El día de ayer los periódicos del mundo informaron algo que desde hacía mucho tiempo sabíamos: la CIA utilizó la tortura en sus cárceles para obtener información de los detenidos después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Los métodos fueron diversos, desde la técnica llamada «submarino», que consiste en maniatar al reo e introducirlo de cabeza en un tanque con agua salada, orina u otro líquido, con las piernas suspendidas hacia arriba hasta que empieza a ahogarse, hasta acciones en las que se impedía a los presos dormir durante días (11 días seguidos, según información).
El fenómeno de la tortura no es algo nuevo ni la inventaron los gringos. Los historiadores dicen que ya los religiosos hebreos la practicaron de muchas maneras, suspendiendo vivo a los calumniadores e idólatras, lapidando a los blasfemos y dando palos o verberando los huesos de los criminales (eran molidos a golpes). Pero no sólo los hebreos torturaron, sino los persas, los romanos y cuanta cultura uno se atreva a investigar. Los seres humanos parece que tenemos una fama de campeonato en el arte de hacer sufrir al llamado enemigo.
Nuestra América no es la excepción. Algunas investigaciones indican que, por ejemplo, las guerras mayas involucraban algunos tipos de violencia: batallas entre reinos diferentes, intentos de ciudades menores de derrocar al gobernante y guerras civiles entre pretendientes al trono. Ninguna de estas guerras estaba exenta de torturas. Los murales de Bonampak muestran, para confirmar lo indicado, terribles imágenes de tortura ritual donde los indefensos cautivos tienen los dedos sangrantes y al menos en uno de los cadáveres se ven heridas que indican muerte por tortura. Se ve también la cabeza de una víctima que muestra cómo tortura y sacrificio podían ir juntos.
Todo esto indica que los seres humanos tenemos serios problemas de «humanidad» y que Freud no andaba tan perdido cuando afirmaba que hay en los hombres una cierta pulsión hacia la muerte.   Con razón dice la literatura que «el masoquismo, el sadismo y todo afán por la destrucción es expresión patológica de (este) instinto de muerte».
Una sociedad «sana» no puede permitirse que su ejército torture. Por esto es que quizá Barack Obama, mucho más sensible y sensato que Bush, poco después de llegar al poder en enero, prohibió todos los métodos de tortura incluyendo la privación de sueño y la simulación de ahogo, que estaba en vigor en la anterior administración.
Esta decisión de Obama confirma las aspiraciones de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en su artículo 5to. que establece que «nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes». También, está en conformidad con la «Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes», adoptada el 10 de diciembre de 1984.
Los ciudadanos del mundo debemos en el transcurso de nuestra vida crecer en humanidad. Y nada nos rebaja tanto que eso de atormentar con medios sofisticados a los demás. Debemos poner atención a la tortura porque si aun con los animales es abominable (léase las corridas de toros, por ejemplo), en los humanos es algo innombrable. Â
Sigamos el ejemplo de Gandhi cuando dice: «Quisiera sufrir todas las humillaciones, todas las torturas, el ostracismo absoluto y hasta la muerte, para impedir la violencia».