G.F. Haendel: su música (V)


En esta quinta entrega de este gran maestro Haendel Esta música de serenidad insospechada es fiel entorno de Casiopea, esposa dorada, quien es fuente de miel que surca mis manos que la anhelan esplendente.

Celso Lara

Sobre las óperas de este genio musical nos encontramos con Alcina. Es una de sus grandes obras maestras, quizás la mejor de sus muchas obras escénicas, cuyo mérito no queda en entredicho por el hecho de que algunos de los procedimientos teatrales y musicales utilizados procedan de obras anteriores.

Todo en Alcina está llevado a tales niveles de perfección que resulta difí­cil discernir en qué faceta la inspiración y la técnica son superiores. En cualquier punto de la partitura nos será fácil descubrir el magisterio de Haendel como músico y como dramaturgo.

Alcina, con la veracidad de su discurso musical, es una pieza de radiante belleza, justa en las proporciones, primorosamente tratada en la orquesta, diversa en la riqueza armónica que tiende siempre a crear el clima preciso a una generosa invención melódica.

La abundancia producción operí­stica de Haendel ofrece no pocos ejemplos de obras importantes y puede, incluso, presentarnos serios problemas de elección. Hay quien se siente más atraí­do por la belleza de Alcina que por la genialidad poderosa de Giulio Cesare, como puede suceder al revés. En cualquier caso, nadie podrá negar el gran valor de esta ópera que debe figurar entre las más significativas del impulso creador de Haendel.

Quizás su mayor estafismo escénico puede hacerla menos teatral, pero en la partitura se contienen tantos momentos de sincera, espontánea y emocionante vitalidad que cualquier reserva queda anulada por la autenticidad de una música que en su plasticidad alcanza zonas de exquisita espiritualidad.

No todas las óperas de Haendel han de considerarse con iguales valores calificativos, porque a la fecundidad creadora no correspondió la regularidad del interés, contrariamente a lo que sucede con sus oratorios, que de una u otra forma afirman los rasgos más sobresalientes del vigoroso arte del compositor.

Escribiendo óperas al ejemplo que le proporcionaban los compositores italianos de su época, Haendel trató de crear un estilo ecléctico de signo europeo y gracias a su maravillosa imaginación de una fertilidad excepcional consiguió crear torrentes de música auténtica para sus óperas, pero le faltaba muchas veces a esta música el acento personal y sincero que ha asegurado la inmortalidad a las composiciones de Pergolesi, Mozart o Monteverdi.