Paul Krugman es, además de columnista del New York Times y severo crítico de las políticas de estímulo fiscal que está impulsando el gobierno de Obama, un reconocido Premio Nobel de Economía que habla con lenguaje muy concreto sobre los grandes problemas actuales. Su artículo de hoy cae como anillo al dedo luego de leer la publicación de Prensa Libre sobre el informe de los auditores internacionales que han seguido la pista del trinquete de Bancafé porque en ambos casos se observa el comportamiento de banqueros «honorables» a los que importa un pepino la confianza de sus clientes.
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Lo descrito por Krugman sobre el comportamiento de los banqueros que comprometieron el dinero no sólo de los depositantes, sino de los tenedores de acciones de los bancos y ahora de los contribuyentes del fisco norteamericano que entró a intentar la corrección de los desmanes cometidos, coincide con los juicios que se tienen que hacer respecto al comportamiento de los ejecutivos y los dueños del Grupo Financiero del País y del Banco del Café, puesto que se trató de jineteo del dinero del público para beneficio particular.
Por la naturaleza del negocio es obvio que el Ministerio Público y sus fiscales no avanzaron gran cosa en la investigación y a ello se suma la ya tradicional corrupción del sistema judicial que deja libres a los responsables de cualquier delito de los conocidos como de cuello blanco. Es sabido que los delincuentes se arreglan con los juzgadores y tras ponerse de acuerdo en relación al monto de la caución económica, se presentan sabidos de que no irán a la cárcel, por grande que haya sido el escándalo y el trinquete y, menos aún, por enorme que haya sido el daño causado a la sociedad.
Si en algo se parecen los banqueros norteamericanos que presumieron durante años de ser genios financieros que habían provocado la explosión de riqueza en el país con los que en Guatemala robaron a los depositantes provocando la quiebra de los bancos, es la desfachatez y el cinismo extraordinario con que actúan. Porque en el caso de todos los bancos guatemaltecos que terminaron quebrando, se solventó la situación simplemente obligando al Estado y al conglomerado social a asumir la pérdida, mientras que los responsables pudieron embolsarse la ganancia tranquilamente porque nadie hizo ningún esfuerzo por caerle a su riqueza personal para compensar, aunque fuera en mínima parte, el daño causado.
Y eso sin mencionar a los pobres incautos que perdieron su fortuna porque la habían colocado en instituciones que no estaban garantizadas y que operaban bajo la cómplice indiferencia de la Superintendencia de Bancos que se limitaba a supervisar lo que los banqueros le decían que debía ser supervisado. Casos como el del Banco de Comercio, en donde en el mismo Banco se recogía dinero para una entidad no supervisada, lloran sangre y son evidente muestra de la complicidad irresponsable de la Superintendencia.
Lástima que nuestro sistema de justicia sea tan pura m… como para impedir que los banqueros y las autoridades encargadas de supervisarlos estén en la cárcel y se vean obligados a resarcir con su patrimonio personal lo que perdieron miles de personas. Cuando uno lee la arrogancia y la supuesta astucia de los banqueros que provocaron la debacle de la economía mundial a partir de la crisis en Estados Unidos, tiene que pensar que aquí hemos tenido similares especímenes y que, tristemente, todos pueden vivir tranquilos sin temor a tener que rendir cuentas.
Estoy seguro que así como los de Bancafé, que todos se arreglaron con el juez antes de irse presentando para que los dejaran tranquilamente en libertad, irán haciendo dentro de poco los largos del Banco de Comercio que volverán seguros de que en este país nadie tiene que asumir la responsabilidad de sus crímenes.