Nuestras vidas son los rí­os que van a dar en la mar


El Charles River, en Massachusetts, inspiró a Dámaso Alonso a escribir un poema, quizá uno de los más sensibles, sobre un rí­o.

Me imagino lo emocionante -pero a la vez difí­cil- de las decisiones de los exploradores que, por alguna razón, decidieron asentarse en un lugar para fundar una ciudad. ¿Qué les motivaba o qué les atraí­a de un lugar? En muchas ocasiones, se debieron de haber buscado algunas caracterí­sticas geográficas que facilitaran ciertas condiciones, las cuales varí­an de acuerdo con los intereses.

Mario Cordero
mcordero@lahora.com.gt

El pintor impresionista Claude Monet se inspiró en los rí­os para expresar sus sentimientos, como este cuadro sobre el rí­o Epte, en Francia.

Para algunos, era más importante la defensa de la ciudad, por lo que buscaron lugares elevados o en medio de barrancos para poder cuidarse; para otros, era vital la fuente de alimentos, por lo que se asentaron cerca de las fuentes de abastecimiento.

En la cultura occidental, debido a la aridez del Viejo Continente, fue primordial para casi todas las culturas tener acceso al agua. Desde el mismí­simo Génesis -que a su vez recopiló la tradición oral de muchas culturas cercanas-, se decí­a que el Paraí­so estaba en medio de cuatro rí­os, lo cual demuestra la importancia que las fuentes fluviales tení­a para el establecimiento de los lugares.

Me imagino que los rí­os, pues, se convirtieron en un eje fundamental para Europa y el Medio Oriente, incluyendo a Egipto con su Nilo. Adelantándome, abruptamente, en el tiempo, las grandes capitales y ciudades de Europa se formaron a lo largo de grandes rí­os. Así­, Parí­s tiene su Sena; Londres, el Tamesis; Berlí­n, el Spree; Viena y su Danubio; Sevilla y Córdoba con el Guadalquivir.

Ya con el avance de la ingenierí­a civil, la tecnologí­a para el acceso al agua hací­a que se pudiera fundar ciudades en otros puntos geográficos, y, ante el cese de la preocupación por el acceso al agua, las ciudades empezaron a pensar en caracterí­sticas como firmeza del terreno, estrategia defensiva, o incluso en criterios ornamentales, como el modelo colonial de España en Latinoamérica, que buscaba los remates verdes.

GRANDES RíOS

Es así­ como que los grandes rí­os, supongo yo, han influido sobre todo en la estética urbaní­stica de Europa, más que de América. En nuestro continente, la mayorí­a de rí­os son quebradizos y rápidos, al contrario de los rí­os caudalosos pero lentos de Europa. Nuestras ciudades coloniales también se preocuparon por un acceso cercano al agua, pero sin la necesidad de que un rí­o caudaloso atravesara la ciudad.

Por ello, los grandes rí­os europeos -como los anteriormente señalados-, y agregando algunos americanos, como el Hudson en Nueva York, ofrecen otro tipo de paisaje a las ciudades. Por lo caudaloso y la tranquilidad de sus corrientes, estos rí­os tienden a ofrecer paisajes de paz, e incluso ideales para la expresión plástica, poética y artí­stica.

Dentro de la tradición artí­stica, varios ejemplos se pueden encontrar, como los famosos valses que se desarrollan en torno a la imagen del rí­o Danubio en la cuna del vals, Viena, capital austrí­aca. O bien, las visiones impresionistas de Claude Monet sobre el rí­o Tamesis de Londres, o la inspiración que ha dado el rí­o Sena o la misma ciudad de Venecia en su totalidad.

Dentro de la tradición poética, debido a esta caracterí­stica europea de los grandes rí­os, son los españoles quienes han dado a conocer en castellano varios poemas sobre estas fuentes fluviales. Quizá, en otros idiomas del Viejo Continente, también haya una larga tradición sobre esta temática, pero me enmarcaré en lo español, por ser nuestro idioma.

Federico Garcí­a Lorca, por ejemplo, proveniente de la región andaluza de España, que está dominada por el rí­o Guadalquivir, el cual ha sido motivo de poemas e historias narrativas. Este poeta español recopiló buena parte de la voz del cante jondo y la trasladó en su estética temprana.

Sin embargo, no sólo se basó en el Guadalquivir. En su paso por Nueva York, como estudiante de una universidad, también dedicó poemas al rí­o Hudson y otras corrientes fluviales. Al igual que los grandes rí­os que hieren el corazón de las principales ciudades de Europa, Nueva York posee paisajes similires, con puentes que ayudan a cruzar rí­os y canales.

Y, hablando de poetas españoles y rí­os estadounidenses, también es famoso el poema «A un rí­o le llaman Carlos», de Dámaso Alonso. Este texto es, tal vez, uno de los mejores en esta temática. Se lo dedica al Charles River, de Massachusetts, que también ofrece preciosos paisajes en verano, pero sobre todo, en invierno, embruja su encanto con su ribera llena de nieve.

Dámaso Alonso se cuestiona, en primer lugar, por qué a ese rí­o le llaman Carlos (en su nombre castellanizado), y empieza a reflexionar sobre la prosopopeya, es decir, sobre las caracterí­sticas humanas que pueden ser atribuibles al rí­o (o más bien, las caracterí­sticas de un rí­o, atribuibles al ser humano).

El rí­o, pues, se convierte en ese constante deseo de ir hacia delante, de fluir la vida, pero sin permanecer. Esto fue un tema recurrente, incluso, entre los filósofos presocráticos, como Heráclito, quien ofrece su frase famosa «Nadie se baña dos veces en el mismo rí­o», que indica que, aunque el rí­o es un accidente geográfico estático, en realidad la esencia fluvial es el agua que corre, y no la zanja que permanece.

RíOS QUEBRADIZOS

Y, así­, como hay una estética de rí­os lentos y anchos, también deberí­a existir una estética de rí­os rápidos, quebradizos, no navegables y pequeños.

Con excepción de los grandes rí­os del Norte, como el Mississippi, o los del Sur, como el Amazonas, en América, la mayor parte de los rí­os son rápidos y quebradizos, lo que no permite que éstos se conviertan en parte fundamental de las ciudades.

De hecho, durante la Conquista y la Colonia, la tecnologí­a ya permití­a fundar ciudades alejados un poco de las fuentes de agua. Los pozos permití­an un mejor acceso al agua potable, y así­ se evitaban los problemas sanitarios que surgen cuando los rí­os atraviesan las ciudades.

Por ello, las ciudades coloniales se fundan a una distancia prudente de los rí­os, sin que atraviesen necesariamente la urbe, sino que era preferible que rondara la periferia; tal es el caso del rí­o Pensativo, en la entonces Santiago de Guatemala, hoy La Antigua Guatemala, o el rí­o Las Vacas, en la Nueva Guatemala de la Asunción.

Por ello, no es completamente posible comprender una estética del agua fluida en nuestro contexto. Más bien, en nuestro paí­s, los volcanes han inspirado más poemas, sobre todo el volcán de Agua, que domina la meseta central. Esto, también desde un punto de vista urbaní­stico, por la exigencia real de construir las ciudades coloniales con remates verdes, caracterí­stica más americana; en Europa, por ejemplo, las grandes ciudades carecen de ello.

Por eso, buscar la influencia de los rí­os en el arte americano, debe buscarse desde el punto de vista ruralista. El poema al «Rí­o San Juan», de José Batres Montúfar, por ejemplo, relata la tragedia de una expedición centroamericana, para explorar el mejor lugar para el canal interoceánico.

Es decir, nuestros rí­os han proporcionado, más que una inspiración lí­rica, escenarios propicios para grandes aventuras, como el caso de las novelas de Flavio Herrera y Virgilio Rodrí­guez Macal, donde el ámbito domina el temperamento de los personajes, en incluso los condiciona. Nuestros rí­os, rápidos y quebrados, pueden ser fuentes de historias de aventuras, de traición, porque, de hecho, así­ son nuestros rí­os.

El rí­o Dulce, que a pesar de ser navegable, está dominado por su clima cálido, más afí­n al Caribe y a las historias de piratas. Los rí­os fronterizos, el Usumacinta y el Suchiate, que pintan ahora para historias de migrantes y coyotes; o rí­os quebrados y rápidos, como el Xequijel, que dan para historias trágicas sobre caciques que mueren a la par de quetzales.

Nuestros rí­os nos son inspiración poética, aunque en algunos casos sí­, como el mismo rí­o Pensativo, en La Antigua Guatemala, que ha merecido algunos poemas, de los cuales no ha trascendido ninguno. En cambio, nuestros afluentes son, más bien, obstáculos que deben superar los protagonistas de una buena novela de aventuras. Es decir, nuestros rí­os no tienen caracterí­sticas de desarrollo, sino de ruralismo. Un poema de Humberto Ak»abal, por cierto, dice «Si llevan agua, son rí­os; sino, son caminos», argumentando así­ que el rí­o es un obstáculo para el caminar y el tránsito.

CONCLUSIí“N

En cualquier caso, los rí­os, ya sea navegables o quebrados, han dado motivo para textos literarios y para reflexiones filosóficas. ¿Por qué? Algo de ello ya lo he referido, intuyendo la sabidurí­a que encerró en su frase Heráclito, o la humanidad del poema de Dámaso Alonso.

Quiero decir que el rí­o es una de las mejores metáforas del fluir de la vida. La vida humana es un eterno correr. El rí­o es como dijo Antonio Machado, donde «todo pasa y todo queda»; Heráclito sabí­a que aunque el rí­o esté ahí­, no es el mismo de ayer; de la misma forma, aunque las personas sean las mismas, no son las mismas de hace veinte años, y que el fluir hace que el alma se modifique.

En cambio, el estatismo de un lago o el mar, es lo más parecido a la muerte: no fluye. Y eso lo sabí­a Jorge Manrique, que metaforizaba con rí­os y mares el luto, en sus famosas «Coplas a la muerte de mi padre».

«Nuestras vidas son los rí­os / que van a dar en la mar, / qu»es el morir; / allí­ van los señorí­os / derechos a se acabar / e consumir; / allí­ los rí­os caudales, / allí­ los otros medianos / e más chicos, / allegados, son iguales / los que viven por sus manos / e los ricos.»

A un rí­o le llaman Carlos


Yo me senté en la orilla;

querí­a preguntarte, preguntarme tu secreto;

convencerme de que los rí­os resbalan

hacia un anhelo y viven;

y que cada uno nace y muere distinto

(lo mismo que a ti te llaman Carlos).

Querí­a preguntarte, mi alma querí­a preguntarte

por qué anhelas, hacia qué resbalas, para qué vives.

Dí­melo, rí­o,

y dime, di, por qué te llaman Carlos.

Ah, loco, yo, loco, querí­a saber qué eras, quién eras

(genero, especie…)

y qué eran, qué significaban «fluir», «fluido», «fluente»;

qué instante era tu instante

cuál de tus mil reflejos, tú; reflejo absoluto

yo querí­a indagar el último recinto de tu vida

tu unicidad, esa alma de agua única,

por la que te conocen por Carlos.

Carlos es una tristeza, muy mansa y gris,

que fluye entre edificios nobles,

a Minerva sagrados y entre hangares

que anuncios y consignas coronan.

Y el rí­o fluye y fluye, indiferente.

A veces, suburbana, verde, una sonrisilla

de hierba se distiende, pegada a la ribera.

Yo me he sentado allí­, sobre la hierba quemada

del invierno para pensar por qué los rí­os

siempre anhelan futuro, como tú lento y gris.

Y para preguntarte por qué te llaman Carlos.

Y tu fluí­as, fluí­as, sin cesar, indiferente

y no escuchabas a tu amante extático

que te miraba preguntándote

como miramos a nuestra primera enamorada para saber si le fluye

un alma por los ojos,

y si en su sima el mundo será todo luz blanca

o si acaso su sonreí­r es sólo eso: una boca amarga que besa.

Así­ te preguntaba: como le preguntamos a Dios en la sombra

de los quince años,

entre fiebres oscuras y los dí­as -qué verano- tan lentos.

Yo querí­a que me revelaras el secreto de la vida

y de tu vida, y por qué te llamaban Carlos.

Yo no sé por qué me he puesto tan triste,

contemplando el fluir de este rí­o?

Un rí­o es agua, lágrimas: mas no sé quién las llora.

El rí­o Carlos es una tristeza gris, mas no sé quién la llora.

Pero sé que la tristeza es gris y fluye.

Porque sólo fluye en el mundo la tristeza.

Todo lo que fluye es lágrimas.

Todo lo que fluye es tristeza, y no sabemos de dónde viene la tristeza.

Como yo no sé quién te llora, rí­o Carlos,

como yo no sé por qué eres una tristeza

ni por qué te llaman Carlos.

Era bien de mañana cuando yo me he sentado

a contemplar el misterio fluyente de este rí­o,

y he pasado muchas horas preguntándome, preguntándote.

Preguntando a este rí­o, gris lo mismo que un dios;

preguntándome, como se le pregunta a un dios triste:

¿qué buscan los rí­os? ¿qué es un rí­o?

Dime, dime qué eres, qué buscas,

rí­o, y por qué te llaman Carlos.

Y ahora me fluye dentro una tristeza,

un rí­o de tristeza gris,

con lentos puentes grises,

como estructuras funerales grises.

Tengo frí­o en el alma y en los pies.

Y el sol se pone.

Ha debido pasar mucho tiempo.

Ha debido pasar el tiempo lento, lento,

minutos, siglos, eras.

Ha debido pasar toda la pena del mundo,

como un tiempo lentí­simo.

Han debido pasar todas las lágrimas del mundo,

como un rí­o indiferente.

Ha debido pasar mucho tiempo, amigos mí­os,

mucho tiempo

desde que yo me senté aquí­ en la orilla,

a orillas de esta tristeza, de este

rí­o al que le llamaban Dámaso, digo, Carlos.

Dámaso Alonso

Navidad en el Rí­o Hudson


¡Esa esponja gris!

Ese marinero recién degollado.

Ese rí­o grande.

Esa brisa de lí­mites oscuros.

Ese filo, amor, ese filo.

Estaban los cuatro marineros luchando con el mundo.

con el mundo de aristas que ven todos los ojos,

con el mundo que no se puede recorrer sin caballos.

Estaban uno, cien, mil marineros

luchando con el mundo de las agudas velocidades,

sin enterarse de que el mundo

estaba solo por el cielo.

El mundo solo por el cielo solo.

Son las colinas de martillos y el triunfo de la hierba espesa.

Son los viví­simos hormigueros y las monedas en el fango.

El mundo solo por el cielo solo

y el aire a la salida de todas las aldeas.

Cantaba la lombriz el terror de la rueda

y el marinero degollado

cantaba al oso de agua que lo habí­a de estrechar;

y todos cantaban aleluya,

aleluya. Cielo desierto.

Es lo mismo, ¡lo mismo!, aleluya.

He pasado toda la noche en los andamios de los arrabales

dejándome la sangre por la escayola de los proyectos,

ayudando a los marineros a recoger las velas desgarradas.

Y estoy con las manos vací­as en el rumor de la desembocadura.

No importa que cada minuto

un niño nuevo agite sus ramitos de venas,

ni que el parto de la ví­bora, desatado bajo las ramas,

calme la sed de sangre de los que miran el desnudo.

Lo que importa es esto: hueco. Mundo solo. Desembocadura.

Alba no. Fábula inerte.

Sólo esto: desembocadura.

¡Oh esponja mí­a gris!

¡Oh cuello mí­o recién degollado!

¡Oh rí­o grande mí­o!

¡Oh brisa mí­a de lí­mites que no son mí­os!

¡Oh filo de mi amor, oh hiriente filo!

Federico Garcí­a Lorca