La culpa es suya


Suena en realidad muy dura la afirmación de unos mensajes que se difunden ahora por la radio bajo el patrocinio de la Cámara de Comercio en los que se señala, por ejemplo, que el fin de semana fue asesinada y violada otra mujer en Guatemala y que la culpa es del radioescucha, por su indiferencia frente a esos hechos de sangre. En otros se habla del impacto que tiene la impunidad en la crisis que vivimos y que compromete la seguridad de todos los habitantes del paí­s y, nuevamente, nos acusan a los ciudadanos de responsabilidad por no hacer nada para combatir esa situación.


Pero por dura que suene la afirmación, es absolutamente cierta porque todos tenemos nuestra cuota de responsabilidad, unos por acción y otros por omisión, puesto que la indiferencia de quienes se sienten buenos facilita la labor de los perversos que aprovechan las debilidades del sistema para corromperlo más a efecto de que sirva a sus intereses. Indiferencias que también tienen sus matices, puesto que van desde la del individuo que prefiere voltear la vista a otro lado para no darse cuenta de lo que está ocurriendo, hasta la de aquellos que sin empacho ni rubor reciben en sus cí­rculos sociales a los largos y sinvergí¼enzas que se han enriquecido de manera ilí­cita e inmoral.

En una de las primeras exposiciones públicas que hizo el doctor Carlos Castresana en Guatemala dijo que la tarea de combatir la impunidad no podí­a ser de una comisión internacional sino que era tarea que competí­a a los guatemaltecos. Dijo que ellos iban a ayudar con todo entusiasmo, empeño y capacidad, pero que no podí­a esperarse que fuera la CICIG la que resolviera el problema, no sólo porque su mandato tiene limitación temporal y algún dí­a habrán de irse, sino porque de nada servirí­a todo su esfuerzo si la sociedad no reacciona para ejercer la presión necesaria para modificar las estructuras que general la terrible fragilidad institucional.

Los malos en nuestra sociedad no van a abandonar su maldad simplemente por temor a la CICIG porque saben que disponen aún de muchos recursos y de sólidos apoyos institucionales para asegurar su impunidad. Dejarán de ser el factor dominante en la sociedad en la medida en que la gente honesta, la gente que repudia la corrupción y el latrocinio, cierre filas para rechazar legal y socialmente a los sinvergí¼enzas. No más indiferencia tiene que ser realmente una consigna nacional, porque si el paí­s se hunde nos hundimos todos y únicamente saldrá a flote si sus mejores hijos se comprometen a luchar por una reforma profunda que principie por la revalorización de la función individual en el seno de la sociedad.