Un legado fabuloso


Mario Gilberto González R.

Ex cronista de la ciudad de Antigua Guatemala

Me fascina adentrarme en el mundo espiritual del Hermanito Pedro. Cada vez que lo hago, sale fortalecida mi admiración.


Este documento contiene la descripción detallada de las pertenencias del Hermanito Pedro.

Desde niño recorrí­ los sitios predilectos de su vocación caritativa y mi admiración aumentaba en la medida que, mi padre primero y luego la lectura de su biografí­a, me describí­an no solo su figura fí­sica sino el áurea de santidad que lo distinguí­a del común de los humanos.

Era la caridad divina personificada en las calles de la entonces muy noble y muy leal ciudad de Santiago de Guatemala.

Frente a su sencilla tumba en largas horas de contemplación y diálogo, me preguntaba ¿Qué impulso secreto le hizo venir desde tan lejos, a la ciudad de Santiago de Guatemala?

Vilaflor -su tierra natal- pertenece a la isla de Tenerife en el Archipiélago Canario. Si está lejos de la Pení­nsula Ibérica, más lo está del Reino de Guatemala y en ese entonces, se disponí­a de un solo medio de comunicación, el marí­timo. La travesí­a al Nuevo Mundo no era fácil. Hay una respuesta a esa inquietud. La misma que asientan las Letras Remisoriales. El joven Pedro de Betancur, después de su visita a pie y con mucha dificultad, a la ermita de San Amaro, se recuperó de la enfermedad que tení­a en las extremidades inferiores porque estaba destinado a realizar una obra portentosa.

La bella ciudad de Santiago de Guatemala, fue la privilegiada para esa obra. El primer hospital para Convalecientes en el Nuevo Mundo, la Orden Belemita, primera en el Continente de la Esperanza y la caridad desbordada a raudales a lo largo y ancho de la ciudad de Santiago de Guatemala, sin distinciones de clases sociales. Tocaba la puerta del poderoso para pedir limosna. Tocaba la puerta del menesteroso para llevar el mendrugo. El niño, el anciano, el enfermo, el encarcelado, el forastero, encontraron siempre abiertas las puertas de su corazón y su despensa llena. Cuando los frijolitos escaseaban, presuroso le escribí­a al Obispo Fray Payo Henrí­quez de Rivera -donde estuviera- para que lo ayudara y con una sonrisa de gracia, ordenada que de su despensa, se los dieran al Hermanito Pedro

Si no tenia ni un maravedí­ Â¿Cómo fue posible que levantó las tapias de un hospital? Lo dotó de lo estrictamente necesario sin que faltara la comidita. Puso los cimientos del Oratorio de Belén y más tarde el de las Beatas de Belén. Fundó escuela para los niños. Cuando Santa Teresa se propuso la reforma de su Orden, su confesor le preguntó ¿con cuánto de dinero disponí­a para esa empresa? La Santa respondió. Con tres pesetas. Y luego afirmó. Teresa y tres pesetas no hacen nada. Pero Teresa, tres pesetas y Dios, lo hacen todo. Eso mismo sucedió con el Hermanito Pedro.

Si importa su obra fí­sica, más lo es las que no se ve. Aquella donde el humanismo cristiano cura una necesidad espiritual sin recompensa. Pedro de Betancur vio en el prójimo a su hermano y ese fue el trato que le dio al niño que necesitaba ropa, alimento y abecedario. Al convaleciente que requerí­a de cuidados especiales. Al que estaba privado de libertad. Al que habí­a desviado su vida por senderos equivocados. De dí­a y de noche prodigó su caridad.

Lo dio todo. Vivió con la identidad de lo que profesaba. Su riqueza era espiritual. Lo material para él, era lo estrictamente necesario y lo más sencillo posible.

La noche del 7 de octubre del año de 1980, tuve el privilegio de tener en mis manos los enseres personales del Hermanito Pedro. Fray Augusto Ramí­rez Monasterio Superior de los Religiosos Franciscanos, invitó a los vecinos antigí¼eños para recibirlos. Después de tantos años de estar en el Palacio Arzobispal, por disposición de su Eminencia Mario Cardenal Casariego, Arzobispo de Guatemala, volví­an al templo franciscano de la ciudad de Antigua Guatemala.

Con referencias históricas, presenté cada pieza. Se hizo frente a un óleo donde aparece el Hermanito Pedro revestido con su sayal de la Tercera Orden Franciscana, hábito descubierto. Tiene de respaldo el apacible volcán de Agua y la capilla de El Calvario, que fue centro de actividades piadosas y desde donde se fue perdiendo el hombre para surgir el santo.

El ambiente era de respeto y admiración. Estábamos frente a enseres sencillos que encerraban los secretos de un santo, con los que se comprobaba la humildad de su persona y la sencillez en la que vivió. Con razón el Dr. Carlos Martí­nez Durán, cuando se refiere a ellos dice: «De la tosca estamentaria salí­an hilos de oro, y donde posaba los pies descalzos brotaban rosas.»

Fue una noche maravillosa. íšnica. Irrepetible que dejó en los asistentes y en quien las presentaba, un remanso de paz espiritual y la admiración mayor para quien las usó. La vajilla del Hermanito Pedro, donde tomó sus alimentos, eran sencillos cacharros de barro sin vidriar, porque su alimento esencial era espiritual.

En un folio se escribió para la posteridad, cuáles eran esos enseres que usó y que después de su muerte, se quedaron guardados en tres cajas. El lector que compruebe esos datos con las aprendas que se exhiben en el Museo del Hermanito Pedro en la iglesia de San Francisco El Grande de Antigua Guatemala, no podrá menos que admirarse de su vida sencilla y valorará la inmensa obra de caridad cristiana que prodigó sin lí­mites.

El documento de sus enseres, para muchos desconocido dice:

Memoria de lo perteneciente a N. V. P. y Fundador Pedro de S. Joseph Betancur, para su conservación.

Lo que está en esta caja

Primeramente, una capa de sayal vieja.- La mayor parte de un sombrero de castor blanco, con un remiendo de cuero en la copa.- Una túnica de sayal vieja.- Unos pedazos de otra capa.- Una calza de sayal.- Unas medias de lana sin pie viejas.- Un zapato de baqueta.- Un pabellón blanco con su orla.- Una funda de colchón azul.- Dos pares de calzones hechos de red de mecate.- Una vasinilla de latón vieja y remendada.- Dos cuerdas de San Francisco.- Un Rosario de hueso blanco con 14 misterios.- Otro rosario con 7 Misterios- Un decenario de cuentas negras y gruesas.- Una Cruz.- Una Imagen de Jesús Nazareno pequeño.- Una imagen de la Santí­sima Concepción de Ntra. Sra. con su marco pequeño.- Una Cruz de madera tosca, grande con…de hierro en el pie.- Un Báculo.- Un bolsón viejo con cuatro?- Una imagen de San Amaro.- Un pendiente del pabellón de madera torneado.- Una Cruz grande, que está en el Oratorio.- Un Santo Cristo grande, que está en una Sala.- Varios lienzos de la vida de Ntra. Sra. con sus marcos dorados grandes, y otros que están en los corredores.- Una imagen de Ntra. Sra. de el Rosario pequeña, que está en la Escuela.- La ?a la piedad de nuestros Hermanos, guarden y conserven todo lo dicho: para la?Tierna, y paternal memoria de nuestro Amantí­simo Padre, Hermano y fundador. Y que sea todo para la mayor gloria de Dios, que sea glorificado con sus Siervos. Amén.»

«Una lámpara pequeña de latón, Una Campanilla, y unas sonajas viejas, que pertenecen a la otra, quedan en dicha casilla?Una talega pequeña de baqueta negra, que entregó Nuestro Excelentí­simo General Fray Rodrigo de la Cruz, en la cual hay unas cédulas y cuadernos de letra de Nuestro Fundador que son seis escritos en sus papeles y de mandato de Nuestro Reverendí­simo Padre se pasaron todos estos foleos a este cajón y? con expreso mandato de su Reverendí­sima para que no.. Se entraron a 3 de Mayo de 1706 al dí­a de la Santí­sima Cruz.» (para facilitar la lectura, se cambió la ortografí­a. mggr)

También hay dos silicios de lazo con nudos. Uno de ellos aun conserva las manchas de sangre. Una calavera y un faldón blanco.

La presentación de los enseres personales del Hermanito Pedro, terminó de manera especial. La nave central de la iglesia quedó semioscura. Se pidió a los asistentes puestos de pie en señal de respeto, que se imaginaran la ciudad de Santiago a oscuras en tiempos del Hermanito Pedro y en el silencio de la noche, escucharan el tañir de su campanilla admonitoria. Y por tres veces a intervalos la hice sonar, provocando un estremecimiento emocional que, cada quien lo describió de diferente manera, después de apreciar y conocer el legado fabuloso del Santo de Guatemala.

Todos estos enseres que pasaron por mis manos, ser exhiben en un museo que lleva su nombre y a la vez inspiraron a que escribiera el libro El Poema de la Caridad -inédito- donde amplí­o la descripción de cada uno de ellos y relato otros aspectos importantes de la vida del Santo de Guatemala.

«Un alma tenemos, no más, y si la pierdes ¿Qué harás?»

«Más vale un gordo humilde y obediente que un flaco triste sobervio y penitente.»

Hermano Pedro de San José de Betancurt

SEMBLANZA


El Santo Hermano Pedro de San José de Betancur nace en Vilaflor, población del sur de la Isla de Tenerife el 21 de marzo de 1626 y muere en Guatemala el 25 de abril de 1667. La distancia en el tiempo no opaca la luz que emana de su figura y que ha iluminado tanto a Tenerife como a toda la América Central desde aquellos remotos dí­as de la Colonia.

Pedro de Betancur supo leer el Evangelio con los ojos de los humildes y vivió intensamente los Misterios de Belén y de la Cruz, los cuales orientaron todo su pensamiento y acción de caridad. Hijo de pastores y agricultores, tuvo la gracia de ser educado por sus padres profundamente cristianos; a los 23 años abandonó su nativa Tenerife y, después de 2 años, llegó a Guatemala, tierra que la Providencia habí­a asignado para su apostolado misionero.

Apenas desembarcado en el Nuevo Mundo, una grave enfermedad lo puso en contacto directo con los más pobres y desheredados. Recuperada inesperadamente la salud, quiso consagrar su vida a Dios realizando los estudios eclesiásticos pero, al no poder hacerlo, profesó como terciario franciscanao en el Convento de San Francisco, en la actual La Antigua Guatemala, con un bien determinado programa de revivir la experiencia de Jesús de Nazaret en la humildad, la pobreza, la penitencia y el servicio a los pobres.

En un primer momento realizó su programa como custodio y sacristán de la Ermita del Santo Calvario, cercana al convento franciscano, que se convierte en el centro irradiador de su caridad. Visitó hospitales, cárceles, las casas de los pobres; los emigrantes sin trabajo, los adolescentes descarriados, sin instrucción y ya entregados a los vicios, para quienes logró realizar una primera fundación para acoger a los pequeños vagabundos blancos, mestizos y negros. Atendió la instrucción religiosa y civil con criterios todaví­a hoy calificados como modernos.

Construyó un oratorio, una escuela, una enfermerí­a, una posada para sacerdotes que se encontraban de paso por la ciudad y para estudiantes universitarios, necesitados de alojamiento seguro y económico. Recordando la pobreza de la primera posada de Jesús en la tierra, llamó a su obra «Belén».

Otros terciarios lo imitaron, compartiendo con el Santo penitencia, oración y actividad caritativa: la vida comunitaria tomó forma cuando el Santo escribió un reglamento, que fue adoptado también por las mujeres que atendí­an a la educación de los niños; estaba surgiendo aquello que más tarde deberí­a tener su desarrollo natural: la Orden de los Bethlemitas y de las Bethlemitas, aun cuando éstas sólo obtuvieron el reconocimiento de la Santa Sede más tarde.

El Hermano Pedro se adelantó a los tiempos con métodos pedagógicos nuevos y estableció servicios sociales no imaginables en su época, como el hospital para convalecientes. Sus escritos espirituales son de una agudeza y profundidad inigualables.

Muere apenas a los 41 años el que en vida era llamado «Madre de Guatemala». A más de tres siglos de distancia, la memoria del «hombre que fue caridad» es sentida grandemente, viva y concreta, en Tenerife, en Guatemala y en todos los lugares donde se conoce su obra.

El papa Juan Pablo II beatificó al Hermano Pedro el 22 de junio de 1980, y lo canonizó el 30 de julio de 2002 en la Ciudad de Guatemala.