Reflexiones constitucionales de la elección de los jueces y de la ortodoncia canófila -I-


Existió hace algún tiempo, en el paradisí­aco continente americano, una hermosa República, la República de «Pasadetodo Peronopasanada», que se encontraba, en la geografí­a mundial, estratégicamente ubicada de manera privilegiada en el cinturón de las Américas, y estaba dotada de innumerables riquezas que la hací­an única en el globo terráqueo. Su territorio tení­a acceso por los dos grandes mares, aquél de la travesí­a de Colón, y el otro, descubierto por el memorable Núñez de Balboa. En las aguas de su costa Atlántica, al decir del tí­o José, entre palmeras y árboles de pan asomaba la curiosidad morena sobre el mar; contaba -entre sus múltiples riquezas naturales- con un hermoso lago, en el que breves ondas innumerables vení­an desde lejos, hasta que desaparecí­an en hervor de encaje, y en donde enfrente a los ojos, la inmovilizada majestad de tres grandes volcanes dejaba atónitos a locales y foráneos, al mostrar la cuidadosa guardianí­a enorme con que se encontraba en permanente vigilia del inocente juego de las brisas y las aguas, y además, completaba tan maravilloso paraje, el encontrarse dicho lago circundado por terrible tajadura de acantilados que decapitan vientos. Contaba además esta hermosa Nación, con una bella y antigua ciudad con fina fragancia de historia, y en donde los personajes de evocación viví­an y se paseaban campantes por doquier, y todo lo que uno miraba apuntaba hacia el pasado, en una constante evocación de la quietud de siglos y recuerdos, que flotaban para siempre en el valle divino en que fue fundada, y en un olor permanente y embriagante de pretéritos tiempos. En fin, indescriptible belleza por doquier adornaba esta hermosa República.

Carlos Rafael Rodrí­guez Cerna

Sin embargo, la maravillosa República de «Pasadetodo Peronopasanada», se encontraba desde hací­a mucho tiempo ya, secuestrada por malignas y oscuras fuerzas que se habí­an apoderado de ella, saqueándola y degradándola constantemente, a la ciencia y paciencia de sus habitantes, que no encontraban la manera de enfrentar tal situación. La iniquidad rondaba por doquier, y la violencia se habí­a apoderado del corazón de sus habitantes, nulificando la vida en paz social y armoní­a, que jamás puede existir en una nación carente de justicia, presupuesto indispensable de la añorada paz.

Muchos eran los hombres buenos de esta Patria querida, que sufrí­an al ver cómo se sumergí­a su paí­s en lenta y calamitosa agoní­a, y sentí­an entonces gran frustración e impotencia, al no vislumbrar la luz que alumbrara el camino para poner coto a tan terrible debacle.

Continuará…