«Cenicienta Esperanza», «Mater Admirabilis» y «Mater Angelorum» de Marí­a del Mar


Grecia Aguilera

Es mi deseo dedicar el presente artí­culo a la doctora Sara Cabarrús de Ruiz, quien siempre recuerda a mi señora madre, la insigne poeta Marí­a del Mar, con especial cariño. Esta trilogí­a poética se titula «Fervor y llanto por la madre» y comienza con la sentencia: «A la dulcí­sima señora que supo darlo todo sin pedir nada, saltando abismos y desafiando al mundo para aproximar a sus hijas e hijos a la flor de todos los posibles. A esa gran heroí­na de mi hogar, Esperanza Galicia Aguirre de Radford». El primer poema se titula «Cenicienta Esperanza» y dice así­: «De tu vientre nace el mundo/ rueda en tu sien y se desprende./ Impermeable quisieras el dolor/ a cada instante deshilas el tormento/ y dulcificas lágrimas./ Detrás de ti se abren margaritas/ y un sol en cada techo te saluda./ Suave milagro en el dí­a duro/ incansable sandalia/ golondrina de ala interminable/ acunando el relámpago de la vida/ dentro del ceniciento corazón de la esperanza./ Y sin embargo vas alegre/ con tu fiesta de cielo inexistente/ cargada de semillas y canciones/ por los amplios anhelos y caminos./ Islas y cumbres/ selvas y ciudades pueblas/ con el beso sublime/ de tu rosa sedosa/ rosa de amor/ rosa silenciosa/ roja y tibia/ a veces crepuscular./ Quieres restar al tiempo destrucciones/ borras cementerios/ abismos y temores/ cubrir con petunias/ el llanto derramado/ plantando diminutas sonrisas/ en el racimo dulce/ de tus jardines cándidos./ Y a pesar del verano/ que consume caudales/ y del sudario triste/ que arrastra primaveras/ tú cantas tus coros infinitos/ desatándote toda en vida/ y más vida/ y tendiendo tus manos/ al lucero lejano./ Tiempo vivo naciendo y muriendo/ subiendo y bajando como el mar./ Violetas, reemplazando violetas/ nidos abandonados/ llenándose./ Apretados ciclones se debaten/ remotos y nuevos calendarios/ en torrente de sueños se destinan/ y vienes con el agua y el pan/ recorriendo espinos florecidos/ en el fecundo eco de tu ser/ que surge verde y agoniza/ por los siglos de los siglos sin respuesta.» El tí­tulo del segundo poema es «Mater Admirabilis»: «Llénase de gracia el ave cóndor/ llénase de mansedumbre el león/ llénase de azul el abismo/ y de cantos se envuelven los espinos/ en granate el crepúsculo se vuelve./ Y de tu campanario/ una violeta desprendida huésped es/ de mi pálido silencio./ Eres tú mater admirabilis/ cara Minerva de sedosas galas/ que vienes deshilando del tiempo sus ovillos/ juntando rosas su perfume/ clareando los grises de mi sombra./ Dejas entreabiertos/ los linos inmortales de tus ángeles/ tu reino de lámparas azules/ tus sandalias sin tiempo ni caminos/ tus ropas imprecisas/ y te mudas a mí­/ sutil esencia/ beso puro/ sidérea gaviota de tendidas alas./ Y te recibo/ madre admirable/ con mi lágrima en cruz/ y con el fuego que sangra/ mi existencia amapola./ Y te quedas aquí­/ en mi pequeña rosa/ con tu tierna caricia/ y tu vigilia/ en el mar encarnado/ de mi mar permanente.» Este trí­ptico lí­rico dedicado a la madre finaliza con el poema «Mater Angelorum»: «Pronunciando mi nombre/ dijo que iba/ en busca de rendijas de luz./ Tules de oro/ envolvieron su cuerpo/ y al tocar el crespón/ su piel de seda/ brotó una rima azul./ Dijo que alguna vez/ vendrí­a con puñados de luz/ y ropaje de trinos/ con túnicas de ensueño/ como una alegorí­a./ A veces su suave armoní­a/ dibuja infinitos/ y la siento venir/ en crecientes turquesas/ en fuertes encendidos/ en suave fresco viento./ Y sé que está allí­/ palpitando en mi gozo/ floreciéndome toda/ y me abrazo a sus alas/ de Mater Angelorum.»