«He tratado de poner en práctica lo que Roland Barthes llama el olfato semiológico, esa capacidad que todos deberíamos tener de captar un sentido allí donde estaríamos tentados a ver solo hechos, de identificar unos mensajes allí donde sería más cómodo reconocer solo cosas (…) Considero mi deber político invitar a mis lectores a que adopten frente a los discursos cotidianos una sospecha permanente?»
(Umberto Eco, La estrategia de la ilusión)
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Esa es la misión de la Semiología en este siglo, partiendo de las ideas de los grandes teóricos: entender el día a día. Buscar el trasfondo de los sucesos, de los acontecimientos de todos los días.
«…En los discursos cotidianos, adoptar una sospecha permanente?» ¡Hermosa frase!, es decir: no permitir que el signo de lo obvio nos arrebate el sentido verdadero, porque siempre hay algo más que leer. Permanentemente habrá indicios que están latentes o escondidos -depende- pero que nos permite descifrar los mensajes que la vida nos presenta a diario.
Barthes nos insta a desnudar la realidad (semióticamente hablando), a descubrir los códigos constitutivos de los sistemas de connotación, en la sociedad actual. Esa sociedad que desarrolla constantemente segundos sentidos, a partir de los primeros signos de la comunicación.
¿Qué hay, por ejemplo, en torno a la influenza A (H1N1)?, ¿Por qué en una semana se disparan los infectados y pareciera que las autoridades respectivas, nada hacen o nadie nota su accionar?
¿Cuáles son las expectativas en Guatemala tras los cambios en la Policía Nacional y el regreso de algunos antiguos colaboradores, llamados de la «vieja guardia»?: ¿mejoramos o empeoramos?, ¿salimos ganando o no? (¿?)
¿Por qué se va perdiendo, poco a poco, interés público por el tema del abogado Rosenberg y sus graves acusaciones contra el presidente, su esposa, su más alto financista y su secretario privado?
En tanto: ¿Por qué Banrural logró remontar la campaña negra en su contra y otros bancos no lo lograron?, ¿cuál fue la estrategia de comunicación de esa entidad, ante los rumores malintencionados, estrategia tan eficaz que no lograron adoptar otras similares y cayeron en desgracia? O? ¿era todo un plan para desestabilizarlo y apoderarse de sus jugosos activos y valiosísimas operaciones en todo el país?
¿Cuántas preguntas más podríamos hacernos sobre los principales hechos de las semanas pasadas, hasta descubrir que una noticia opaca a otra, y otra a otra? en una semiosis noticiosa ilimitada?
Lamentablemente, en esta sociedad mediática, casi todo se queda en escándalo, de unas pocas horas, días o semanas?pero sin tocar fondo. Sin permitirnos desnudar ese segundo significado que deberíamos encontrar, para entender esta realidad cotidiana tan complicada y llena de recovecos significativos.
De allí surge la necesidad de seguir en esa sospecha permanente que nos urge asumir Barthes, en la búsqueda que afinemos el «olfato semiológico». No veamos sólo los signos que arrebatan inicialmente nuestra atención? estos muchas veces están concebidos para distraernos. Siempre, siempre hay más significados en la segunda lectura de los acontecimientos. Eco y Barthes ya nos enseñaron el camino: la sospecha permanente de todo.