Educar a la solidaridad


 Una de las virtudes que sin ninguna duda debemos cultivar en los jóvenes y en nosotros mismos es la de la solidaridad.  Nunca como hoy el mundo tuvo necesidad de personas solidarias, gente buena con sensibilidad especial hacia los más débiles y dispuestas a la generosidad.  Sin embargo, como podemos constatarlo a diario, la moda es todo lo contrario: el egoí­smo y la búsqueda insaciable del propio bienestar.

Eduardo Blandón

La solidaridad, en una sociedad de raigambre cristiana, no deberí­a ser extraña.  ¿Quién es ese hombre que sufre para estos hombres de Dios?  Los textos bí­blicos lo recuerdan: mi prójimo, mi hermano, aquel por el que yo debo rendir cuentas y a quien debo amar.  El otro no me es un desconocido o un extranjero, lo conozco bien porque su rostro refleja al Padre común.  No puedo, por esto, ignorarlo, hacerme el desentendido o esquivarlo: soy, de alguna manera, corresponsable de su suerte y destino.

 

Es en esta dirección que debemos enseñar a los hijos a ser sensibles ante el sufrimiento de los demás.  Se debe insistir, en primer lugar, en la idea de que todos los hombres somos hermanos.  Si partimos de aquí­ es fácil despertar buenos sentimientos en los niños respecto a cómo mirar y tratar a ese que es nuestro prójimo.  A un hermano se le debe respeto y se le trata con amor.  Esta idea enseñará a los pequeños no sólo a «compadecerse» de los otros («padecer-con» los otros), sino a no aprovecharse de ellos y aumentar sus sufrimientos.

 

En segundo lugar, se debe iniciar a los niños en la práctica de la caridad.  Hay que enseñarles a los jóvenes a pasar «del amor afectivo al amor efectivo».  En este sentido, la familia debe acostumbrarse a hacer actos efectivos de amor para con los más desfavorecidos especialmente.  ¿Cómo?  Hay muchas formas de ser solidarios: desde organizarse en sociedades de beneficencia, ayudando a quienes están a nuestro alrededor más allá de lo que exige la justicia (al jardinero, la doméstica, el policí­a, a quien recoge la basura, etc.), hasta creando uno mismo actividades periódicas para ayudar a los necesitados.

 

La solidaridad, dice un texto de la Iglesia Católica, «no es «un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas.  Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos» «.  En este sentido, y esta es mi tercera propuesta, la educación a la solidaridad no debe insistir en falsos sentimientos de culpa como punto de partida para el amor al prójimo.  La idea debe encaminarse por lo positivo: yo tengo un imperativo que debo cumplir a lo largo de mi vida que consiste en socorrer al prójimo (mi hermano) siempre que esté a mi alcance hacerlo.

 

Si formamos en esta dirección, no cabe duda que pondrí­amos de moda la caridad y transformarí­amos el mundo.  Otra realidad fuera posible.  Otra cultura vivirí­an nuestros hijos.  No habrí­a tanta injusticia y vivirí­amos más dichosos.  Justamente actualizarí­amos la felicidad que consiste no en ser egoí­stas sino en darnos generosamente a los otros.