Penoso aguinaldo



El aumento de precios en productos de la canasta básica, justo horas antes de la Nochebuena y cuando los hogares se preparan para celebrar la Navidad, constituye un duro golpe para la economí­a de la familia guatemalteca que ha sido afectada este año por incrementos derivados del alza de los combustibles y que, además, sufrió el perjuicio del debate sobre la forma para establecer el salario mí­nimo, mismo que tuvo evidentemente un carácter dilatorio para entorpecer cualquier posibilidad de aumento.

Es una dolorosa realidad contrastar que el guatemalteco no pudo percibir durante los últimos años ningún incremento siquiera para compensar el í­ndice de inflación y que, en cambio, a la hora de los precios los aumentos no andan pidiendo permiso y se dictan de manera arbitraria y sin que necesariamente se responda a las famosas leyes del mercado. No deja de ser paradójico que en materia de precios y tarifas, exista una amplia movilidad mientras que para las cuestiones salariales la inmovilidad es manifiesta y deliberada.

Creemos que es necesario reparar en que no hay pueblo que aguante ese tipo de situaciones y que tarde o temprano nos puede salir demasiado caro el comportamiento que estamos teniendo como sociedad. No es aceptable, desde ningún punto de vista, que el resultado de los aumentos de precios sea una disminución de la calidad de vida de los habitantes del paí­s porque ese es el resultado directo de lo que implica mayor costo de vida sin compensadores sociales.

Se sabí­a, desde que se firmó el tratado de libre comercio, que vendrí­an dí­as difí­ciles y el Congreso estableció, del diente al labio, que emitirí­an leyes para compensar el efecto negativo que pudiera provocar la apertura de la economí­a. Lamentablemente el resultado no fue como se dijo y ahora vemos que el guatemalteco se encuentra en condiciones menos favorables y que debe apretarse el cinturón como único medio de respuesta ante el incremento de precios.

Podrá decirse que es la dinámica de nuestra economí­a, pero abre espacio para grandes nubarrones en el horizonte del paí­s porque la gente empezará a mostrar su malestar tarde o temprano. No hay pueblo, por paciente que sea y por aguantador que haya sido, que pueda cruzarse de brazos cuando se le esquilma de esa forma. Y ojo con nuestro pueblo, que de indiferente ha pasado a la virulencia en determinados ciclos de la historia y no serí­a raro que volviéramos a vivir una de esas situaciones.

Ojalá el Gobierno tome en cuenta la necesidad de la gente y entienda que no puede mantener el cerrojo que ha prevalecido en la cuestión salarial sin jugar con fuego. Voltear los ojos e ignorar la realidad de nuestro pueblo no es aconsejable en las circunstancias actuales y bien vale la pena que como sociedad hagamos un esfuerzo por corregir los graves desequilibrios.