Una de las virtudes que sin ninguna duda debemos cultivar en los jóvenes y en nosotros mismos es la de la solidaridad. Nunca como hoy el mundo tuvo necesidad de personas solidarias, gente buena con sensibilidad especial hacia los más débiles y dispuestas a la generosidad. Sin embargo, como podemos constatarlo a diario, la moda es todo lo contrario: el egoísmo y la búsqueda insaciable del propio bienestar.
La solidaridad, en una sociedad de raigambre cristiana, no debería ser extraña. ¿Quién es ese hombre que sufre para estos hombres de Dios? Los textos bíblicos lo recuerdan: mi prójimo, mi hermano, aquel por el que yo debo rendir cuentas y a quien debo amar. El otro no me es un desconocido o un extranjero, lo conozco bien porque su rostro refleja al Padre común. No puedo, por esto, ignorarlo, hacerme el desentendido o esquivarlo: soy, de alguna manera, corresponsable de su suerte y destino.
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Es en esta dirección que debemos enseñar a los hijos a ser sensibles ante el sufrimiento de los demás. Se debe insistir, en primer lugar, en la idea de que todos los hombres somos hermanos. Si partimos de aquí es fácil despertar buenos sentimientos en los niños respecto a cómo mirar y tratar a ese que es nuestro prójimo. A un hermano se le debe respeto y se le trata con amor. Esta idea enseñará a los pequeños no sólo a «compadecerse» de los otros («padecer-con» los otros), sino a no aprovecharse de ellos y aumentar sus sufrimientos.
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En segundo lugar, se debe iniciar a los niños en la práctica de la caridad. Hay que enseñarles a los jóvenes a pasar «del amor afectivo al amor efectivo». En este sentido, la familia debe acostumbrarse a hacer actos efectivos de amor para con los más desfavorecidos especialmente. ¿Cómo? Hay muchas formas de ser solidarios: desde organizarse en sociedades de beneficencia, ayudando a quienes están a nuestro alrededor más allá de lo que exige la justicia (al jardinero, la doméstica, el policía, a quien recoge la basura, etc.), hasta creando uno mismo actividades periódicas para ayudar a los necesitados.
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La solidaridad, dice un texto de la Iglesia Católica, «no es «un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos» «. En este sentido, y esta es mi tercera propuesta, la educación a la solidaridad no debe insistir en falsos sentimientos de culpa como punto de partida para el amor al prójimo. La idea debe encaminarse por lo positivo: yo tengo un imperativo que debo cumplir a lo largo de mi vida que consiste en socorrer al prójimo (mi hermano) siempre que esté a mi alcance hacerlo.
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Si formamos en esta dirección, no cabe duda que pondríamos de moda la caridad y transformaríamos el mundo. Otra realidad fuera posible. Otra cultura vivirían nuestros hijos. No habría tanta injusticia y viviríamos más dichosos. Justamente actualizaríamos la felicidad que consiste no en ser egoístas sino en darnos generosamente a los otros.