La explicación que dio ayer el señor Insulza, en el sentido de que hay que apuntalar el sistema de justicia y trabajar por el fin de la impunidad, es cabalmente lo que La Hora ha venido clamando desde hace muchos años y la indiferencia de la sociedad y del gobierno mismo es lo que nos ha llevado a una situación de desconfianza absoluta. Pedirle a la población que confíe en el sistema de justicia es absurdo, porque el sistema no funciona y la culpa es de todos.
Si se hubiera trabajado en mejorar el sistema de justicia y tuviéramos un Fiscal General digno, Guatemala no tendría la crisis política actual porque la ciudadanía aguardaría el resultado de investigaciones. Pero baste recordar hechos recientes, como el papel que jugó el mismo Fiscal General en la investigación que hizo la Comisión Internacional Contra la Impunidad en el caso Matus para darnos cuenta que al titilar del Ministerio Público le tienen la cola machucada y que no puede actuar independientemente ni de los poderes paralelos, ni del gobierno.
Y qué decir de una Corte Suprema de Justicia incapaz hasta de elegir presidente entre sus miembros por la existencia de pugnas de poder y lucha de intereses en el seno de la alta magistratura. Por supuesto que en condiciones normales lo que los guatemaltecos necesitamos es confiar en la justicia para que los crímenes se esclarezcan, pero no vivimos ese tipo de condiciones y hace muchos años que aquí matan a cualquiera sin que exista la menor investigación. No es casualidad que hayamos pedido la presencia de la CICIG.
Es imperativo que el gobierno se dé cuenta de las dimensiones de una crisis política que tiene asidero en la debilidad de las instituciones que han sido incapaces de cumplir con sus funciones. En el Ministerio Público no se puede tener confianza en ningún caso, porque a la misma Comisión Internacional le ha jugado la vuelta con el caso Matus y en otros similares que apuntan a detectar los tentáculos del crimen organizado en las instituciones de justicia del país. No avanzan cabalmente porque el enemigo está adentro, está no sólo infiltrado sino en control de la situación y tiene el poder suficiente de anular a cualquiera mediante presiones y chantajes porque, no olvidemos, los que han trabajado en esa dependencia tienen muchos años de convivir con la mala práctica.
El discurso de Insulza es el lógico, el cajonero y el que se esperaba de la OEA. Pero nuestra realidad tiene matices muy serios que el chileno no aquilató y que son, justamente, los que nos tienen entrampados en una situación que, como él dice, no es grave, pero que nos hunde en el marasmo.