En los días de gloria del arevalismo, con Arévalo empuñando las riendas del poder, fue fundado el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social.
Recordamos que a raíz de la creación de la noble institución hubo gente de mentalidad retrógrada dentro del sector patronal que inmediatamente comenzó a oponerse así porque sí al Régimen de Seguridad Social sólo porque se vio obligada a pagar unas cuotas mínimas cada mes.
Paradójicamente, a lo masoquista, asimismo hubo alguna oposición entre la clase trabajadora, también porque los afiliados tenían que cubrir unas cuotas relativamente insignificantes.
Desde aquellos lejanos días, las inconformidades con el Régimen de Seguridad Social han tenido expresión de la sinrazón entre la parte patronal y la clase trabajadora.
El hecho de que algunos afiliados no sufran accidentes ni padezcan dolencias de carácter común, no debe valer para sentirse afectados pecuniariamente respecto de las cuotas, ni para que se menosprecien los benéficos servicios que brinda el Instituto a los accidentados o enfermos. Debe pensarse en la solidaridad esencialmente humana en bien de los sufrientes de los diversos riesgos ocurrentes.
En el oscuro pasado, de estados dictatoriales de la peor especie, ni siquiera se podía hablar de cualquier anodina obra de justicia social. Al ciudadano que osaba clamar por esa justicia se le tildaba de disociador o de comunista y, ¡ergo!, se exponía a ir a dar con sus huesos a la cárcel o morir por descargas de fusilería junto al fatídico paredón. Todo era lazo y sebo. El elemento asalariado y la familia hogareña estaban como en un vacío abismal. Vivían como muriendo a pausas, valga la figurilla retórica…
El IGSS estuvo como en pañales a lo largo de sus primeros años de existencia, pero poco a poco, proejando en la ríada de la oposición al sistema de protección a los miles y miles de compatriotas dependientes del salario, progresivamente fue creciendo. Al presente es una entidad que tiene toda una millonaria comunidad de afiliados a nivel nacional.
Nosotros siempre hemos admirado y reconocido las bondades del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social; incluso en sus albores tuvimos el honor de ocupar posiciones de cierto rango en diferentes dependencias del generoso ente.
Actuamos inicialmente en el Departamento Jurídico y en el de Seguridad e Higiene. En 1989, estuvieron tratando de contactarnos de parte del doctor Celso Cerezo Mulet, a la sazón gerente del IGSS, hoy por hoy ministro de Salud Pública del gobierno que preside el ingeniero ílvaro Colom Caballeros, para ofrecernos la jefatura de Relaciones Públicas, cargo que aceptamos –no sin pensarlo mucho– porque estamos identificados con dicho ente «autónomo»?No duramos más que un par de meses con la «chamba» no solicitada -conste-, que afectaba económicamente a un medio de comunicación propio, pues nos negamos a firmar una orden de publicidad de complacencia que nos olió a corruptela. Cerezo Mulet pretendía que le hiciésemos la barba, en una columna que escribíamos en Prensa Libre para que su pariente Vinicio Cerezo Arévalo lo nombrara ministro. ¡Muy equivocado estaba Cerezo Mulet!
De suerte que tenemos motivos para decir que queremos de corazón, muy sinceramente, no de diente a labio y sin interés bastardo alguno, al Instituto Guatemalteco de Seguridad Social. Eso lo hemos declarado paladinamente en múltiples ocasiones, especialmente cuando se han producido rachas de críticas avinagradas e injustas y cuando se ha intentado suprimir la manoseada autonomía que tiene?
Los «dinornis giganteus», o sean las enormes aves de tiempos primitivos parecidas a los avestruces que entierran la cabeza ante los peligros (en este caso los avances de los pueblos que luchan hasta lograr, no sin mucho sacrificio, la justicia social) hacen resistencia a todo lo que significa conquista positiva de los relegados mortales que rumían pobreza en donde se imponen como a sangre y fuego los regímenes de tipo liberticida, así como las «democracias» adornadas con las comillas?
Ya para poner el punto final, diremos que el IGSS es objeto de críticas de muy mal sabor, nada justas. Supongamos que un día de tantos, tarde o temprano o más temprano que tarde, desapareciere la institución de referencia, patronos y trabajadores, sin excepción, saldrían seriamente perjudicados y, es más: Sería la de San Quintín. ¡La de tronar! ¡Que no se dude! Y es que, axiomáticamente hablando, los valores se aprecian sólo cuando se han perdido. ¡Cuando es demasiado tarde! Y el régimen de Seguridad Social entraña un gran valor profundamente humano. .