El clima tempestuoso de la crisis política más fuerte de la historia reciente del país iniciada hace dos semanas tras la publicación de los señalamientos que el abogado Rodrigo Rosenberg hiciera al Presidente, Primera Dama y al Secretario Privado del gobierno de turno, y otros empresarios por su muerte y la de los Mussa se ha ido desvaneciendo.
lahora@lahora.com.gt
Entre los aspectos más relevantes que la situación puso de manifiesto, y a los que se han referido reiteradamente columnistas y analistas, están la diferencia y lucha de clases en el país y la triste debilidad en la estructura del Estado.
Por supuesto, ese escenario de ebullición fue el árbol caído del que un grupo de políticos oportunistas (los mismos de siempre), quisieron hacer leña, y tomando en cuenta que la politización de la situación no fue (éticamente) evitada ni por la oposición ni por el gobierno, es importante no perder de vista los mensajes que los movimientos de la acometida de la derecha quieren (o no) transmitir.
Por ejemplo, no es casualidad que después de la masiva marcha del domingo último algunos medios de información escritos hayan dado énfasis a la presencia de los jóvenes que apoyaron el «movimiento cívico» que exigía justicia para el caso Rosenberg, siendo éstos en un gran número estudiantes de las universidades privadas del país.
El pronunciamiento de esos jóvenes también ocupó las primeras planas anunciando la entrega de 30 mil firmas al Legislativo, con las que exigían la acción de ese organismo en relación a los antejuicios contra los funcionarios señalados por Rosenberg.
Las últimas publicaciones de los mismos medios ensalzaron tendenciosamente el surgimiento del grupo «Un Joven Más», resaltando el apoyo de ese movimiento a la aprobación de la Ley reguladora de las Comisiones de Postulación y a la «búsqueda incansable» de la «justicia para todos», a través de una plataforma integrada por «personas cívicas, con principios y valores».
Esos mismos medios han minimizado por décadas las actividades políticas de las juventudes de izquierda y de los movimientos de comunidades indígenas y campesinas en el país.
El periodista argentino Guillermo Almeyra, citó que la derecha, no es abierta sino ocasionalmente «golpista» y «destituyente» y conduce a la desestabilización del gobierno y sociedad al extremo del golpe de Estado, utilizando como arma principal a los medios de información «con los cuales intenta reforzar su hegemonía político-cultural».
Así que esos ruidos derechistas, súper amplificados por los medios de «información» que se han constituido históricamente en los portavoces de la oligarquía, dan luces sobre los movimientos que la radical y moderada derecha guatemalteca empieza a gestar para afianzarse del poder.
Y son las derechas (más) radicales las que buscan desestabilizar a la derecha (quizá menos descarada, pero derecha al final) de la Socialdemocracia de la UNE.
Así que la coyuntura actual del país sólo parece estar desviando de manera sistemática y premeditada los problemas que históricamente han generado tanta pobreza, hambre y desigualdad en el país (en torno a los cuales los «movimientos cívicos» han guardado rotundo silencio); y es justamente lo que la ofensiva de la derecha pretende.
Ante esas acciones, la unidad popular amplia de la juventud en la izquierda guatemalteca es fundamental. Un rotundo ¡NO! a la derecha, que con su sucia estrategia dominadora pretende seguir en el poder.