Los militares no son árbitros polí­ticos


Si un tribunal en cualquier paí­s del mundo dicta una orden con base en sus atribuciones, compete a la Policí­a ejecutar un arresto o proceder de conformidad con la ley. Jamás debe ser competencia de los militares la de actuar como árbitros de una crisis polí­tica porque quien les reconozca en una circunstancia especí­fica ese papel, se la deberá reconocer en todos los casos y eso es absolutamente inaceptable. El haber pasado por una academia militar y estar en posesión de las armas no les confiere un poder extremo para que sean los que en última instancia decidan el destino de sus pueblos.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

La crisis de Honduras es una muestra clara y categórica de la aberración que implica ordenar a los militares de un paí­s que arresten a un presidente en ejercicio de sus funciones, puesto que bastarí­a el contubernio entre un juez y un comandante militar para acabar con la institucionalidad en un paí­s.

En Guatemala hemos visto cómo se producen esas situaciones de complicidad entre sectores polí­ticos y militares para anular las decisiones democráticas y para derogar constituciones. Nunca faltan los que tienen experiencia tocando las puertas de los cuarteles y la ambición y ceguera de esos polí­ticos o empresarios es lo que ha terminado por asignar a las fuerzas armadas un papel que ni constitucional ni lógicamente les corresponde porque es absurdo suponer que el Ejército de cualquier paí­s debe actuar como árbitro supremo.

Yo personalmente pienso que es un error en paí­ses como el nuestro y como Honduras, con tradiciones tan oprobiosas de largas dictaduras que recurrieron a reformas constitucionales para eternizar mandatos como los de Ubico y Carí­as, tratar de reformar constituciones que tienen la previsión de impedir que se repitan esos despóticos gestos. En nuestros paí­ses los tiranos no se reeligieron, sino se autoimpusieron mediante farsas electorales y por lo tanto no podemos caer en el juego de quienes hablan de continuidad como factor de prosperidad de los pueblos. Baste ver la forma en que nuestra Municipalidad de la capital de la República ha estado bajo el control de una misma formación polí­tica y de sucesivas reelecciones de Alcalde para ver que eso no significa soluciones estructurales a los grandes problemas sino que, en todo caso, convierte la institucionalidad en un feudo personal y punto.

Pero con todo y mi oposición a que se abra la puerta a reelecciones, no puedo justificar de ninguna manera el comportamiento de los grupos ultraconservadores de Honduras a quienes molesta más el ingreso de su paí­s al ALBA que la posibilidad de reelección. Se criticaba a Zelaya más por ser amigo de Chávez que por la propuesta de reforma constitucional que, de haber provenido de un aliado de Uribe, para citar un ejemplo, no hubiera encontrado tanta oposición.

Los idiotas que asignan a los militares el papel de árbitros y recurren a ellos para que mediante un cuartelazo les arreglen las crisis, no entienden que les atribuyen un poder descomunal que es justamente el que ha servido para que las fuerzas armadas en estos paí­ses se corrompan tanto, puesto que con tal de tener contentos a los militares y asegurar cierta estabilidad, los polí­ticos encuentran formas de rendirse ante ellos y la más lucrativa para las partes es esa de echar mano de los recursos del Estado para mantener contentos a los militares y que permitan, en compensación, que los polí­ticos sinvergí¼enzas se roben todo lo que sobra. El ejemplo de Honduras debe servir para reclamar el fin de los Ejércitos de pacotilla en estos paí­ses tropicales.