¿Nuevo liderazgo?


El pasado domingo, en el programa de Libre Encuentro se presentó un grupo de candidatos presidenciales, a los cuales su conductor -el empresario Dionisio Gutiérrez- presentó como los lí­deres nacionales que tienen el desafí­o de enfrentar la crisis polí­tica y la violencia que afronta el paí­s.

Juan Pablo Ozaeta

En el rato que escuché a Eduardo Suger y Otto Pérez Molina lanzaron una serie de mensajes ideológicos, que no se distinguí­a si eran del mismo partido o de diferente. El ex general vinculaba al actual Presidente con la «ola populista» que predominaba en el continente, y que la caracterizaba por su carácter clientelar en su ayuda a los pobres, y de dividir a la población en una lucha de ricos y pobres.

Por su parte, Suger dijo: «Hay que recordar que así­ como existe un neoliberalismo, existe un neomarxismo», y que debe cuidarse que «el movimiento bolivariano pueda entrar al paí­s».

Además de desesperanza, me irritó escuchar que en estos momentos de crisis cuando se deberí­an de generar condiciones para dar un giro verdadero a la polí­tica, lo que se vislumbre sean hombres de pensamiento tan conservador. Sus discursos de cerrar filas contra el ascenso de gobiernos de izquierda en Centro y Suramérica se presentan mientras los gobiernos ubicados más hacia la derecha se han acercado a estos lí­deres con una posición pragmática para llevar las relaciones exteriores, y hasta han hecho eco de sus inquietudes, como derogar el acuerdo que impedí­a la entrada de Cuba a la OEA.

Pero además de que «nuestros lí­deres» están enclaustrados en esa posición de que los gobiernos «populistas» atentan contra las libertades e imponen dictaduras, me pregunto qué tan coherentes serán con el modelo de libertad y desarrollo que pregonan. Veamos algunos ejemplos.

Las leyes antimonopolio han sido fundamentales en las sociedades capitalistas para promover el libre mercado y la competencia y existen en Estados Unidos desde 1890. Se supone que estas leyes aplican para limitar el monopolio de los medios de comunicación -que tanto promueven una libertad de opinión y una libre competencia las cuatro corporaciones de comunicación de EE.UU., es un tema que dejamos para después-.

Sucede que esas leyes tan tradicionales de una sociedad tan conservadora como la estadounidense, en Guatemala ni existen, mucho menos se hace nada respecto a los monopolios. Preguntarí­a entonces a «los nuevos lí­deres», ¿qué tanto estarí­an dispuestos a acabar con los monopolios y oligopolios del paí­s? De entrada, habrí­a que revisar el control que el monstruo corporativo de la familia Gutiérrez-Bosch tiene de la industria de la harina de trigo y derivados, así­ como del maí­z amarillo, concentrados y el pollo. Sólo por poner unos ejemplos.

Pero ¿Cómo cuestionar a quienes me invitan a su programa y me presentan como el cambio para el paí­s? ¿Y ante el monopolio de la televisión abierta?, si la libertad de expresión es tan necesaria para evitar el «avance del movimiento bolivariano», ¿quién dice algo?; ¿cómo? si durante las campañas electorales es al primero que hay que visitar para pedirle apoyo para las campañas televisivas.

Tocar alguno de los intereses de estos grupos de poder serí­a suficiente para ser llamado chavista y «populista». Que contradictorio y desesperanzador que estos polí­ticos crean que pueden hacer las cosas diferentes siendo tan cerrados a nuevas ideas, e incluso, a ser coherentes con sus propias posiciones.