

Ahmadinejad, en el poder desde 2005, debió responder durante la campaña a acusaciones de haber llevado a la República Islámica de Irán a una situación de aislamiento internacional y de haber agravado los problemas económicos.
Musavi contó con el respaldo visible de buena parte de la juventud de las ciudades, que exige mayores libertades individuales.
Ahmadinejad, por su lado, se mostró pródigo durante todo su mandato con las capas populares que lo eligieron hace cuatro años y espera que ahora le renueven su apoyo.
Musavi, un ex primer ministro que vuelve a la actividad política después de 20 años de ausencia, lo acusó de perjudicar la imagen de Irán en el extranjero.
Pero Ahmadinejad, quien se adjudica el liderazgo de un campo antiimperialista, hace caso omiso de las críticas y suele crear conmoción con frases provocadoras, como cuando afirma que el Holocausto nazi es «un gran engaño» y que las resoluciones de la ONU que sancionan a Irán por su programa nuclear son meros «papeles».
En un debate contra el candidato reformista Mehdi Karubi, sostuvo que la diplomacia significa «el control de la opinión pública mundial».
En el plano interno, la inflación pasó de aproximadamente 10% a más de 25% durante su mandato. El desempleo supera el 12%. Y el espectro de un déficit presupuestario colosal amenaza si los precios del petróleo no suben.
Pero Ahmadinejad presenta cifras y diagramas que contradicen esos datos oficiales, al tiempo que Karubi y Musavi denuncian sus «mentiras».
El presidente apuesta al respaldo de los beneficiarios de su generosidad, a los que concedió préstamos sin interés, donaciones en efectivo y subvenciones de los productos de primera necesidad.
Contrariamente a sus predecesores, que gobernaban el país desde la capital, Ahmadinejad recorrió Irán incansablemente durante los cuatro años de su gestión.
En 2005 se presentó como el «servidor del pueblo». Esta vez afirma ser un hombre que lucha contra «el círculo cerrado de quienes monopolizaron la economía».
Durante los debates en televisión, vinculó a sus rivales con los «aprovechadores» del régimen, a los que el año pasado identificó como una «mafia económica».
«Â¿De dónde viene el dinero de su campaña?», le preguntó a Musavi, antes de acusarlo de contar con el apoyo del ex presidente Akbar Hashemi Rafsanyani (1989-1997).
Este último, quien aparentemente posee una fortuna considerable, fue derrotado en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2005 por Ahmadinejad.
El presidente utilizó la misma táctica con Karubi.
«Â¿Cómo compró usted su casa?», le lanzó, antes de acusarlo de haber recibido fondos, cuando presidía el Parlamento, de un empresario que luego fue encarcelado por corrupción.
En ambos casos, el presidente atacó a figuras emblemáticas del régimen: religiosos con un pasado revolucionario irreprochable, pero cuya fortuna personal tiene un origen que hasta ahora ha sido tabú.
El conservador moderado Mir Hosein Musavi, primer ministro durante la guerra contra Irak (1980-1988), regresó con fuerza a la política iraní tras 20 años de ausencia y se convirtió en el principal rival del jefe de Estado saliente, Mahmud Ahmadinejad, en la elección presidencial del viernes.
Musavi, que se presenta como un «reformista respetuoso de los principios» de la revolución islámica de 1979, fue primer ministro de 1981 a 1989, cuando el ayatola Jomeini era el guía supremo y Alí Jamenei, que hoy ocupa esa función, era el presidente del país.
En un debate televisivo con Ahmadinejad, Musavi explicó que regresó a la arena política porque considera que la continuidad del presidente saliente representa un «peligro» para Irán.
Aunque le falte carisma, beneficia de un verdadero respaldo entre numerosos jóvenes de las ciudades que esperan que liberalice la sociedad. También obtuvo el apoyo de una parte del electorado femenino, por su compromiso de asegurar la igualdad entre los sexos.
Nacido el 29 de septiembre de 1941, fue uno de los fundadores del Partido Islámico que respaldó al ayatolá Jomeini tras la caída del régimen prooccidental del Shá.
Con Jomeini y Jamenei al frente del país durante la guerra contra Irak, Musavi se ocupó de administrar la economía en esos tiempos de crisis. Impuso un sistema de racionamiento y un riguroso control de precios.
En 1989, un año después de terminada la guerra, dejó el cargo.
Abandonó entonces la arena política y la escena mediática para convertirse en consejero de los presidentes Akbar Hachemi Rafsandjani (1989-1997), un conservador pragmático, y de Mohamad Jatami (1997-2005), un reformista.
Jatami pensaba presentarse a la elección de este 12 de junio, pero finalmente desistió y dio su respaldo a Musavi.
El ex primer ministro es, además, miembro del Consejo de Discernimiento, un órgano de arbitraje de las instituciones dirigido por Rafsandjani.
Musavi se comprometió durante la campaña a estabilizar la economía del país, afectada por la política dispendiosa e inflacionaria del presidente Ahmadinejad.
También planea incorporar a numerosos expertos a su eventual administración. Ahmadinejad fue criticado por sus detractores por privilegiar la fidelidad a su persona a la pericia en los distintos expedientes.
En política exterior, quiere cambiar la imagen «extremista» de su país. Una referencia a las declaraciones incendiarias del presidente actual, sea contra Israel como contra los países occidentales.
No obstante, es fiel a la línea oficial de la República Islámica sobre el programa nuclear iraní.
La grandes potencias temen que el programa nuclear iraní tenga fines militares y exigen, con el respaldo de resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, que las autoridades de Teherán lo suspendan.
Musavi tiene también buena reputación en los círculos intelectuales. Arquitecto de formación, dirige la Academia de las Artes de Irán. Su esposa, Zahra Rahnavard, está al frente de la Universidad Al Zahra de Teherán.
El presidente iraní Mahmud Ahmadinejad, quien espera ser reelecto el viernes por un nuevo periodo de cuatro años, ha sido un infatible candidato que genera recelo en occidente por su política nuclear y sus controvertidas declaraciones y polémicas en su país por sus medidas populistas.
Este ultraconservador, que se presenta como defensor de los pobres y devoto del islam, ha provocado la indignación de las grandes potencias por su retórica agresiva.
Poco después de su inesperada victoria en 2005, ganó notoriedad mundial al afirmar que Israel está condenado a «desparecer del mapa» y que el Holocausto nazi es un «gran engaño».
Ahmadinejad comparó además el programa nuclear iraní a «un tren sin frenos y sin marcha atrás» y se niega a suspenderlo, pese a las presiones internacionales.
En Irán fue criticado por muchos economistas por su política de distribución masiva de petrodólares, que condujo a una fuerte inflación (23,6%), sin conseguir reducir el desempleo y la pobreza.
De 52 años de edad, Ahmadinejad está casado y tiene dos hijos y una hija.
Este hijo de herrero nació en el pueblo de Aradan, a 90 km al sureste de Teherán, pero creció en Teherán, donde obtuvo un doctorado en gestión de transporte urbano.
En la revolución de 1979 -que derrocó al Sha de Irán y llevó al poder al ayatola Joimeni- Ahmadinejad se incorporó a los estudiantes islamistas de Teherán y luego a las filas de los Guardianes de la revolución, el ejército ideológico del régimen.
Más tarde obtuvo su primer puesto político al convertirse en gobernador de la provincia de Ardebil (noroeste).
En 2003 llegó a la alcaldía de Teherán, un cargo que utilizó como trampolín para obtener la presidencia en junio de 2005.
En recientes debates televisivos, pulió su imagen de hombre de pueblo, al afirmar que vivía sólo del salario de maestro.
Su populismo gusta aún, en especial en los medios populares urbanos y rurales.
Sus rivales lo califican de «imprevisible» a causa de su retórica agresiva, pero sus partidarios lo ven como un hombre «que ayuda a los pobres».
«Si hay dos personas en dificultades, Ahmadinejad ayudará antes al que esté peor», afirmó Mehdi Mahmudi, un joven habitante de Islamshahr, un suburbio de Teherán.
Ahmadinejad instauró un nuevo estilo de gobierno al reunir a su consejo de ministros cada dos o tres semanas en ciudades de provincia, para «comprender mejor los problemas del pueblo».
En cuatro años recibió 20 millones de cartas con pedidos de ayuda y creó un servicio para responderlas una por una y apuntalar así el apoyo de su electorado popular.
Si es reelegido, Ahmadinejad -que cuenta con el apoyo implícito del guía supremo, el ayatola Ali Jamenei- estará en primera línea para responder a la propuesta de diálogo del nuevo presidente estadounidense, Barack Obama, quien decidió «tender la mano» a Irán.
Ahmadinejad no rechazó de plano la oferta, pero pidió ante todo un cambio «en la práctica» de la política estadounidense.