Me imagino lo emocionante -pero a la vez difícil- de las decisiones de los exploradores que, por alguna razón, decidieron asentarse en un lugar para fundar una ciudad. ¿Qué les motivaba o qué les atraía de un lugar? En muchas ocasiones, se debieron de haber buscado algunas características geográficas que facilitaran ciertas condiciones, las cuales varían de acuerdo con los intereses.
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Para algunos, era más importante la defensa de la ciudad, por lo que buscaron lugares elevados o en medio de barrancos para poder cuidarse; para otros, era vital la fuente de alimentos, por lo que se asentaron cerca de las fuentes de abastecimiento.
En la cultura occidental, debido a la aridez del Viejo Continente, fue primordial para casi todas las culturas tener acceso al agua. Desde el mismísimo Génesis -que a su vez recopiló la tradición oral de muchas culturas cercanas-, se decía que el Paraíso estaba en medio de cuatro ríos, lo cual demuestra la importancia que las fuentes fluviales tenía para el establecimiento de los lugares.
Me imagino que los ríos, pues, se convirtieron en un eje fundamental para Europa y el Medio Oriente, incluyendo a Egipto con su Nilo. Adelantándome, abruptamente, en el tiempo, las grandes capitales y ciudades de Europa se formaron a lo largo de grandes ríos. Así, París tiene su Sena; Londres, el Tamesis; Berlín, el Spree; Viena y su Danubio; Sevilla y Córdoba con el Guadalquivir.
Ya con el avance de la ingeniería civil, la tecnología para el acceso al agua hacía que se pudiera fundar ciudades en otros puntos geográficos, y, ante el cese de la preocupación por el acceso al agua, las ciudades empezaron a pensar en características como firmeza del terreno, estrategia defensiva, o incluso en criterios ornamentales, como el modelo colonial de España en Latinoamérica, que buscaba los remates verdes.
GRANDES RíOS
Es así como que los grandes ríos, supongo yo, han influido sobre todo en la estética urbanística de Europa, más que de América. En nuestro continente, la mayoría de ríos son quebradizos y rápidos, al contrario de los ríos caudalosos pero lentos de Europa. Nuestras ciudades coloniales también se preocuparon por un acceso cercano al agua, pero sin la necesidad de que un río caudaloso atravesara la ciudad.
Por ello, los grandes ríos europeos -como los anteriormente señalados-, y agregando algunos americanos, como el Hudson en Nueva York, ofrecen otro tipo de paisaje a las ciudades. Por lo caudaloso y la tranquilidad de sus corrientes, estos ríos tienden a ofrecer paisajes de paz, e incluso ideales para la expresión plástica, poética y artística.
Dentro de la tradición artística, varios ejemplos se pueden encontrar, como los famosos valses que se desarrollan en torno a la imagen del río Danubio en la cuna del vals, Viena, capital austríaca. O bien, las visiones impresionistas de Claude Monet sobre el río Tamesis de Londres, o la inspiración que ha dado el río Sena o la misma ciudad de Venecia en su totalidad.
Dentro de la tradición poética, debido a esta característica europea de los grandes ríos, son los españoles quienes han dado a conocer en castellano varios poemas sobre estas fuentes fluviales. Quizá, en otros idiomas del Viejo Continente, también haya una larga tradición sobre esta temática, pero me enmarcaré en lo español, por ser nuestro idioma.
Federico García Lorca, por ejemplo, proveniente de la región andaluza de España, que está dominada por el río Guadalquivir, el cual ha sido motivo de poemas e historias narrativas. Este poeta español recopiló buena parte de la voz del cante jondo y la trasladó en su estética temprana.
Sin embargo, no sólo se basó en el Guadalquivir. En su paso por Nueva York, como estudiante de una universidad, también dedicó poemas al río Hudson y otras corrientes fluviales. Al igual que los grandes ríos que hieren el corazón de las principales ciudades de Europa, Nueva York posee paisajes similires, con puentes que ayudan a cruzar ríos y canales.
Y, hablando de poetas españoles y ríos estadounidenses, también es famoso el poema «A un río le llaman Carlos», de Dámaso Alonso. Este texto es, tal vez, uno de los mejores en esta temática. Se lo dedica al Charles River, de Massachusetts, que también ofrece preciosos paisajes en verano, pero sobre todo, en invierno, embruja su encanto con su ribera llena de nieve.
Dámaso Alonso se cuestiona, en primer lugar, por qué a ese río le llaman Carlos (en su nombre castellanizado), y empieza a reflexionar sobre la prosopopeya, es decir, sobre las características humanas que pueden ser atribuibles al río (o más bien, las características de un río, atribuibles al ser humano).
El río, pues, se convierte en ese constante deseo de ir hacia delante, de fluir la vida, pero sin permanecer. Esto fue un tema recurrente, incluso, entre los filósofos presocráticos, como Heráclito, quien ofrece su frase famosa «Nadie se baña dos veces en el mismo río», que indica que, aunque el río es un accidente geográfico estático, en realidad la esencia fluvial es el agua que corre, y no la zanja que permanece.
RíOS QUEBRADIZOS
Y, así, como hay una estética de ríos lentos y anchos, también debería existir una estética de ríos rápidos, quebradizos, no navegables y pequeños.
Con excepción de los grandes ríos del Norte, como el Mississippi, o los del Sur, como el Amazonas, en América, la mayor parte de los ríos son rápidos y quebradizos, lo que no permite que éstos se conviertan en parte fundamental de las ciudades.
De hecho, durante la Conquista y la Colonia, la tecnología ya permitía fundar ciudades alejados un poco de las fuentes de agua. Los pozos permitían un mejor acceso al agua potable, y así se evitaban los problemas sanitarios que surgen cuando los ríos atraviesan las ciudades.
Por ello, las ciudades coloniales se fundan a una distancia prudente de los ríos, sin que atraviesen necesariamente la urbe, sino que era preferible que rondara la periferia; tal es el caso del río Pensativo, en la entonces Santiago de Guatemala, hoy La Antigua Guatemala, o el río Las Vacas, en la Nueva Guatemala de la Asunción.
Por ello, no es completamente posible comprender una estética del agua fluida en nuestro contexto. Más bien, en nuestro país, los volcanes han inspirado más poemas, sobre todo el volcán de Agua, que domina la meseta central. Esto, también desde un punto de vista urbanístico, por la exigencia real de construir las ciudades coloniales con remates verdes, característica más americana; en Europa, por ejemplo, las grandes ciudades carecen de ello.
Por eso, buscar la influencia de los ríos en el arte americano, debe buscarse desde el punto de vista ruralista. El poema al «Río San Juan», de José Batres Montúfar, por ejemplo, relata la tragedia de una expedición centroamericana, para explorar el mejor lugar para el canal interoceánico.
Es decir, nuestros ríos han proporcionado, más que una inspiración lírica, escenarios propicios para grandes aventuras, como el caso de las novelas de Flavio Herrera y Virgilio Rodríguez Macal, donde el ámbito domina el temperamento de los personajes, en incluso los condiciona. Nuestros ríos, rápidos y quebrados, pueden ser fuentes de historias de aventuras, de traición, porque, de hecho, así son nuestros ríos.
El río Dulce, que a pesar de ser navegable, está dominado por su clima cálido, más afín al Caribe y a las historias de piratas. Los ríos fronterizos, el Usumacinta y el Suchiate, que pintan ahora para historias de migrantes y coyotes; o ríos quebrados y rápidos, como el Xequijel, que dan para historias trágicas sobre caciques que mueren a la par de quetzales.
Nuestros ríos nos son inspiración poética, aunque en algunos casos sí, como el mismo río Pensativo, en La Antigua Guatemala, que ha merecido algunos poemas, de los cuales no ha trascendido ninguno. En cambio, nuestros afluentes son, más bien, obstáculos que deben superar los protagonistas de una buena novela de aventuras. Es decir, nuestros ríos no tienen características de desarrollo, sino de ruralismo. Un poema de Humberto Ak»abal, por cierto, dice «Si llevan agua, son ríos; sino, son caminos», argumentando así que el río es un obstáculo para el caminar y el tránsito.
CONCLUSIí“N
En cualquier caso, los ríos, ya sea navegables o quebrados, han dado motivo para textos literarios y para reflexiones filosóficas. ¿Por qué? Algo de ello ya lo he referido, intuyendo la sabiduría que encerró en su frase Heráclito, o la humanidad del poema de Dámaso Alonso.
Quiero decir que el río es una de las mejores metáforas del fluir de la vida. La vida humana es un eterno correr. El río es como dijo Antonio Machado, donde «todo pasa y todo queda»; Heráclito sabía que aunque el río esté ahí, no es el mismo de ayer; de la misma forma, aunque las personas sean las mismas, no son las mismas de hace veinte años, y que el fluir hace que el alma se modifique.
En cambio, el estatismo de un lago o el mar, es lo más parecido a la muerte: no fluye. Y eso lo sabía Jorge Manrique, que metaforizaba con ríos y mares el luto, en sus famosas «Coplas a la muerte de mi padre».
«Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / qu»es el morir; / allí van los señoríos / derechos a se acabar / e consumir; / allí los ríos caudales, / allí los otros medianos / e más chicos, / allegados, son iguales / los que viven por sus manos / e los ricos.»
Yo me senté en la orilla;
quería preguntarte, preguntarme tu secreto;
convencerme de que los ríos resbalan
hacia un anhelo y viven;
y que cada uno nace y muere distinto
(lo mismo que a ti te llaman Carlos).
Quería preguntarte, mi alma quería preguntarte
por qué anhelas, hacia qué resbalas, para qué vives.
Dímelo, río,
y dime, di, por qué te llaman Carlos.
Ah, loco, yo, loco, quería saber qué eras, quién eras
(genero, especie…)
y qué eran, qué significaban «fluir», «fluido», «fluente»;
qué instante era tu instante
cuál de tus mil reflejos, tú; reflejo absoluto
yo quería indagar el último recinto de tu vida
tu unicidad, esa alma de agua única,
por la que te conocen por Carlos.
Carlos es una tristeza, muy mansa y gris,
que fluye entre edificios nobles,
a Minerva sagrados y entre hangares
que anuncios y consignas coronan.
Y el río fluye y fluye, indiferente.
A veces, suburbana, verde, una sonrisilla
de hierba se distiende, pegada a la ribera.
Yo me he sentado allí, sobre la hierba quemada
del invierno para pensar por qué los ríos
siempre anhelan futuro, como tú lento y gris.
Y para preguntarte por qué te llaman Carlos.
Y tu fluías, fluías, sin cesar, indiferente
y no escuchabas a tu amante extático
que te miraba preguntándote
como miramos a nuestra primera enamorada para saber si le fluye
un alma por los ojos,
y si en su sima el mundo será todo luz blanca
o si acaso su sonreír es sólo eso: una boca amarga que besa.
Así te preguntaba: como le preguntamos a Dios en la sombra
de los quince años,
entre fiebres oscuras y los días -qué verano- tan lentos.
Yo quería que me revelaras el secreto de la vida
y de tu vida, y por qué te llamaban Carlos.
Yo no sé por qué me he puesto tan triste,
contemplando el fluir de este río?
Un río es agua, lágrimas: mas no sé quién las llora.
El río Carlos es una tristeza gris, mas no sé quién la llora.
Pero sé que la tristeza es gris y fluye.
Porque sólo fluye en el mundo la tristeza.
Todo lo que fluye es lágrimas.
Todo lo que fluye es tristeza, y no sabemos de dónde viene la tristeza.
Como yo no sé quién te llora, río Carlos,
como yo no sé por qué eres una tristeza
ni por qué te llaman Carlos.
Era bien de mañana cuando yo me he sentado
a contemplar el misterio fluyente de este río,
y he pasado muchas horas preguntándome, preguntándote.
Preguntando a este río, gris lo mismo que un dios;
preguntándome, como se le pregunta a un dios triste:
¿qué buscan los ríos? ¿qué es un río?
Dime, dime qué eres, qué buscas,
río, y por qué te llaman Carlos.
Y ahora me fluye dentro una tristeza,
un río de tristeza gris,
con lentos puentes grises,
como estructuras funerales grises.
Tengo frío en el alma y en los pies.
Y el sol se pone.
Ha debido pasar mucho tiempo.
Ha debido pasar el tiempo lento, lento,
minutos, siglos, eras.
Ha debido pasar toda la pena del mundo,
como un tiempo lentísimo.
Han debido pasar todas las lágrimas del mundo,
como un río indiferente.
Ha debido pasar mucho tiempo, amigos míos,
mucho tiempo
desde que yo me senté aquí en la orilla,
a orillas de esta tristeza, de este
río al que le llamaban Dámaso, digo, Carlos.
Dámaso Alonso
¡Esa esponja gris!
Ese marinero recién degollado.
Ese río grande.
Esa brisa de límites oscuros.
Ese filo, amor, ese filo.
Estaban los cuatro marineros luchando con el mundo.
con el mundo de aristas que ven todos los ojos,
con el mundo que no se puede recorrer sin caballos.
Estaban uno, cien, mil marineros
luchando con el mundo de las agudas velocidades,
sin enterarse de que el mundo
estaba solo por el cielo.
El mundo solo por el cielo solo.
Son las colinas de martillos y el triunfo de la hierba espesa.
Son los vivísimos hormigueros y las monedas en el fango.
El mundo solo por el cielo solo
y el aire a la salida de todas las aldeas.
Cantaba la lombriz el terror de la rueda
y el marinero degollado
cantaba al oso de agua que lo había de estrechar;
y todos cantaban aleluya,
aleluya. Cielo desierto.
Es lo mismo, ¡lo mismo!, aleluya.
He pasado toda la noche en los andamios de los arrabales
dejándome la sangre por la escayola de los proyectos,
ayudando a los marineros a recoger las velas desgarradas.
Y estoy con las manos vacías en el rumor de la desembocadura.
No importa que cada minuto
un niño nuevo agite sus ramitos de venas,
ni que el parto de la víbora, desatado bajo las ramas,
calme la sed de sangre de los que miran el desnudo.
Lo que importa es esto: hueco. Mundo solo. Desembocadura.
Alba no. Fábula inerte.
Sólo esto: desembocadura.
¡Oh esponja mía gris!
¡Oh cuello mío recién degollado!
¡Oh río grande mío!
¡Oh brisa mía de límites que no son míos!
¡Oh filo de mi amor, oh hiriente filo!
Federico García Lorca