvieron más opción que dar el golpe. En una carta del principal ejecutor del acto que tiene en honduras al vecino de Nicaragua, explica que luego de un examen exhaustivo (imagínese usted), llegaron a la conclusión que aun sabiendo que el golpe constituía un delito, lo ejecutaron por considerarlo menos dañino. Pero, hay algo más, ellos insisten en que sólo cumplieron órdenes y dejan sentir casi como tristeza al considerarse víctimas de un jaleo al que según ellos los metieron a la fuerza. Bellos, ¿no?
Otro tema que el conflicto hondureño pone sobre la mesa es el relativo a los medios de comunicación social. ¿Se ha puesto a pensar en lo horroroso que es depender sólo de CNN para informarse del acontecer internacional? ¿No ve patraña en el uso de la información y en sus silencios y disimulos? ¿No me diga que se traga todo el banquete informativo sin ponerle sal y pimienta? Con lo ocurrido en Honduras y luego de criticar la creación de Telesur, me he convertido (lo confieso públicamente). Viva Telesur que nos presenta otro ángulo de la información, vivan las emisoras de radio con sus periodistas «in situ», albricias por Internet y la apertura que permite. De verdad, lo invito a ponerle candado a CNN y a las cadenas que con todo el descaro del mundo aderezan la información según su propia conveniencia.
Aun hay más, pero el espacio de hoy hasta aquí llega. Nos platicamos el lunes.