Los acontecimientos políticos en Honduras representan la viva prueba que la región centroamericana está montada sobre un frágil andamiaje político institucional, que será de vidrio hasta que no cambien las condiciones del modelo económico que permita el desarrollo de un capitalismo moderno, cualquier otro modelo parece imposible. Ningún proyecto político es viable sobre un contexto de relaciones de producción precapitalistas con resabios feudaloides. En unos países más y en otros menos, sus sociedades y sus estados subsisten atrapados entre dos poderes que se sirven a manos llenas, sin que termine su voracidad y ambición irracional.
Por un lado las oligarquías representadas en grupos familiares de rancia tradición que se niegan a aportar para el desarrollo equitativo de los países de los cuales han explotado por siglos. Para tal cometido el instrumento fue tradicionalmente el aparato militar que doblegó la resistencia social e intervino el ente estatal. Las oligarquías en Centroamérica fueron incapaces de garantizar, incluso, la soberanía de sus diminutos Estados.
Los traspiés de la región tienen su origen en el pasado que sirvió para añejar el poder oligárquico; debido es recordar que las llamadas revoluciones «liberales» del siglo XIX fueron simples procesos de reforma y modernización de los estados burgueses, transformados en semicolonias. En el siglo XX entre cuartelazos, magnicidios, dictaduras y guerras internas sucias, dejaron a cada país anímico y listo para su paquete de paz democrática, su programa de ajuste estructural respectivo y su despojo privatizador. En el siglo presente las oligarquías se esconden furtivamente atrás de la nube de confusión de los libertarios que pasan por neoliberales, después del descalabro del sistema financiero global. Naturalmente hay que decir que hay grises en Costa Rica y en el Salvador en este comportamiento blanco y negro.
El otro poder que tiene atrapada la región está representado en el crimen organizado, sea en carteles de narcotráfico, bandas delictivas, sicarios y demás fauna que tiene infiltrado, comprado y cooptado especialmente los aparatos de justicia y de seguridad hasta límites inimaginables, lo cual garantiza el negocio al amparo de una dulce impunidad. Como ilustración de dicho poder, sólo en Guatemala el dato más halagador indica que andan por ahí 300 mil armas ilegales y millones de cartuchos que se importan «legalmente».
Centroamérica es puente, es bodega, es paraíso de este poder que se regocija porque la tiene sencilla en un territorio que no ofrece resistencia seria, porque no puede. Los dos poderes agarran firmemente a los pequeños estados y a las bastas sociedades que claman como si fuera una pinza que aprieta y sujeta. El escenario se vuelve complejo cuando los dos poderes se unen y comparten intereses y objetivos, a la sombra conveniente de la impunidad y la complicidad de terceros, que resguardan por un lado la rancia codicia del poder oligárquico y por el otro, la libre acción del gran poder criminal organizado que es regionalizado.
A Honduras, poco le valió ser el país con el sistema de partidos políticos más antiguo y en apariencia estable o institucionalizado, porque de nada sirve tener una casa grande y bonita si no hay recursos para sostenerla, si no hay trabajo para dignificar, si no hay condiciones socioeconómicas que garanticen una sana interacción y participación política. Honduras es en la región un país sumamente dependiente con altas tasas de pobreza y bajos índices de desarrollo humano, por tanto con una débil democracia y bajo esa realidad seguramente se anidaba una paradoja que pronto debía resolverse: un contexto de pobreza y precariedad no puede abrigar una institucionalidad democrática estable y sana. Los subsiguientes hechos se deslegitiman por su propia naturaleza prejuiciosa, el acercamiento del presidente Zelaya con el ALBA, el ingreso a Petrocaribe y la relación con Chávez, obsesiones que representan temores para las oligarquías especialmente a las más conservadoras. Micheletti y demás terceros justifican con la defensa de su soberanía y la legitimidad de la democracia, la demanda internacional. Tremendo descaro el suyo porque si hilamos fino fácilmente se descubrirían acciones delictivas contra funcionarios y la institucionalidad de Gobierno; contra la seguridad del Estado hondureño; complicidad en la rebelión de las fuerzas armadas, abuso de autoridad, detención ilegal etc, sin contar la represión contra el pueblo hondureño.
El 30 de junio representó para los representantes del status quo de Honduras, un triunfo que es solo aparente, para ellos es brillante pero es solo temporal. Los triunfos son esenciales, invisibles y perdurables.