Jamás había visto ni escuchado, como lo hice la semana pasada, un «interrogatorio» de esos que hace el Congreso de la República. Me apliqué a la tarea por dos razones, la primera porque buscaba entender por qué los funcionarios públicos habitualmente se excusan a esas citaciones y las evitan a cualquier precio. La segunda, porque me interesaba observar cómo se defienden nuestros políticos de turno; estaba interesado en ser testigo de la inteligencia argumentativa de las víctimas.
           Lo demás es historia. Ya deben saber, y resulta ocioso contarles, que me llevé la decepción del siglo. Les contaré primero lo que vi por parte de los interrogadores, en este caso los inquisidores del partido de la mano dura, para pasar después a hablar del macho cabrío que buscaban sacrificar (el vocero presidencial). La experiencia es brutal y deberían pasar esos cortes noticiosos a altas horas de la noche para evitar que los niños vean semejantes actos de insensatez.
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            Hablemos de los herederos de Torquemada. Estaban alrededor como perros de presa, orondos, rabiosos, ceño fruncido y casi vomitando sapos y culebras. En resumen, rabiosos (o fingiendo estarlo). Sintiéndose Padres de la Patria, se ensañan contra el hijo descarriado y, con toda la voluntad de poder del mundo, irrespetan al muchacho díscolo. Alzan la voz, gritan, se descontrolan y, como padre imbécil, piden respeto y humildad al hijo que se siente acosado y denigrado. La idea es meterlo en temor, hacerlo temblar y aniquilarlo psicológicamente.
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           «En nombre de Dios Todopoderoso, te mandamos a confesarnos si tú has dicho que somos desestabilizadores». Así sonaban las pretensiones divinas de los inmaculados patriotas. La primera y más temible, una mujer que al parecer gusta abandonar su encantadora belleza para transformarse en un monstruo horroroso y detestable. Después, los demás. Un imbécil aquí, otro allá, la idea es lucir como político de país tercermundista. Y lo logran. Las amenazas concluyen como siempre: «Te demandaremos, te llevaremos a juicio, eres inmaduro, irresponsable, inepto…» y todo lo que se les vaya ocurriendo a los jueces severos de la mesa redonda.
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           Por el otro lado, el macho cabrío: famélico, preocupado, tembloroso y queriendo parecer seguro. A las preguntas de las fieras hambrientas no sabe sino responder al nivel de la animalidad de esos mismos inquisidores: «Mis acusaciones han sido políticas». «Necesito que responda con un sí o un no, inquirían los Patriotas. ¿Afirmó usted que los planes de asesinatos han sido un show del Partido?». «Sí, pero mis declaraciones han sido políticas», afirmaba el muchacho sintiéndose excusado con tan original observación. En resumen un festival de insensatez, una muestra de nuestro elevado nivel de inteligencia política. Todo un caso para vergí¼enza de las universidades que formaron a esos intelectuales del Senado.
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           Al final las cosas quedan muy claras: ningún funcionario público quiere ser víctima de un linchamiento tan burdo como esos espectáculos que arman los políticos en el Congreso. Uno se explica ahora por qué luego de esos interrogatorios dignos de Guantánamo, algunos citados han salido llorando, furibundos y hasta casi ofreciéndose cuentazos. Con tanto irrespeto y mala educación no queda sino ponerse los guantes y rebajarse, qué queda, al nivel de esas alimañas políticas. Lo bueno de todo es que ese mal teatro puede ser un indicador de crecimiento civilizatorio: el día que sean más respetuosos y cordiales, podríamos sospechar que estamos evolucionando.