«Volcán de lodo» sigue escupiendo sobre Java


El lodo ha cubierto varias aldeas, fábricas, una autopista y una ví­a férrea cerca de la ciudad de Sidoarjo.

Desde hace tres años una erupción de barro viscoso está devastando una región industrial de la isla de Java (Indonesia), sin dar signos de apaciguarse, para desesperación de los habitantes, que reclaman mejores indemnizaciones.


Parti, de 55 años, ya no tiene ninguna esperanza de volver a ver su casa y sus dos pequeñas tiendas, enterradas ahora bajo metros de barro, al fondo del inmenso «lago» de 800 hectáreas que rodea al «volcán de lodo», del que se eleva en forma permanente un hongo de humo blanco.

La vida de la comerciante cambió el 29 de mayo de 2006, cuando un lí­quido espeso, hirviente y nauseabundo empezó a escapar imparable de las entrañas de la tierra, para cubrir en estos tres años una docena de aldeas, fábricas, una autopista y una ví­a férrea cerca de la ciudad de Sidoarjo.

Cada dí­a, «de 100 mil a 125 mil m3 de barro, el equivalente a 50 piscinas olí­mpicas, siguen saliendo del cráter», dice Ajmad Kusairi, portavoz del servicio oficial encargado de la supervisión de la catástrofe (BPLS).

Parti, como la mayorí­a de los 42 mil evacuados, no oculta su enojo contra la empresa Lapindo Brantas, considerada responsable de la catástrofe, ya que realizaba perforaciones de exploración en busca de gas en el lugar. Las brocas de acero al parecer perforaron un yacimiento de agua bajo presión, lo que provocó la erupción, según la tesis de numerosos cientí­ficos.

Lapindo, que pertenece a la familia del ministro de Asuntos Sociales, Aburizal Bakrie, nunca ha aceptado la responsabilidad, afirmando que un terremoto que se produjo dos dí­as antes en el centro de Java fue la causa del desastre. Aunque, bajo presión gubernamental, ha acordado pagar 380 millones de dólares de indemnización a unas 10 mil familias.

El problema es que menos de la mitad de esa suma ha sido entregada a la fecha, afirma la asociación de ví­ctimas.

«He recibido sólo 30 millones de rupias (unos 3.000 dólares)», se indigna Parti. «Â¿Debo esperar a ser abuela para ser indemnizada?», se pregunta por su lado Tiyami, una vecina de 51 años, que ahora vive en una casa de bambú y ya no puede trabajar en los campos de arroz.

Lapindo afirma se ha visto obligada a frenar los pagos «debido a la crisis económica», pero se compromete a cumplir «antes de diciembre de 2010».

En paralelo, la empresa debe gestionar, junto con las autoridades, la gran obra iniciada para contener la fétida marea, pero la tarea es muy difí­cil. Los equipos de bombeo son dañados por el barro espeso, los diques tienen que ser reparados y sobreelevados sin pausa, a 11 m de altura, para frenar el crecimiento del «lago». Como si fuera poco, los intentos de colmar el volcán con el lanzamiento en el cono de cientos de bolas de cemento, han fracasado.

Más allá de los diques, los barrios han sido abandonados por precaución. Mintase, un obrero de 35 años, es uno de los pocos que siguen viviendo allí­, pero ha mudado casi todas sus cosas «donde familiares que viven más lejos». «Si llueve fuerte, temo que el barro se desborde», dice.

El impresionante y desolado paisaje atrae a los curiosos y ahora forma parte de los circuitos turí­sticos en la ruta de los grandes volcanes de Java. De lo que se aprovecha Suparto, un agricultor de 66 años, que tras perder su medio de vida, ahora pasa sus dí­as en el dique testimoniando ante los visitantes. «Las propinas me permiten comprar alimentos», dice.

Más allá de los diques, los barrios han sido abandonados por precaución. El impresionante y desolado paisaje atrae a los curiosos y ahora forma parte de los circuitos turí­sticos en la ruta de los grandes volcanes de Java.