Esta pregunta la deslizó hace par de años nada menos que Umberto Eco, en un interesantísimo artículo publicado en una de las más reputadas revistas romanas; L`Espresso. Eco bosqueja el verdadero valor de la función docente, en este mundo interconectado de computadoras con todo el mundo, y que representa la posibilidad recursos ilimitados de conocimiento e investigación, pero que están al alcance sólo de los sectores privilegiados del planeta. Esa realidad no existía apenas hace unos veinte años, y hoy representa la circunstancia a la que nos vemos enfrentados cotidianamente en los centros educativos de muchos lugares: universidades, colegios, escuelas, etc.
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Antes, los y las maestras debían transmitir formación, pero sobre todo nociones de todo, desde la primaria hasta el bachillerato. Su función era de dar una idea general de las cosas. «Con la aparición, no digo de Internet, sino de la televisión e incluso de la radio, y hasta con la irrupción del cine, gran parte de estas nociones empezaron a ser absorbidas por los niños en la esfera de la vida extraescolar», dice Eco en su artículo.
Por ejemplo, mi padre Mac Donald Blanco, que era un hombre muy curioso y con gran deseo de aprender sobre la vida, había leído muchas cosas en los diarios, y gran parte de su conocimiento se desprendía de lo que le habían ofrecido los libros, o de sus viajes por el mundo. O lo que había escuchado de otras personas, con mayor instrucción, con mundo recorrido.
Esas nociones básicas, en cambio, mi generación las oyó por primera vez en la radio, algunas las descubrimos en el cine y otras tuvimos contacto con ellas, a través de la televisión, inicialmente con imágenes en blanco y negro, mucho después en color, y este medio se caracterizó por hacernos pequeño el universo. Sin embargo, mucho de los conocimientos sólidos, serios, fundamentales, aún los adquirimos en los libros. Fuimos una generación intermedia, porque lo que vino después, fue un cambio rotundo en el campo del conocimiento… y en la forma cómo encontrar las fuentes de información en general.
Me recuerdo que cuando íbamos a la Biblioteca Nacional, en aquel nostálgico Centro Histórico de la capital de Guatemala, para realizar un trabajo de investigación bibliográfico, se convertía en toda una excursión a ese universo de las letras, donde centenares de libros estaban apilados, uno tras de otro… como esperándonos para descubrir tantas cosas interesantes. Y a esa práctica nos obligaban sólo los buenos maestros que impulsaban la investigación como parte del autoaprendizaje y la formación de nuevas capacidades para encontrar la verdad, en fuentes directas: en nuestros auténticos amigos de siempre, los maravillosos libros.
Eco agrega: «Tal vez, un niño de hoy no sepa qué son exactamente las células madre, pero las ha escuchado nombrar, mientras que en mi época de eso no hablaba siquiera la profesora de ciencias naturales. Entonces, ¿de qué sirven hoy los profesores». Pues, en este mundo que la informática ha irrumpido en nuestra cotidianeidad, un maestro, además de enseñar, debe formar, siguiendo con el ideal del semiólogo italiano.
Dar datos y más datos no es hoy parte de su tarea, «sino establecer un diálogo constante, una confrontación de opiniones, una discusión sobre lo que se aprende en la escuela y lo que viene de afuera», considera Eco. Esa, creo yo, es la labor nuestra, la de los profesores contemporáneos. Porque hoy los alumnos ¡hasta saben más que uno, en ciertas áreas! Lo importante, resulta ser no el conocimiento en sí mismo, sino despertar la capacidad crítica sobre las cosas que se aprenden fuera de la las entidades educativas.
Eco agrega: «Los medios de difusión masivos informan sobre muchas cosas y también transmiten valores, pero la escuela debe saber discutir la manera en la que los transmiten, y evaluar el tono y la fuerza de argumentación de lo que aparecen en diarios, revistas y televisión». Ese es uno de los papeles del maestro de hoy: confrontar, verificar la información que transmiten los medios.
Porque en los medios masivos de comunicación, la información que circula, afirma Eco, es dispersa, de manera causal y de forma muy desordena. Y es cierto: en Internet hay muchísima más información y más actualizada que la que los profesores tenemos. Pero Internet no dice cómo buscar, filtrar, seleccionar, aceptar o rechazar todo ese universo de información.
Almacenar la información más novedosa, es algo que todo mundo lo puede hacer hoy, con un USB o una poderosa computadora. «Pero decidir qué es lo que vale la pena recordar y qué no, es un arte sutil», opina el connotado profesor italiano. Eso es conocer las relaciones sistemáticas entre las cosas, entre los temas -creo yo. Y eso sólo lo desarrollan los buenos olfatos docentes.
Y finaliza diciendo: «El sentido de esa elación sólo puede ofrecerlo la escuela, la universidad, y si no sabe cómo pues tendrá que equiparse para hacerlo». Para eso servimos, pues, los profesores en estos tiempo de Internet. Si es que servimos de algo en este mundo, en el cual hasta el conocimiento, muchas veces, resulta ser una simple mercancía.