El Reglamento de Tránsito


Desde el pasado sábado está en vigor la modificación al Reglamento de Tránsito que prohí­be en varios municipios, incluyendo la capital de la República, que dos personas se trasladen de un lugar a otro en una motocicleta como medida de seguridad luego de los crí­menes cometidos por delincuentes que viajaban de esa manera que expedita la posibilidad de huir.


Hoy la capacidad del Estado para hacer cumplir sus propias normas se pone a prueba, porque es obvio que las leyes de tránsito en Guatemala son pisoteadas como se hace con prácticamente todas las leyes del paí­s. Por principio pensamos que las implicaciones sociales de la medida son muy importantes y que indudablemente las motos son un medio de transporte esencial para muchas familias, pero se puede asumir la temporalidad de la medida si resulta en una disminución de la violencia.

Pero hay un caso que nos preocupa porque, como siempre, la gente honesta y cumplida es la que sale perdiendo, porque muchos no cumplen ni respetan las leyes. Quienes fueron más cumplidos para comprar sus chalecos siguiendo las instrucciones iniciales de las autoridades, fueron los que terminaron perdiendo su dinero y ahora tienen que volver a gastar, porque siendo responsables como ciudadanos, asumieron de inmediato la ordenanza. No contaban con que el Gobierno darí­a marcha atrás en el color del utensilio y que su inversión terminarí­a siendo inútil.

Pues lo mismo nos tememos con la aplicación de esta ley. La gente honrada va a cumplirla aunque ello les signifique un duro golpe al presupuesto familiar, pero los delincuentes se las ingeniarán para burlarse de las autoridades y cuando quieran realizar una fechorí­a lo harán viajando dos en moto sin que las fuerzas de seguridad y la PMT puedan hacer mucho por impedirlo. Basta ver el caos y anarquí­a que hay en el tráfico citadino para entender que no hay capacidad de poner a nadie en cintura porque vivimos en un paí­s donde todo mundo hace lo que se le ronca la gana. Antes era pasarse los semáforos en rojo lo que asumí­a la forma de práctica común. Ahora es pasmoso ver cómo la gente conduce contra la ví­a con tal de ahorrarse unos cuantos metros, aunque ponga en peligro a muchos automovilistas y peatones que por costumbre solo ven si viene carro en el sentido lógico de la ví­a.

Si elegantes carros van contra la ví­a en calles debidamente señalizadas, no vemos cómo puede hacerse para controlar el uso de las motocicletas de manera que se cumpla al pie de la letra la norma, por lo que nuevamente la capacidad del Estado se vuelve a poner a prueba.