Existió hace algún tiempo, en el paradisíaco continente americano, una hermosa República, la República de «Pasadetodo Peronopasanada», que se encontraba, en la geografía mundial, estratégicamente ubicada de manera privilegiada en el cinturón de las Américas, y estaba dotada de innumerables riquezas que la hacían única en el globo terráqueo. Su territorio tenía acceso por los dos grandes mares, aquél de la travesía de Colón, y el otro, descubierto por el memorable Núñez de Balboa. En las aguas de su costa Atlántica, al decir del tío José, entre palmeras y árboles de pan asomaba la curiosidad morena sobre el mar; contaba -entre sus múltiples riquezas naturales- con un hermoso lago, en el que breves ondas innumerables venían desde lejos, hasta que desaparecían en hervor de encaje, y en donde enfrente a los ojos, la inmovilizada majestad de tres grandes volcanes dejaba atónitos a locales y foráneos, al mostrar la cuidadosa guardianía enorme con que se encontraba en permanente vigilia del inocente juego de las brisas y las aguas, y además, completaba tan maravilloso paraje, el encontrarse dicho lago circundado por terrible tajadura de acantilados que decapitan vientos. Contaba además esta hermosa Nación, con una bella y antigua ciudad con fina fragancia de historia, y en donde los personajes de evocación vivían y se paseaban campantes por doquier, y todo lo que uno miraba apuntaba hacia el pasado, en una constante evocación de la quietud de siglos y recuerdos, que flotaban para siempre en el valle divino en que fue fundada, y en un olor permanente y embriagante de pretéritos tiempos. En fin, indescriptible belleza por doquier adornaba esta hermosa República.
Sin embargo, la maravillosa República de «Pasadetodo Peronopasanada», se encontraba desde hacía mucho tiempo ya, secuestrada por malignas y oscuras fuerzas que se habían apoderado de ella, saqueándola y degradándola constantemente, a la ciencia y paciencia de sus habitantes, que no encontraban la manera de enfrentar tal situación. La iniquidad rondaba por doquier, y la violencia se había apoderado del corazón de sus habitantes, nulificando la vida en paz social y armonía, que jamás puede existir en una nación carente de justicia, presupuesto indispensable de la añorada paz.
Muchos eran los hombres buenos de esta Patria querida, que sufrían al ver cómo se sumergía su país en lenta y calamitosa agonía, y sentían entonces gran frustración e impotencia, al no vislumbrar la luz que alumbrara el camino para poner coto a tan terrible debacle.
Continuará…