Más que daños, ver las oportunidades


Me pareció patética la actitud del Presidente al medir en términos del daño a su imagen los sucesos al cumplirse un mes del asesinato de Rodrigo Rosenberg, puesto que si bien la crisis desatada amainó y él personalmente no tuvo que pagar una alta factura, lo que es indiscutible es que esa situación abrió toda una ventana para que los ciudadanos podamos pensar más en el paí­s, en sus instituciones y las grandes carencias que presenta el Estado de Guatemala en el cumplimiento de sus fines esenciales.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

Yo creo que una actitud correcta al cumplirse un mes del asesinato de Rosenberg tendrí­a que ser la de evaluar nuestra institucionalidad para aprovechar esa fuerza desatada entre un segmento de la población que por vez primera se muestra interesada en propiciar cambios en el paí­s, a efecto de que esas transformaciones realmente puedan lograrse para bien de todos. No concibo cómo puede alguien creer que se ha superado una crisis en Guatemala simplemente porque hemos vuelto a la llamada «normalidad» que en el fondo es esa resignación que mostramos para vivir en medio de tantas deficiencias, de tantas injusticias no sólo en el plano de lo judicial, sino también en lo social y económico.

Evidentemente para el presidente Colom todo esto se reduce a medir cuánto pudo afectarle en su popularidad, pero si algo se hizo evidente en esta crisis, que algunos calificaron como la más grave de la historia del paí­s y que en el fondo no pasó de ser una especie de tormenta en un vaso de agua, es que nuestra institucionalidad no sirve para un carajo. Acaso haya servido mucho la visita insulsa del señor Insulza, quien vino a decirnos que estaba satisfecho de ver que en Guatemala la institucionalidad era fuerte y no se veí­a afectada, puesto que muchos reflexionaron ante tamaño despropósito y asumieron conciencia de algo que algunos hemos dicho desde hace mucho tiempo, en el sentido de que este paí­s sufre las consecuencias de una institucionalidad propia del frágil Estado que tenemos y que, como dijo The Economist, apunta a la condición de Estado fallido.

El polí­tico se queda viendo los daños y tratando de repararlos. El estadista ve las oportunidades y realmente Guatemala tiene ahora una rara oportunidad porque la juventud decidió abandonar su letargo para interesarse en los asuntos de Estado, en la vida institucional, en ese desmadre que es nuestra administración de justicia y en la necesidad de ponerle fin a la impunidad. Esa lucha, la que libramos contra la impunidad, no era popular hace unos meses y apenas un puñado de guatemaltecos entendí­a claramente el significado de vivir bajo el control y cooptación de los grupos criminales en todo el aparato de la justicia. Ahora, en cambio, es más evidente la situación y más clara la realidad.

Por eso fue que a tres dí­as del asesinato de Rosenberg yo le escribí­a un artí­culo al Presidente pidiéndole que se comprometiera con la ley de las comisiones de postulación porque se presentó una oportunidad de hacer algo positivo y constructivo por Guatemala. Afortunadamente se hizo y ahora tenemos un espacio para actuar más cí­vicamente. Pues ahora, en vez de relamerse las heridas y hacer recuento de daños, vanagloriándose porque éstos fueron mí­nimos, hay que encauzar esa fuerza social que ha surgido para propiciar los cambios que la maltrecha institucionalidad reclama.