El otro día oí por la radio a un reportero preguntarle a uno de tantos politiqueros sujetos a la justicia por sinnúmero de delitos -¿qué opina de que la CICIG se esté metiendo ahora en los juicios relacionados con la corrupción gubernamental? Me causó muy mala impresión el hecho de que la pregunta se la hicieran a un acusado, cuando debieran habérsela formulado a una persona que, aparte de imparcial fuera ejemplar, de reconocido prestigio, como de honradez intachable. Por la más elemental lógica, era natural que el acusado se pusiera a pensar ¿qué es lo que me conviene decir? y de ahí, nos ha tocado escuchar muchos improperios en contra de la CICIG.
No me abochorna reconocer que este aprendiz de escribiente se haya opuesto a la llegada de la CICIG a Guatemala, por cuanto el hecho lo califiqué en su momento de una intromisión en los asuntos internos de nuestro país sin embargo, ahora, decir que la justicia guatemalteca no necesita de tecomates para nadar, sería igual a ignorar por completo la grave situación en que se encuentra; como pedirle a un asaltado por las maras que vaya al Ministerio Público a presentar su denuncia o que un usuario del servicio telefónico confíe en la factura que le llega por correo.
La bandera enarbolada por la CICIG en Guatemala es del color de la lucha frontal, decidida y sin ambages contra la impunidad y en consecuencia, los guatemaltecos que nada debemos y por lo tanto nada tememos, tendremos que enarbolarla al frente de nuestros hogares, oficinas, negocios y hasta en los encuentros deportivos si se quiere. No caben más medias tintas. Aplaudamos frenéticamente que en el estricto apego al derecho la CICIG o su funcionario representante, el abogado español Carlos Castresana le cuente las costillas a uno o mil jueces, fiscales, magistrados y a cuántos más que hayan dado muestras de que la maldición del siglo, la corrupción, haya inundado los sitios por donde se desenvuelve. ¿O hay otro que lo pueda hacer?
Así como la CICIG se siente en la obligación de investigar el caso de Portillo, también debe hacerlo en el de Meyer, en el de las tres niñas violadas y asesinadas, en los fideicomisos, en el de los alcaldes que hacen mano de mono con sus números y finanzas y en cuanta cosa suene a movida chueca. Ya es hora de ponerle punto final a que los guatemaltecos por prudencia, timidez o falta de carácter vayamos a seguirnos haciéndonos los babosos de tanta corrupción e impunidad, que al igual que la basura la encontramos por doquier. Ya es tiempo de frenar la desconfianza que nos nace hasta cuando vemos venir a un policía. Disculpen mi terca insistencia ¿qué clase de país le vamos a dejar a nuestros nietos? Porque lo que es a nuestros hijos, ya se lo dejamos embarrado.