«Qué fácil es suspirar ante el gesto del hombre que cumple un deber
Y regalarle ropitas a la pobrecita hija del chofer
Qué fácil de enmascarar sale la oportunidad.
Qué fácil es engañar al que no sabe leer
Cuántos colores, cuántas facetas tiene el pequeño burgués».
-Canción en harapos-
Silvio Rodríguez
Las luchas sociales dentro de la historia del ser humano, se dan desde el origen de la propiedad privada y las relaciones de dominación que surgen a partir de la misma. De esa cuenta, las luchas sociales y sus formas de protesta son sometidas a descalificaciones que van desde ser «agitador», hasta ser un «delincuente» que atenta contra los principios de la propiedad privada, la libre empresa y la institucionalidad estatal que los sostiene.
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Ya en los tiempos de las independencias, la lucha impulsada desde los sectores populares es subvalorada e invisibilizada. El acta de independencia lo reafirma, al considerar que los próceres lo hacen de esa manera, para que el pueblo no lo haga por cuenta propia y así evitar las consecuencias desventajosas que les acarrearía.
Para nadie es un secreto, que las personas que ante el asesinato del abogado Rosenberg realizan jornadas de protestas, pertenecen a la «alta sociedad», y son casi los dueños del país. Son los mismos que se han apropiado de la tierra y el territorio y han generado la institucionalidad indispensable para la permanencia, desarrollo y reproducción de esa realidad, así como las dinámicas que impulsan su ritmo de vida.
Entonces, ¿desde cuándo estas personas habitualmente mudas ante los problemas sociales del país, participan en manifestaciones callejeras?
En TV, representantes de las cámaras de empresarios, hacen un llamado a no caer en «provocaciones» que creen divisiones entre ricos y pobres. Les recuerdo que las condiciones sociales, económicas y culturales que mantienen sus raíces desde la conquista y la colonia, crearon las divisiones de clase, es decir, ya estamos divididos.
A diferencia de las auténticas manifestaciones populares, a ritmo de Guaraguao, con las «casas de cartón», con mantas hechas a mano y con la alegría y personalidad «jacarandosa» que caracteriza a las mayorías desposeídas; los de arriba, los más de nunca que los de siempre, montan su escenario con pantalla gigante, sonido de alto alcance, usan gafas oscuras y vestimenta de alto glamour. Sus consignas, «exigimos justicia», «ya no más violencia», etc.
Sin embargo, las guatemaltecas y los guatemaltecos, especialmente los explotados, marginados, excluidos, discriminados, violentados en sus derechos (educación, salud, vivienda, trabajo, libre sindicalización, etc.) también nos oponemos a la violencia y a la impunidad, a los privilegios de la clase burgués y a la injusticia social que mantiene a muchos, sumidos en la pobreza y la pobreza extrema. Lo ven, nuestros intereses son distintos.
En estos momentos de crisis, se observan intentos por destruir al Estado de derecho y la institucionalidad democrática, para implantar formas de gobierno que cierren, más aún, las posibilidades al desarrollo de la democracia real.
Nos queda mantener la calma, con ojo crítico sobre la gravedad de los hechos. Insto a no dejarnos manipular por las trampas y engaños de los grupos de poder y de sus partidos políticos de derecha.
«Viva el harapo señor, y la mesa sin mantel. Viva el que huela a callejuela, a palabrota y taller…»