Con un intelectual guatemalteco que reside en Suecia -cuyo nombre no menciono porque no he pedido su autorización para ello- nos hemos cruzado correos electrónicos, en relación a la posibilidad de que las corrientes de izquierda alcancen la unidad, para presentar un frente común encaminado a rescatar al país de la crisis económica, política y social que atraviesa, ajeno a las fracasadas tesis del neoliberalismo y eventualmente apegado a la economía social de mercado.
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Pero creo que es más fácil que el diputado Mario Taracena, de la UNE, baile de cachetío un bolero con la congresista Roxana Baldetti, del Partido Patriota, que lograr reunir a las organizaciones progresistas, básicamente porque cada grupo se arroga la representación única y verdadera de las causas populares y cada dirigente se considera que ha sido llamado a dirigir los destinos del país.
Por su parte, el periodista Javier Estrada Tobar publicó en La Hora un análisis titulado «Izquierdas apuestan a la unificación política», identificando a los dirigentes de tres organizaciones de ese matiz: Pablo Monsanto, de la Alternativa Nueva Nación; Héctor Nuila, de la URNG, y Aníbal García, del Movimiento Nueva República.
Quizá por falta de espacio no mencionó a otras organizaciones de la misma tendencia, como un grupo que intenta revivir al PGT, de orientación marxista leninista; al Frente Popular por la Soberanía, la Dignidad y la Solidaridad, y a dos colectivos más liderados por mujeres de reconocida trayectoria popular.
Me refiero a la diputada Nineth Montenegro, quien se ha ganado a pulso las simpatías de las corrientes del centro hacia la izquierda, y hasta de fuerzas moderadas de la derecha, por su lucha en escudriñar los gastos del Ejército, y, últimamente, por afanarse en que se torne transparente el proceso de elección de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia y de Salas de Apelaciones.
En las elecciones generales recientes, la diputada Montenegro, al frente de su partido Encuentro por Guatemala, formó alianza con Winaq, la organización política de la señora Rogelia Menchú, pero los resultados que obtuvieron fueron  magros, y luego ambos grupos se desvincularan entre sí, a lo que se agregó que dos o tres diputados elegidos bajo el estandarte de ExG renunciaron a la bancada.
La señora Menchú se ha puesto formalmente al frente de su organización, que está conformada mayoritariamente por indígenas, hecho que no significa que todos los que se proclaman descendientes de los mayas apoyen a la Premio Nobel, probablemente porque con el transcurso del tiempo doña Rigoberta ya no ha encabezado ni respaldado a las bulliciosas protestas de diversos grupos sociales. Y por las declaraciones que ambas dirigentes han formulado, se colige que es improbable que sus organizaciones políticas vuelvan a aliarse, salvo que suceda un fenómeno trascendental.
En lo que respecta a la URNG-Maíz, esa coalición salió maltrecha al concluir las votaciones de 2007, y a no ser por la voz solitaria de su ex presidenciable Miguel íngel Sandoval o las intervenciones esporádicas del diputado Héctor Nuila en el Congreso, no se percibe su presencia en el escenario político.
Debilitada, también, se encuentra la organización que postuló a Pablo Monsanto a la Presidencia de la República, al grado que la Alianza Nueva Nación, desprendida de la URNG, desapareció como partido político por no haber alcanzado el mínimo porcentual establecido, ni logrado una curul en el Congreso, y ahora busca renovarse con otro nombre, pero con las mismas siglas de la extinta ANN.
Y aún hay más grupos atomizados en el espacio de la veleidosa izquierda, especialmente entre onegés y organizaciones de la sociedad civil.
(El izquierdista Romualdo Tishudo, aficionado al futbol, está que baila en un pie porque los republicanos del Barcelona dejaron en la cuneta a los monárquicos del Real Madrid).