Lo advertimos a tiempo. Dijimos, en el multimillonario desfalco cometido en el IGSS nuestra corrupta e ineficaz justicia si mucho va a castigar a unos cuantos tontos útiles, pero jamás va a llegar hasta los autores de la trama. Como es sabido por todos, una de las consecuencias del destape provocado por la denuncia del Lic. Rodrigo Rosenberg fue reducir la importancia noticiosa que ameritaba el haberse cerrado definitivamente el caso contra Gustavo Herrera, por ser el principal sindicado de estar detrás de un fideicomiso y de varias empresas «de cartón» para consumar un fraude, el más grande sufrido por la entidad a cargo de la seguridad social guatemalteca por 350 millones de quetzales, aparte de no haberse podido seguir la investigación para determinar a los responsables que hábilmente supieron mantenerse tras bambalinas, pero que sobradamente les permitió engordar sus activos patrimoniales.
Así somos los chapines, aparte de aguantadores hasta llegar al masoquismo nos importa poco lo que suceda en nuestro derredor mientras que ello no nos afecte directamente. Los últimos días se ha estado argumentando lo contrario, asegurando que hemos despertado sin embargo, cada vez abundan más los casos que lloran sangre, igual que siempre, sin inmutarnos, porque las legítimas peticiones y manifestaciones de un buen número de guatemaltecos son menospreciadas por quienes ejercen el poder a tal punto, que el mismo presidente las califica con mucho desdeño de «politiquerías baratas», sin ponerse a pensar que con esa actitud derrumba todavía más las esperanzas de la mayoría que busca afanosamente cambios en Guatemala.
¿Quién ignora que en nuestro país ocurren infinidad de accidentes provocados por autobuses extraurbanos al no llenar los requisitos que exigen las leyes del país? Sin embargo, la misma Dirección General de Transportes reconoció (Prensa Libre, 11-5-09, página10) que no tiene control sobre más de nueve mil autobuses-pirata que andan circulando por todas partes. ¿Lo anterior no es un reconocimiento expreso del incumplimiento de sus obligaciones y deberes?, ¿podrá el presidente Colom sentir que su «corazón está limpio» cada vez que ocurren estos accidentes con su terrible cauda de muertos y heridos?, ¿se habrá olvidado el señor presidente que las funciones podrán delegarse, pero la responsabilidad jamás?
De algo podremos estar seguros los guatemaltecos, de ahora en adelante podrán seguir viniendo a Guatemala muchos presidentes, delegados, secretarios, funcionarios, representantes extranjeros o de entidades internacionales y cuanto personaje se le ocurra demostrarle solidaridad de sus respectivos gobiernos o entidades, pero todo ello de nada servirá para convencer a la gente, a la nuestra, que ha derramado lágrimas de sangre ante la pérdida de tantas víctimas de la inseguridad ciudadana que priva en el país, como de la corrupción que trae consigo la impunidad insoportable que nos aflige. Insisto en preguntar: ¿hasta cuándo?, ¿será esta una intención de desestabilizar el país o tan solo una elemental exigencia?