De la superficialidad a la inteligencia polí­tica


No cabe duda que los gobernantes casi nunca o nunca quedan bien con sus gobernados.  Si es bonachón y luce como abuelito (el caso Berger), cae mal porque parece tarado y no está a la altura de un mandatario.  Si habla bien y es un encantador de serpientes (el caso Portillo), es un populista, demagogo, mentiroso y engatusador.  Si tiene problemas para hablar, es una vergí¼enza pública y nos congratulamos que un mequetrefe como Jaime Bayly le llame «tontorrón».  Los Presidentes nunca están a la altura de sus electores.

Eduardo Blandón

Ver los aspectos superficiales de quienes se constituyen en lí­deres de una nación no ayuda a la buena crí­tica de las acciones polí­ticas que es, se supone, en lo que se debe concentrar un ciudadano inteligente.  Debemos superar esa fase de fijarnos en lo externo y poner más atención en los hechos.  En polí­tica es irrelevante si el jefe de Estado es negro (el caso Obama), si es de corta estatura (el caso Sarkozy), si es mujer (el caso Merkel) o si usa bigote y es feo (el caso Ortega).  Lo estético en polí­tica sólo debe dejarse a los caricaturistas y a los superficiales.

Por eso, criticar al Presidente actual por tener dificultad para expresarse carece de sentido.  No nos debemos ir por la finta y, a menos que sea conversación de cantina, ser más serios y responsables cuando emitamos un juicio (si es que queremos lucir como gente sensata). «Me avergí¼enza que sea mi Presidente», me dijo una catedrática universitaria.  Yo le dije que Portillo hablaba bien, que si con él sí­ se sentí­a orgullosa, y me respondió que no, porque «él era demagogo».  En esas incongruencias caemos si nos referimos a lo irrelevante.

Yo pienso que a algunos crí­ticos del gobierno actual se les olvida que Colom llegó a ser Presidente de Guatemala porque muchos trascendieron esos aspectos superficiales del habla.  Se concentraron en la ventaja que representaba para el paí­s esa opción (por encima del candidato perdedor) y gustosamente dieron su voto.  En este sentido, es incluso meritorio que alguien con escaso talento para hablar (imprescindible según algunos en el arte polí­tico) haya llegado a ser Presidente.

Esa chismografí­a y falta de inteligencia polí­tica es la que nos hace presa fácil de los candidatos «Coca Cola» (la chispa de la vida), esos que se promocionan por medio de consignas y fórmulas publicitarias.  Somos tan fáciles que vienen con melodí­as de mal gusto y expresiones tan absurdas y demagógicas como esas de «los buenos somos más», «mano dura y mano aguada», «el catorce a las catorce» o la del propio Colom «la delincuencia se combate con inteligencia».

Por supuesto que no es tarea fácil la lucidez polí­tica, ya les he citado el ejemplo de la profesora universitaria que con toda su academia aún se queda por encima de los hechos.  La regla número uno en el mundo polí­tico es la suspicacia, la número dos es el escepticismo y la tres es la duda.   La polí­tica es el espacio de la ilusión y quienes la hacen son ilusionistas.  Hay que quitar el velo, salir de la bruma y llegar hasta el fondo.  Si nos quedamos por encima nos tomarán el pelo, jugarán con nosotros y seremos, como muchos buenos, inocentes y cándidos, tontos útiles.